viernes, 2 de noviembre de 2007

Los Muiscas del siglo XXI en Chía

El Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra
Los Muiscas del siglo XXI en Chía




Javier Correa Correa


Chía, julio de 2001
• Contenido
• Voces
• Prólogo
• Usos y costumbres
– La cerámica
– La orfebrería
– La lengua chibcha
– La música
– La chicha
– La agricultura
• Mitología y espiritualidad
– Lugares sagrados
– Ritos y leyendas
. Destete
. Iniciación
. Matrimonio
. Procesiones
. Entierros
. Fiesta del Huan
. Reconocimientos
– Deidades
• Sitios históricos y sagrados
– El hacha lítica
– La piedra del Indio
– La Cueva del Mohán
– La Fuente de Tíquiza
– El Paso de Bochica
– El Pico del Águila
– La Meseta
– La Chiguata
– El Patio de las Brujas
– Los Lavaderos
– La Quebrada
– El Zanjón
– El cementerio
– Los dormideros
– El Alto de la Cruz
– El puño y la patada del diablo
– Iglesia de la Valvanera
– Iglesia de Santa Lucía
– Monumento a la diosa Chía
– El salón comunal
• Historia
– Precolombina
– Conquista y colonia
– El siglo XIX
– Don Pioquinto Cojo y los Comuneros
– La lucha por el Resguardo de Fonquetá y Cerca de Piedra
. El territorio
. Autoridad indígena
. Demografía
. Alcaldía de Chía y Gobernación de Cundinamarca
. Ministerio del Interior
. Incora
. El Plan de Ordenamiento Territorial de Chía
. Futuro del Resguardo
• Bibliografía
– Documentos
– Entrevistas
Voces

Minutos antes de que Rodrigo de Triana diera,
desde el mástil de la Pinta, el grito de “Tierra”,
un pequeño indígena de las montañas del reino Muisca,
sin más catalejo que el de una terrible intuición,
gritó “Carabela”.
Javier Correa Correa

• Prólogo

“El largo camino que recorrió el indio colombiano –desde las cuevas de El Abra hasta el Templo del Sol– constituye una gran enseñanza ecológica para nuestra época, ya que nos muestra los fracasos y los éxitos, los errores y los logros de aquellos hombres que, con sus mentes y sus manos, supieron adaptarse a una naturaleza bravía y, al mismo tiempo, crear sus culturas, sin que en el proceso sufrieran las selvas y las sabanas, como sufren hoy en día. El legado consiste en la manera como apreciaron y explotaron los diversos medio-ambientes de las costas y de las vertientes, de las selvas y de los altiplanos; cómo supieron extraer de ellos su sustento sin destruir la fauna; cómo observaron la tierra con sus terrazas y canales” (Reichel-Dolmatoff, 1978:105).
La espiritualidad de la que por costumbre, facilismo o imposición nos hemos olvidado los colombianos, es el principal legado de los indígenas que habitaban estas tierras antes del arribo de los españoles en tres carabelas que surcaron el Atlántico y llegaron un día cualquiera de octubre a las playas de una isla caribeña. El arrasamiento de su cultura y costumbres, el aniquilamiento de millones de indígenas de todas las etnias que habitaban el continente que recibió el nombre de un cartógrafo europeo, son las consecuencias del proceso de conquista que los “descubridores” –como si antes no existieran los territorios y los pueblos que los habitaban– iniciaron inmediatamente después de que el almirante italiano anunciara ante los Reyes Católicos –es importante recalcar en el uso del adjetivo– que un nuevo mundo se interponía entre Europa y las indias orientales.
Uno de los tantos grupos étnicos que existía era el Muisca, habitante de la altiplanicie cundiboyacense, en territorio colombiano. Se trataba de un pueblo pacífico –aunque también practicaba la guerra, tanto para defender sus dominios como para tratar de ampliar sus confines cuando de satisfacer necesidades para el suministro de productos se trataba–, que adoraba el agua, el sol y la luna, respetaba a los viejos y a los niños, y rendía un especial culto a la Madre tierra.
Por el territorio Muisca, precisamente, empezó por parte de los españoles la conquista y colonización de lo que hoy es Colombia, quienes afanosos buscaban riquezas para consolidar su reino más allá del mar. Llegaron, dominaron fácil porque los habitantes esperaban la segunda venida de un Mesías, tal y como Bochica lo hiciera siglos antes para enseñarles lo que sabían, y porque encontraron coincidencias en muchos de los mitos y creencias religiosas.
Ta vez la mayor dificultad que encuentran los investigadores de hoy para conocer la historia y mitología no sólo de los Muiscas sino de todos los pueblos indígenas en la época precolombiana, es que su escritura era jeroglífica y la transmisión de los conocimientos de generación en generación se apoyaba en la oralidad y no en la escritura. Contradictoriamente –y la percepción de esos historiadores incide en lo que se narra–, los primeros textos fueron elaborados por los mismos conquistadores y catequizadores, como Jiménez de Quesada, Lucas Fernández de Piedrahita y Juan Freile, por mencionar a sólo tres de ellos, quienes acomodaban a sus propios valores –o antivalores– lo que les contaban los intérpretes llamados lenguas.
Al respecto, es ilustrativo el reconocimiento que hace el protagonista de la novela Azteca, de Gary Jennings, un viejo indígena cuyo pueblo había sido avasallado por Hernán Cortés en México, frente al tribunal de la Inquisición: “Yo también fui escribano y bien me acuerdo de lo difícil que era transmitir al papel de fibra, o de cuero de venado, o de corteza de árbol, los esqueletos de las flechas y sucesos históricos y eso con poca precisión. A veces, incluso a mí, me era difícil leer mis propios dibujos en voz alta sin tartamudear, unos cuantos momentos después de que los colores se hubieran secado” (Jennings, 1980:15).
Para este trabajo, que pretende contribuir un tanto en el proceso de recuperación de la historia del pueblo Muisca de Chía, se recurrió a investigaciones bibliográficas, a los archivos del Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra y, en un ensayo etnográfico, a charlas con pobladores del Resguardo, primero en un taller realizado en julio de 1998 cuando yo ocupaba el cargo de Secretario de Prensa de la Alcaldía Municipal, y luego en conversaciones con algunos Comuneros, desde los más ancianos que refrescaron su memoria de principios y mediados del siglo xx, hasta directivos que están empeñados en no dejar morir su historia, su tradición, su cultura, su amor por la Madre tierra.
Es preciso agradecer la colaboración de todas las personas y entidades, en particular a los Comuneros del Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra, de Chía, y del Resguardo de Cota, y a la Gobernación de Cundinamarca.
Es mi intención recoger los testimonios de las costumbres; mitos; lugares sagrados; historia precolombina, de la conquista, la colonia, la independencia, el siglo xix y, fundamentalmente, la lucha por la recuperación de los terrenos que hoy conforman el Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra, en Chía.

• Usos y costumbres

El nivel cultural alcanzado por los Muiscas “no debe juzgarse por los escasos y más bien sencillos restos materiales de su vida diaria, sino que debe buscarse en su desarrollo espiritual e intelectual; la cultura material, la tecnología y las expresiones artísticas en barro, piedra y metales, no muestran un avance proporcional. Lo que marca los grandes logros de la Cultura Muisca son sus eslaboraciones astronómicas y religiosas que, con sus templos, lagunas sagradas y observatorios monumentales, indican un avance científico e ideológico que, junto con las instituciones políticas, legales y económicas, constituyen un nivel cultural que no fue alcanzado por las otras sociedades indígenas del país” (Reichel-Dolmatoff, 1978:101-104).
Los Muiscas se vestían con túnicas y mantas confeccionadas en algodón, que comerciaban con los pueblos vecinos a cambio de maíz y sal, especialmente. Los vestidos de las mujeres estaban compuestos por tres piezas: “una falda larga de la cintura hasta las pantorrillas (chircate), una faja ancha, que les sostenía la falda alrededor de la cintura (chumbe) y una manta pequeña que les cubría los hombros y parcialmente los senos (liquira)” (Schrader, 1992:114). No utilizaban la lana, que reemplazó al algodón después de la conquista española. Usaban el pelo largo, los hombres a la altura de los hombros y las mujeres hasta la cintura. Los hombres usaban coronas, diademas y brazaletes de oro y se pintaban la cara con rayas negras y rojas, utilizando el extracto de jagua y vija, respectivamente.
Igual a como sucedía en muchas culturas y pueblos, los jóvenes pagaban una especie de dote, en maíz y mantas, a los padres de las novias con quienes se iban a casar. Practicaban la poligamia y la herencia era matriarcal: heredaban los hijos de la hermana mayor. Los Zipas y Zaques podían tener varias esposas y, antes de morir, podían éstas dejar premios o sanciones a sus esposos. El adulterio era castigado severamente, con azotes que podían ser dados por el ofendido o la ofendida.
El parto de los hijos era sin asistencia de parteras, cerca al agua, mítico elemento al que rendían culto cuando llegaba una nueva vida.
La arquitectura era sencilla y sólo se conocen los llamados ‘Cojines del Diablo’, dos grandes discos tallados en la roca, en Tunja, probablemente punto de observación astronómica, como construcciones de gran envergadura. Las demás eran en materiales que no lograron perdurar y que, por ende, no permiten realizar investigaciones arqueológicas. No había grandes poblados al estilo español sino pequeños rancheríos rurales, en torno a los cultivos de maíz. Las construcciones eran bohíos circulares, y el tamaño oscilaba de acuerdo con la importancia de sus habitantes: las casas de los Caciques, por ejemplo, “eran muy grandes, espaciosas y redondas. Tenían tejados de paja cónicos (...) Las vigas y varas estaban amarradas con lazos de fique. Las paredes eran entretejidas de cañas y recubiertas de una mezcla de barro y paja. Los pisos tenían esteras tejidas de junco o de esparto. Las casas más pequeñas de los indios eran generalmente cuadradas y los techos tenían dos aguas” (Schrader, 1992:116).
El sistema de numeración utilizado era vigesimal (de 20 en 20), que también usaban en la astronomía, con un calendario en el que los días se medían en soles y los años tenían 20 lunas o meses. “Para que su calendario no se alterara nunca para la agricultura, tenían un año de un mes o luna oculta, porque pasadas 20 lunas de un año, al siguiente, llegando a la luna 17 en que les correspondía sembrar según el mes por donde habían comenzado, la dejaban pasar sin hacer nada, y sembraban en la siguiente luna que era la 18 y así corrían sin interrupción su círculo de 20 lunas” (Schrader, 1992:122).
Es famoso el Código de Nemequene, Zipa que era conocido por su sabiduría. Vigente a la llegada de los conquistadores ibéricos, “cumplieronlas tan fin descuydo, y có tanta puntualidad, que se fueron arraigando de fuerte, que hasta nuestros tiempos permanece entre ellos y se guardan algunas: aunque como ya viuen sujetos a las nuestras, se van desvaneciendo con el tiempo; y de las que hizo Nemequene refieren estas los naturales:
“Mandó, que si alguna persona matasse a otra, pagasse con la vida, aunque le perdonasse la muger, padre, ó parientes del muerto; porque la visa solo Dios la daba, y los hombres no tenian autoridad para personarla, a quien la debia por la que avia quitado.
“Que si algun hombre forzasse alguna muger, muriesse por el delito, siendo soltero; pero si el delinquente fuesse casado, durmiesen con la suya dos hombres solteros, para que con el sentimiento de la propria deshonra, reconociesse la gravedad de la culpa, y fuesse la pena mayor, que la muerte.
“Que si algun hombre cometisse incesto con su madre, hija, hermana, ó sobrina, fuesse metido en vn hoyo estrecho lleno de agua, y acompañado de sabandijas lo cubriesen con vna grande losa donde pereciesse miserablemente; y que la misma pena se executasse con las mugeres, para que si el fuego de la lascivia los avia obligado a romper los grados del parentesco, se les apagasse el incendio con la frialdad del agua, y la tierra, y con la losa quedassen sepultados los nombres, y memorias de sujetos tan malos.
“Al sodomita puso pena de muerte, que se executasse luego con asperos tormentos: y en esta ley dexó puerta abierta para que los Zipas, que le sucediessen, pudiessen estender el castigo con las mas penas, que arbritrassen, pareciendole, que mientras mas se aplicassen, aun no serian condignas a semejante delito.
“Mandó, que si de parto muriesse alguna muger casada, perdiesse el marido la mitad de su hazienda, y se aplicasse al suegro, ó suegra, ó a los hermanos, ó parientes, que fuessen en el afecto padres de la difunta, por ser como era el marido instrumento, aunque sin culpa, de la muerte de su muger, y sus suegros, y parientes los que verdaderamente la perdian; pero que si la criatura quedase viua, solamente la criassen a costa del padre.
“Para el que fuesse ladron mandó, que con fuego puesto delante de los ojos lo cegassen, y si los hurtos fuessen de gravedad, ó repetidos, se los quebrassen con puntas de espinas: pues aviendo de ser las penas medicinales, por estos medios se castigaba lo presente, y remediaba lo futuro, sin quitarle la vida al reo.
“Ordenó, que ningún señor, ó Cazique, por grande que fuesse, subiesse en andas, que llevassen sus criados en hombros, sino solamente el Zippa, ó la persona, que él privilegiasse en caso, que fuessen tales sus servicios, y sangre, que lo mereciesse, para que con su observancia conociesen todos la soberania del que naciesse Rey, y la diferencia del que sirviesse mejor.
“Limitó los vestidos, y joyas a la gente común para formar gerarquias entre sus vassallos; y a los Vzaques (que son los de mas ilustre prosapia, y entonces eran como Grandes del Reyno) concedió privilegio para horadar las orejas, y narizes, y poner pendientes dellas las joyas, que quisiessen.
“Aplicó para su real fisco las haziendas de aquellos, que muriessen sin herederos legitimos; si bien fuera de los sobrinos, hermanos, e hijos, no se ha podido averiguar entre los mismos Indios si heredaban otros.
“Mandó, que al que mostrasse cobardia quando lo llamassen para la guerra, ó quando estuviesse en ella, lo despojassen de las vestiduras de hombre, y se las pusiessen de muger, ocupandolo en los ministerios propios de aquel sexo, por el tiempo, que al Zippa le pareciesse.
“Hizo ley ordenando, que al que huyesse de la batalla antes de hazerlo su Capitan, le quitassen luego la vida con muerte afrentosa; porque de imitar en todo las acciones de los Cabos, resultan de ordinario las victorias cumplidas, ó las pérdidas menos sensibles: y establecidas otras penas ligeras para delitos leves, como son romper la manta, ó cortar el cabello, dispuso, para que la indispensable observancia de todas las que ván dichas, fuesse Presidente de su Consejo supremo, con sucession de vno en otro, el Cazique de Subá, de cuya sentencia en justicia no se pudiesse apelar” (Fernández de Piedrahita, 1688:46-47).

– La cerámica
La cerámica es considerada en la actualidad como un arte y una artesanía, y para los antropólogos es una forma de estudiar pueblos y culturas antiguas, en la medida en que arroja múltiples datos, como por ejemplo que era usada por pueblos sedentarios y de carácter agrícola, debido a que los nómadas utilizaban –aún lo hacen– artículos para llevar con mayor facilidad de un lugar a otro.
Dentro de los usos que daban a los artículos cerámicos, estaban los utilitarios, como jarros, cántaros, cuencos, cucharas, instrumentos musicales y hasta urnas funerarias. En un primer estadio los pueblos primitivos americanos utilizaban cerámica sin decoración y, con el paso del tiempo, en la medida en que las culturas se consolidaban y por ende se proyectaban, comenzaron a decorar las figuras y a utilizarlas con fines religiosos y para representar sus imaginarios. En el caso de las urnas fúnebres, eran usadas por pueblos de cultura compleja, con jefaturas, como en el caso de los Muiscas; servían las cerámicas no sólo para contener los huesos de los difuntos sino también alimentos y parte de sus riquezas, con la idea de que aquéllos los recogieran en su siguiente vida.
El descubrimiento de algunas piezas en el sitio de El Abra, cerca de Zipaquirá, “permitieron suponer que hace unos diez u once mil años se confeccionaron las primeras piezas de cerámica hasta ahora conocidas en el país. El cálculo, sin embargo, no se puede tener como muy certero” (Gil Tovar, 1985:18-19). De ser cierto, sin embargo, se estaría echando por tierra la teoría según la cual es “en Ecuador donde parece poder afirmarse, por el momento, que surgieron las cerámicas sofisticadas más tempranas de América, y es indudable que el Formativo Temprano ecuatoriano (3000–1500 a. de C.) tiene formas cerámicas y técnicas de decoración que luego se encontrarán desarrolladas en otras áreas” (Sánchez Montañés, 1988:64).
En el territorio colombiano en general destacan algunos hallazgos en la costa Caribe, en Puerto Hormiga, de cerámica “muy tosca con dasgrasante de fibras vegetales y formas de cuencos semiesféricos y ovalados, una mucho más elaborada, con desgrasante de arena y cuencos amplios y profundos” (Sánchez Montañés, 1988:73), ubicados por antropólogos en el año 2925 a. de C. Existen también vestigios de la cultura Momil, en las riberas del río Sinú, “con cerámica de buena calidad y formas variadas de carácter utilitario y con los ejemplares pintados más tempranos de Colombia” (Sánchez Montañés, 1988:73).
De igual forma, es preciso señalar la cultura Quimbaya, en el valle del río Cauca, en el primer milenio de nuestra era y, en el segundo milenio, distintas culturas que en todo el territorio nacional elaboraban cerámica.
El autor Vicente Gesualdo reseña estudios “sumamente interesantes” que vinculan “las culturas San Agustín y chibcha, por la similitud de sus ídolos” (Gesualdo, 1968:263). Sin embargo, el mismo autor dice de los Muiscas que eran un “complejo artístico, étnico y religioso independiente, que presenta sus ‘tunjos’, ídolos votivos, pobres en formas y ornamentación” (Gesualdo, 1968:264).
“La cerámica muisca es tecnológicamente bien lograda, pero tiene menos elaboración y decoración que la de la mayoría de los cacicazgos de las tierras bajas. Por lo común se trata de cerámicas monocromas, de color pardusco, rojo, grios o anaranjado y la textura es opaca y áspera. Aparte de las ollas culinarias comunes, hay vasijas en forma de zueco, vasijas de doble cuerpo y algunos recipientes globulares, con alto cuello cilíndrico. La decoración pintada, de motivos geométricos, es bastante frecuente. Una forma característica son figurinas humanas muy desproporcionadas, con caras triangulares y rasgos faciales estilizados. Representaciones zoomorfas en cerámica son raras. Algunas de las figurinas humanas representan guerreros o dignatarios que llevan mazas o propulsores, y también se muestran collares, coronas y otros adornos personales. Ocasionalmente estas figuras estaban vacías o contenían objetos de oro” (Reichel-Dolmatoff, 1978:101-103).
Son importantes los Muiscas en el período previo a la llegada de los españoles, con “unos característicos recipientes llamados ofrendatarios o ‘gazofiláceos’. Son vasos figurados, que representan sobre todo hombres sentados, de un modo un tanto esquemático, con complicados tocados y enormes collares que les cruzan el pecho en bandolera. Parecen representar a los caciques divinizados, y se colocaban en los templos y en las casas de los dirigentes para que los visitantes depositaran en ellos los ‘tunjos’, pequeñas figurillas de oro que hacían la función de ofrendas. Una vez llenos, se enterraban en el piso de las casas ceremoniales y acompañaban al señor a la tumba” (Sánchez Montañés, 1988:74).
Además de la cerámica ceremonial, es importante reseñar la de tipo utilitario –ya mencionada– pero con fines complementarios, en este caso para la evaporación de la sal en los centros productores de ésta, como Zipaquirá.
A la llegada de los españoles, había distintos tipos de desarrollo en las técnicas cerámicas dentro de las distintas etnias indígenas e incluso entre los Muiscas se presentaban pueblos con mayor especialización, como en Ráquira y Tinjacá, al norte. Con la invasión no desapareció la cerámica sino que, por el contrario, se introdujeron técnicas “como el torno, el horno cerrado y el vidriado” (Sánchez Montañés, 1988:25). Lo que sí controlaron los españoles, igual que la música y otras manifestaciones culturales, fueron las formas cerámicas ceremoniales y rituales. Tanto los Muiscas como otros grupos étnicos colombianos siguieron elaborando cerámica de tipo utilitario y últimamente artesanías con fines comerciales.
Chía no es mencionada como centro de producción cerámica, como sí hay referencias de Cajicá, que durante varios siglos continuó intercambiando vasijas con sus vecinos Panches o los mismos Muiscas en Pacho; sin embargo, no es claro que produjeran los objetos o sirvieran de intermediarios (Langebaek, 1987:95).

– La orfebrería
Uno de los atractivos que tuvieron los españoles para internarse en el continente americano fue la búsqueda del oro y los Muiscas se destacaban como orfebres, en especial los del cacicazgo de Guatavita, quienes lo utilizaban para ceremonias rituales de gran importancia. Cuando los españoles llegaron a la Sabana de Bogotá encontraron oro en la mayoría de las capitanías, cacicazgos y centros políticos superiores, en especial en Sogamoso, en cuyos alrededores existían yacimientos, donde el Templo del Sol fue destruido cuando dos soldados ibéricos buscaban el preciado metal, según narran los cronistas de la época.
Sin embargo, pocas eran las minas para la extracción de oro en la Sabana, el que cambiaban por sal, maíz, turmas, fríjoles y mantas, especialmente, con pueblos del valle del Magdalena, en particular con los Panches y los Muzos; de los Llanos Orientales, con los Teguas, y del sur, con los Sutagaos.
“El oro se mezclaba luego frecuentemente, con el cobre –metal este que nunca emplearon solo, para fabricación de objetos– mediante una técnica de aleación llamada tumbaga o caracolí, al parecer aportada por los orfebres caribes y extendida luego por los Muiscas (chibchas) hacia el sur. La tumbaga hacía aparecer la mayor proporción de oro en la superficie del objeto mientras que la mayor proporción de cobre se concentraba en el interior, ofreciéndose así la apariencia de un objeto totalmente de oro cuando, en realidad, la presencia de este metal era más bien escasa” (Gil Tovar, 1985:30).
“La orfebrería muisca estaba mucho menos avanzada tecnológicamente que la de sus vecinos. La mayor parte de los artefactos consiste de tunjos o pequeñas figuras humanas en forma de una placa triangular muy alargada, sobre la cual se indicaron los rasgos físicos y algunos adornos o atributos por medio de trozos de alambre o, más bien, de delgadas varitas de oro. Estas estilizaciones, que a veces muestran personas armadas o ricamente ataviadas, se hicieron en la técnica de la cera perdida. Hay una multitud de pequeños objetos de oro: cetros, coronas, diversos animales y toda clase de adornos personales, que se han encontrado bien sea en entierros o, en calidad de ofrendas, en el borde de lagunas o en vasijas enterradas en algún lugar escondido.
En la primera etapa de la colonia, los indios tributaban oro pero después lo hacían con otros productos, como mantas y alimentos, medida que fue aceptada por los mismos españoles, puesto que no debían declararlos. Hasta el siglo xvii sobrevivió “la costumbre indígena de hacer figuras de oro para usarlas como ofrendas” (Langebaek, 1987:89), pero se fue extinguiendo en tanto se extinguieron también los pocos yacimientos de la región (Sogamoso, Fosca y Gateque) y los colonizadores impedían el comercio del metal entre los aborígenes.

– La lengua chibcha
“La (cultura) Muisca, llamada más corrientemente chibcha, por referencia al grupo lingüístico, en las sabanas de Cundinamarca y Boyacá” (Gil Tovar, 1985:19).
“Los Muiscas hablaban una lengua de la macrofamilia Chibcha, extendida y dividida en diversas variantes dialectales desde Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá, hasta algunas regiones de Colombia, Venezuela y Ecuador.
“En el Altiplano Central, la lengua de los Muiscas se diferenció en dos variantes principales separadas geopolíticamente: una al norte, en el departamento de Boyacá, y otra al sur, en el departamento de Cundinamarca. El Muisca del sur, fuera de las diferencias mayores o menores a que hacen referencia los cronistas, se caracterizaba por la presencia de fitónimos del rasgo dialectológico ch; mientras en el del norte alternaba el rasgo r (Rodríguez de Montes, María Luisa, Muisquismos léxicos en el Atlas Lingüístico-Etnográfico de Colombia (alec), Editorial Instituto Caro y Cuervo, Bogotá, 1984, citado por Wiesner,1996:205).
En la Biblioteca Nacional de Colombia reposa un manuscrito anónimo, transcrito y analizado por María Stella González de Pérez para el Instituto Caro y Cuervo, que sirvió de base para elaborar un diccionario chibcha. Tiene el inconveniente de que las entradas son en español con su equivalente en chibcha, pero, según la funcionaria del Instituto en conversación con este investigador, no hay un diccionario cuyas entradas sean en chibcha con la traducción al español. Respetando la ortografía del original, acerca de los principios gramaticales se dice en dicha obra:
“En esta lengua no ai letras propias para escriuir, porque los yndios y naturales desta tierra no tenía uso descriptura ni jamás vbo memoria de ella y, así, usamos de nuestras letras y caracteres, exepto que los yndios carecen de pronunçiaçión destas letras: d, l.
“De la r no usan sino qual y qual vocablo, y entonses no la pronunçian ásperamente sino suaue.
(...)
“Entre otras pronunçiaçiones particulares que tiene esta lengua, las más communes y ordinarias son seis:
“La primera es la pronunçiaçión de la z, la qual se haze arrimando la lengua de golpe y p(ro)nunciando con fuerza.
“La 2ª p(ro)nunçiaçión es la destas sylabas, cha, che, chi, cho, chu, la qual pronunçiaçión no se a de hazer con toda la lengua sino con la punta no más.
“La 3ª p(ro)nunçiaçión es vna que ni es de e ni es de i, çino vn medio entre las dos, la qual escriuimos con la y griega (...)
“La 4ª es desta çylllaba chy, la cual quando fuere sílaba media y tras de ella se siguieren estas letras, c, p, q, se a de pronunciar con acento breve y velocísimo. Exemplo de la c será esta palabra ychica que significa otra cosa o en otra parte; quihichypqua, la raís; quychyquy, la comida.
“La 5ª es destas letras, p, c, como es esta palabra pqua, la lengua.
“La 6ª y vltima es con estas sylabas ha, he, hi, ho, hu, hy, por las cuales se distinguen vunus vocablos de otros, como se ue en los siguientes: vaya significa madre y vahaya, el difunto; otro: chica, el suegro del hierno y chihica, la carne” (González de Pérez, 1987:71-72).
Una Cédula Real de 1770 prohibió “por razones económicas, culturales y política en favor del español, que desde entonces se impuso como lengua general.” (Wiesner 1996:205). Tras la dominación española, el Muisca “perdió su lengua, quedando de ésta apenas unos vocabularios incompletos, unas palabras de uso vulgar, toponímicos y antroponímicos que por su olor a indio causan vergüenza a quien los lleva como apellido, que poco a poco se han ido borrando o cambiando por nombres extraños, dada la atracción que lo foráneo ejercía sobre el nativo, herencia que es del actual hombre colombiano” (Velandia, 78:57).
En la actualidad sobreviven variantes de la lengua chibcha entre los Tairona de la Sierra Nevada de Santa Marta (Reichel-Dolmatoff, 1978:91) y los U’wa, en los departamentos de Boyacá y Casanare, en los límites de lo que abarcaba el territorio Muisca antes de la llegada de los españoles. “La lengua U’wa tiene distintas formas de hablar: en primer lugar, contamos con la lengua Madre –extinguida; los dialectos principales, Cobaría y Aguablanca, derivados de la lengua Madre, además de los dialectos Rinconada, Tegría, Bócota y Bachia; y en tercer lugar, el lenguaje empleado por los Uejená (hombres que ejercen las funciones religiosas, ritos y ceremonias) para los ritos, cantos y curaciones de los enfermos, comprendido en principio sólo por aquéllos; a este lenguaje se le llama Dreu’ájca, que quiere decir ‘lenguaje de los cantos’, el cual no es un secreto, todos lo pueden aprender y escuchar” (Berichá, 1992:47).
La indígena U’wa Berichá, en su hermoso libro Tengo los pies en la cabeza, habla de los Umatá, que define como “grupo indígena que habitó en Aguablanca. Está extinguido. También se les conoce como Moscas. Fueron enemigos de U’wa y no se mezclaron con ellos” (Berichá, 1992:154). Debe recordarse que los Muiscas eran conocidos también como Muyscas y Moscas por los pueblos aborígenes, el último de cuyos apelativos fue apropiado por los españoles para referirse despectivamente a ellos. Sin embargo, tienen algunos términos en común, como la misma palabra Chía, que para los Muiscas significaba luna y para los U’wa significa cerros (Berichá,1992:48). Es más, su mitología tiene también coincidencias, como que el génesis está relacionado con el agua, el sol y la luna.
Los siguientes son algunos términos que superviven y otros que fueron adaptados por los españoles, como patronímicos y para señalar antiguos poblados sobre los que los ibéricos construyeron sus asentamientos. Incluyo algunos otros, tomados de diversos textos, por considerarlos importantes:
Aba: Mazorca de maíz.
Abtyba: Maíz amarillo (Llano, Campuzano (1994:22).
Achua: Mazorca tierna de maíz.
Agua: Grano de maíz.
Bacatá: Uno de los cuatro centros políticos superiores Muiscas, gobernado por un Zipa. Está ubicado en el territorio que hoy ocupa el municipio de Funza, en la Sabana de Bogotá.
Bo: Buen, buena (Schrader, 1992:101).
Bojacá: Vereda del municipio de Chía.
Cana: Anca, nalga, grupo. “La sílaba ca quiere decir cerco, lugar, sitio, puesto, fortaleza, propiedad” (Velandia, 1978:469).
Cajicá: Fortaleza de piedra.// Municipio de Cundinamarca, ubicado en la Sabana de Bogotá.
Cogua: Municipio de Cundinamarca, ubicado en la Sabana de Bogotá.
Colima: Pueblo indígena (guerreaba contra los muiscas).
Cota: Participio del verbo chibcha “cotansuca” y significa “crespo, crespa, encrespado, desgreñado” (Wiesner, 1996:199).// Municipio de Cundinamarca, ubicado en la Sabana de Bogotá.
Cubun: Lengua de nación.// Palabra.
Cuca: Templo y seminario donde se formaban los sacerdotes, se rendía culto a la diosa Chía y se educaba al futuro Zipa. El más importante estaba ubicado en la base de la montaña de Tíquiza, en Chía.
Cucha-viva: Arco iris.
Cundinamarca: Tierra alta y nido de cóndores.// Departamento del centro-oriente de Colombia, con capital Bogotá.// Primer nombre que recibió la República de Colombia, el 17 de abril de 1812, luego de la declaración de Independencia de España.
Chía: Luna.// Mes.// Ortiga.// Luz.// Resplandor.// Fornicación.// Nosotros, nosotras.// Totuma pequeña.// Municipio de Cundinamarca, ubicado en la Sabana de Bogotá.
Chie: Ver Chía.// Nosotros, nosotras.// Honra.//
Chies amuyhyzynsuca: Eclipse de luna.
Chibcha: Pueblo indígena que en la época precolombiana ocupaba desde Centroamérica, en lo que hoy es Nicaragua, hasta elsur del Ecuador. Se le considera puente de las migraciones de las culturas de México y Perú. También llamado Muisca.
Chicha: Bebida alcohólica de maíz fermentado.
Chocontá: Municipio de Cundinamarca, ubicado en la Sabana de Bogotá.
Chuhupcua-Ta: Sorda.
Chuque: Sacerdote Muisca (Schrader, 1992:84).
Chuta: Hijo, hija.
Chyscamuy: Maíz negro (Llano, Campuzano, 1994:22).
Faca: Piedra de mármol.
Facatativá: Municipio de Cundinamarca, ubicado en la Sabana de Bogotá.
Fagua: Estrella.// Vereda del municipio de Chía.
Fapqua: Chicha.
Fi: Coladero de colar chicha.
Fo: Zorra.
Fonquetá: Vereda del municipio de Chía.
Funza: Municipio de Cundinamarca, ubicado en la Sabana de Bogotá. // Río que nace en Villapinzón y desemboca en el Magdalena, a la altura de Girardot. Hoy conocido como Río Bogotá.
Fuqie pquyhyza: Maíz blanco (Llano, Campuzano, 1994:22).
Fusca: Vereda del municipio de Chía.
Fusque: Tierra, polvo.
Fusuamuy: Maíz no tan colorado (Llano, Campuzano, 1994:22).
Gacha: Cuenco, vasija, llaga, podredumbre. “La sílaba ga quiere decir detrás, espalda, cuesta; y cha, varón” (Velandia, 1978:469).
Gachancipá: Municipio de Cundinamarca, ubicado en la Sabana de Bogotá.
Gagua: Hijo.
Gata: Cumbre de montaña (Schrader, 1992:101)
Gua: Monte.// Pez.// Guadua.
Guamuyhyca: Pez capitán.
Guatavita: Municipio de Cundinamarca, ubicado en la Sabana de Bogotá.// Laguna donde los chibchas realizaban un ritual sagrado.
Guatoque: Arroyo.
Güecha: Soldado.
Guesa: Boca.
Hicha: Tierra como elemento.
Hichac bzasqua: Enterrar.
Hichuamuy: Maíz de arroz (Llano, Campuzano, 1994:22).
Hyca: Piedra.
Huitaca: Espíritu del agua color esmeralda (Schrader, 1992:82)
Hunza: Uno de los cuatro centros políticos superiores Muiscas, gobernado por un Zaque. Conocido hoy como Tunja, es capital del departamento de Boyacá.
Iegui: Tierra como suelo.
Iraca: Uno de los cuatro centros políticos superiores Muiscas.
Jeque: Sacerdote y médico Muisca.
Mohán: Sacerdote Muisca.
Moxa: Niño que al cumplir 15 años era sacrificado en ritual de sangre al dios sol.
Muisca: Pueblo indígena que en la época precolombiana ocupaba desde Centroamérica, en lo que hoy es Nicaragua, hasta elsur del Ecuador. Se le considera puente de las migraciones de las culturas de México y Perú. También llamado Chibcha, por referencia al grupo lingüístico.// Gente, persona.
Muyhyca: Trenza.
Muyquy: Campo.
Muysca: Gente.
Muysca fucha: Mujer.
Muysccubun: Idioma de los indios.
Muyso aquyca gue: Culebra.
Muzo: Municipio de Boyacá.// Pueblo indígena ubicado que limitaba con los Muiscas.
Nemocón: Municipio de Cundinamarca, ubicado en la Sabana de Bogotá.
Nygua: Sal.
Ogque: Jeque.
Oque: Señal.
Panche: Pueblo indígena ubicado en los límites del suroriente del territorio Muisca, grupo contra el cual guerreaban.
Phochuba: Maíz roxo blando (Llano, Campuzano, 1994:22).
Psihipqua: Cacique.
Quecha: Guerrero.
Quesque: Propulsor para lanzar dardos.
Quyca: Pueblo.// Cuento.// Historia.
Quycagua azonuca: Mundo.
Quye: Árbol.// Arcabuco.
Quyhysa: Algodón.
Quyty: Telar.
Ráquira (Ra-Ira): Diosa lechuza.// Municipio boyacense donde donde se practica la alfarería.
Sasamuy: Maíz colorado (Llano, Campuzano, 1994:22).
Sasbiza: Antepasados.
Sesquilé: Boquerón de la arroyada//. Agua caliente//. Municipio de Cundinamarca.
Sie: Agua.
Simca: Río que nace en Cogua y tributa al Bogotá a la altura de Chía. Hoy es conocido como Río Frío.
Símte: Lechuza.
Sisque: Agua caliente.
Sopó: Municipio de Cundinamarca, ubicado en la Sabana de Bogotá.// Río en la Sabana de Bogotá.
Sua: Día.
Suaz abgysqua: Eclipse de sol.
Suba: Municipio de Cundinamarca, ubicado en la Sabana de Bogotá.
Suc: Pájaro.
Sucubun: Lengua de los españoles.
Sue: Sol.// Cristiano.// Español.
Symca: Guirnalda.
Tabio: Municipio de Cundinamarca, ubicado en la Sabana de Bogotá.
Taca: Esmeralda (Schrader, 1992:85).
Tena: Dentro de la iglesia.// Municipio de Cundinamarca.
Tenjo: Municipio de Cundinamarca, ubicado en la Sabana de Bogotá.
Tibitó: Río en la Sabana de Bogotá.
Tíquiza: Vereda del municipio de Chía.// Centro ceremonial donde era preparado el sucesor del Zipa.// Montaña tutelar del municipio de Chía, en límites con el municipio de Tenjo.
Tiuquines: Hombres ágiles y fuertes que llevaban noticias de pueblo en pueblo.
Tocancipá: Municipio de Cundinamarca, ubicado en la Sabana de Bogotá.
Tumbaga: Aleación de oro y cobre usada por los orfebres.
Tundama: Uno de los cuatro centros políticos superiores Muiscas, conocido hoy como Duitama y ubicado en el departamento de Boyacá.
Tunjo: Figura antropomorfa en oro o cerámica usada con fines ceremoniales.
Uba: Cara.
Ubaté: Municipio de Cundinamarca, ubicado en la Sabana de Bogotá.
Ubchijica: Luna llena.
Usaquén: Municipio de la Sabana de Bogotá, anexado a Bogotá. Limita con Chía.
Uta: Capitanía menor.
Uzaque: Cacique del sur del territorio Muisca, dependiente en segunda línea del Zipa.
Xie: Río.
Xiuá: Lago o laguna.
Zaga: Ayuno (Fernández de Piedrahita, 1688:21)
Zaque: Cacique de Tunja.
Zemusqua: Hilar.
Zimne: Hilo.
Zipa: Cacique de Bogotá.
Zipaquirá: Municipio de Cundinamarca, ubicado en la Sabana de Bogotá.
Zocam: Año.
Zúhe: Sol.
Zibyn: Capitanía.

– La música
No queda mucha información sobre la música de los indígenas en la época precolombina puesto que, después de la llegada de españoles a América, prohibieron no sólo la lengua sino también las manifestaciones musicales autóctonas, que tildaban de “vulgares”, debido a que éstas tenían claras connotaciones religiosas y de lo que se trataba era de catequizar –a las buenas o a las malas– a los indígenas. Es más, no sólo la prohibieron sino que los cronistas ignoraron esta manifestación cultural y es mínimo lo que recogieron para la historia.
Sin embargo, algunos dejaron pequeños testimonios, como el que cita Juan Crisóstomo Osorio y Ricaurte del cronista Piedrahita en la Historia de la conquista del Nuevo Reino: “Los indios hacían sus ofrendas a los ídolos con músicas y danzas, que continuaban después de la ceremonia y que acompañaban con sus fotutos, que eran unas trompetas hechas de caracoles, y con unos grandes tambores” (Osorio y Ricaurte, 1978:81-82).
Coincide el cronista Lucas Fernández de Piedrahita, cuando describe un ritual de purificación, orientado por un Jeque: “se iban muy consolados, y alegres, y con cierto jabon, que vsan de vnas frutillas, que llamá Guabas, se bañaban, y limpiaban los cuerpos muy bien: vestianse mantas nuevas, y combidaban a los parientes, y amigos para banquetearlos algunos dias: gastaban mucha cantidad de Chicha (que es el vino que vsan:) danzaban, y bailaban al compás de sus caracoles, y fotutos: cantaban jútamente algunos versos, ó canciones, que hazen en su idioma, y tienen cierta medida, y consonancia, a manera de Villancicos, y Endechas de los Españoles. En este genero de versos refieron los sucessos presentes, y passados, y en ellos vituperan, ó engrandecen el honor, ó deshonor de las personas a quien los componen: en las materias graves mezclan numerosas pausas, y en las alegres guardan proporción; pero siempre parecen sus cantos tristes, y frios, y lo mismo sus bayles, y danzas, mas tan compassadas, que no discrepan vn solo punto en los visages, y movimientos, y de ordinario vsan estos bayles en corro, asidos de las manos, y mezclados hombres y mugeres. La misma proporcion guardan, quando arrastran madera, ó piedra, juntando a vn tiempo la voz, los piez, y manos al compás de la voz de vno, que les sirve de guia” (Fernández de Piedrahita, 1688:21-22).
La música indígena no tenía pretensiones estéticas pues su interés era puramente religioso, con rudimentarios instrumentos de viento y percusión: flautas de caña, barro y huesos; el mencionado fotuto; la carrasca o carraca, y tambores de diversa índole, construidos especialmente sobre troncos, como aún se hace en la Orinoquia y la Amazonia. Los huesos, además de ser acondicionados para producir tonadas, le daban a la música un aire de misticismo y de magia, pues acompañaban cantos cuya pretensión era curar enfermedades y mordeduras de animales, así como incidir sobre las condiciones meterológicas en función de la agricultura.
Fueron los misioneros los encargados de imponer a los nativos las nuevas tonadas religiosas, acompañados aquéllos de vihuelas y guitarras que éstos no aprendieron a tocar.
De las manifestaciones musicales de los Muiscas no ha quedado testimonio ni herencia conocida, como sí de los huitotos, con el canto del Jusie (yuca brava), la danza y canto del Jatdiko (palo hueco sobre el cual danzan), el canto y danza del Jaimeka (cernidor), canto del Juacke (festividad de las frutas); de los Guahibos del Vichada, con la danza del Venado; de los Bora, con el baile del Humarí y el baile del Contaduro; de los Muinane, la Fikkába (mariposa nocturna), y de otros grupos étnicos en los llanos orientales, el Cauca, la Guajira, el Chocó y la Orinoquia y Amazonia, que se empeñan en mantenerse y no mezclarse con ritmos españoles y afrocolombianos.
Lo único que se preservaba hasta hace medio siglo y que las telecomunicaciones y comunicaciones satelitales reemplazaron, era el uso del cuerno, que en el Resguardo de Fonquetá y Cerca de Piedra se utilizaba para convocar a las reuniones. En el morro donde hoy está el salón comunal se paraba un indígena y comenzaba a llamar a los comuneros, quienes acudían a discutir los asuntos de interés. No sobra decir que a dichas reuniones iban abastecidos de chicha, tradicional bebida que hoy se resiste a morir. Además, los cachos cumplían funciones políticas, según narra una Comunera: “Mi papá (Pablo Emilio Garzón) tenía los cachos, eran labrados, eran entre negrito y blanco, con figuras en todo el cacho. Y él los sabía manejar. Los usaban para cuando había ladrones o bochinche, de noche, se llamaban los vecinos. Y cuando había problemas de política: si eran liberales, los conservadores no los dejaban arrimar y si eran conservadores los liberales no los dejaban arrimar. Entonces ellos ya tenían el oído en el cacho y sabían si eran liberales o eran conservadores” (Entrevista a Margarita Garzón de Montañez).

– La chicha
Bebida sagrada y embriagante, además de alimento cotidiano, proscrita por los sucesivos gobiernos desde la conquista hasta 1948 cuando argumentando razones de salud fue definitivamente prohibida, la chicha ha logrado, sin embargo, preservarse hasta el día de hoy. Los Muiscas la utilizaban para sus ceremonias y los descendientes de hoy la siguen produciendo como un elemento cultural cohesionador.
El primer punto a aclarar es que la chicha no es una bebida destilada sino fermentada, y fue ese también el argumento esgrimido por quienes la prohibieron la última vez. La preparación ha variado, con la introducción de nuevos componentes. En la época precolombina y de la colonia, el proceso duraba unos doce días y se efectuaba así: “se desgrana el maíz blanco o amarillo de la mazorca de maíz dura; se pone sobre juna piedra y se muele con la mano de moler. Se remoja con agua y se deposita en una olla de barro (Zoia) durante diez o doce días, meneando la masa de vez en cuando con la ana (palo especial para la chicha según narra Simón) y remojándolo para ablandar la masa (Bchoscua). Se saca de la olla y se envuelve en hojas de alpayaca y se pone a cocinar en leña. A los tres días se saca de la mucura, se deja enfriar y se vuelve a moler, después se soba y se coloca en una gacha (olla más grande) con agua para que se fermente. Después de que hierva la masa, se le agrega bastante agua para colarla en el Fi (coladero de colar chicha) varias veces, moliendo los residuos y volviéndolos a colar hasta que la masa quede bien lisa. A esta masa se le pone agua y se deja en la gacha durante dos días fermentándose para luego ser consumida” (Llano, Campuzano, 1994:25).
Por tratarse de un objeto ritual, la chicha no podía ser comercializada. Se trataba de un elemento transformador “por el cual alcanzaban diferentes estados: el de la bienaventuranza por la alegría que da el licor, el de la muerte por la melancolía que produce y por la inmensa conciencia que tenían los indígenas de la muerte y de la determinación de los dioses sobre su destino. Y finalmente era algo propio de la tierra, es decir, un elemento de identidad y de cohesión cultural” (Llano, Campuzano, 1994:25), igual a como sigue siéndolo hoy.
El uso religioso facilitó a los españoles la satanización de la chicha, pues decían que los indígenas se embrutecían y realizaban bacanales, obviamente prohibidas por la religión católica. Es así como a mediados del siglo xvi se dictaron medidas de control y en 1687 se trató incluso de prohibir su consumo so pena de excomunión, pero el edicto fue anulado porque había aún muchos indígenas sin catequizar y resultaba contraproducente. En 1748 se ordenó cerrar las pulperías o chicherías durante las fiestas religiosas. Estas siguieron funcionando, atendidas por mujeres que se encargaban también de la preparación.
De nuevo la excusa de la higiene pública fue esgrimida a fines del siglo xix y principios del xx, a raíz de epidemias de gripa, tuberculosos, sarampión y viruela, la última de las cuales afectó en gran parte a la población infantil indígena de Chía. Los principales consumidores seguían siendo los descendientes de los Muiscas, según recuerda con humor don Puno Cojo, anciano comunero del Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra, a raíz de la distribución de lotes luego de la recuperación legal del terreno, a princpios del siglo xx: “El que recibía el lote, en agradecimiento mandaban en ese tiempo la bebida especial: era el vino de tusa. ¿Lo conocen o no?” (Correa Correa, 1998A). Se refería a la chicha,
Los mismos indígenas aceptan directa o indirectamente que las autoridades podrían tener la razón al prohibir el consumo de la chicha. El tesorero del Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra, Luis Eduardo Fajardo, dice que “como se llegó a abusos... pero era una costumbre ancestral tomarse su chicha y hablar sus temas, llegó el punto en el que prohibió eso, porque se presentaron probablemente algunos malos manejos, se llegó al exceso, se empezó a satanizar esa costumbre. La idea es retomar ese punto, donde tenga un sentido reunirse y tomarse la chicha, que estamos es arreglando los problemas y no emborrachándonos” (Entrevista a Luis Eduardo Fajardo).
Desde hace una década, en el barrio La Candelaria, de Bogotá, se realiza el Festival de la Chicha y el Maíz, que pretende, además de rendir un homenaje a los Muiscas, sentar una firme posición para plantear de nuevo la legalización de la bebida ancestral. En Chía, en el Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra, se prepara la chicha para celebrar diversos actos, desde religiosos hasta paganos. Así, por ejemplo, en la Fiesta del Campesino que se realiza cada año con caravanas por las principales vías del municipio, los comuneros distribuyen chicha entre las distintas comparsas y el público. Como lo hacían sus antepasados, la chicha es obsequiada y no vendida. En diciembre de 1998, la comunidad celebró la Novena de Aguinaldos con una procesión por el anillo veredal de Fonquetá y Cerca de Piedra, con distintas estaciones, la última de las cuales era el salón comunal, donde grandes vasijas de barro contenían chicha para ser repartida entre los peregrinos.
Sin embargo, y como sucedió también en Bogotá unos años antes de que prohibieran la chicha en 1948 para garantizar el monopolio de las cervecerías, en Chía hubo intentos de industrialización, con una fábrica que montó Vicenta Jurado, en un sitio conocido como el panóptico, donde hoy es la bomba de La Libertad, a tres cuadras del Parque Santander. “Ahí era la fábrica de la chicha y anteriormente molían maíz allí. Partían las manos de res y se las echaban para que hirviera y esa sustancia que botaba la res, era la que fermentaba la chicha y por eso era tan de alimento la chicha” (Entrevista a Luis Francisco Montañez).
Margarita Garzón de Montañez tiene una reconocida reputación en el Resguardo por la forma como prepara la chicha, que se toma en las fiestas familiares y de la comunidad. Las siguientes son tres fórmulas: la que utilizaban la abuela y la mamá y la que ella emplea:
“Yo la aprendí a hacer de mi mamá, directamente de mi mamá, que cogía el maíz duro, amarillo pero duro y lo partía en la piedra después de desgranarlo, porque en ese tiempo había piedra de moler, no había molino ni nada de eso; era una piedra grande y tenía unas manitas así y se molía. Y ella partía el maíz y lo mojaba con guarapo y lo envolvía y lo dejaba apichar unos días, 5 o 6 días, entre una olla de tiesto y todos los días lo estaba rebullendo. Eso se calienta el maíz ahí. Y después lo envolvía en pedazos de lona o en hojas con las que hacen los tamales, de payaca o de plátano. Ella conseguía las hojas y los envolvía ahí, y después ya no se conseguían esas hojas y (utilizaba) de esa lona donde venía la mogolla de los marranos: esa lona la dividían en cuadritos, en pedazos, y ahí se echaba el maíz, se amarraba con un ripio de costal y se ponía a cocinar un día y una noche, y échele y échele y échele agua hasta que quedaba negro de cocina. Después se ponía a enfriar y se desenvolvían esos envueltos y ella tenía una zaranda metálica y ahí la iba refregando con agua y la iba colando en una cusbira y ahí salía la chicha espesa. Y el uche que quedaba volvía y se molía, se desataba en agua y volvía y se pasaba con el colador y se echaba a la olla y se estaba rebullendo todos los días, le ponían panela y miel, hasta que hervía, y cuando ya hervía se dejaba cinco días y ya servía para tomar. Esa hierve sola, se ponía en un sitio, con cama debajo, se le ponía tamo o costales, para que eso mismo dé calor a la olla. Eso duraba hasta más de 15 días la hechura de la chicha, tocaba hacerla con tiempo. Hasta que hervía ella sola, con el fermento de la panela y de la miel. Y ya estaba para tomar. En ollas de barro o en barril de madera. Mi mamá también hacía chicha de zanahoria y de arracacha: se cocinaba la arracacha y se molía, y lo mismo, se ponía a hervir. Se desata en agua, se muele la arracacha, se echa en las vasijas con agua, se desata que quede espesa y esperar a que hierva y fermente” (Entrevista a Margarita Garzón de Montañez).
La preparación actual es como sigue:
“Yo la hago con maíz porva. Se muele ese maíz que es amarillo blandito, seco, y se cierne en el cedazo. Se saca la harina. Con esa harina, se pone en la estufa la olla en agua y se hace como sopa. Se echa la harina desatada, como hacemos la sopa, en una olla común y corriente, de aluminio. Se hace la sopa y se va echando en la olla de tiesto, de barro: una ollada, dos olladas, las que se necesiten. Se deja ahí, quieta, destapada, para que se enfríe toda la noche y al otro día se le quita la nata que produce y se le empieza a poner endulce, miel o panela, hasta que hierve, está en su punto, unos cuatro o cinco días, también se le pone la camita de tamo o costales, o se deja al lado de la estufa de carbón, al rinconcito, y hierve rápido. Esa es diferente porque ya va cocinada la mazamorra. Y ya sirve para tomar, es más fácil” (Entrevista a Margarita Garzón de Montañez).

– La agricultura
“Pido aquí entre todos los que estamos reunidos
a volver a hacer un sitio comunitario, una cuestión de familiares,
todos, para que todos seamos hermanables
y poder cultivar otra vez el cerro como era anteriormente”
(José Bojacá, Taller de recuperación histórica).

Uno de los indicadores del nivel de desarrollo de un pueblo es la agricultura, propia de los grupos sedentarios. Según estudios antropológicos reseñados por Carl Henrik Langebaek, los Muiscas empleaban bastones para cavar y hachas de piedra (Langebaek, 1987:55), que utilizaban en terrazas de cultivo que pretendían evitar la erosión y disminuían el trabajo con respecto a las pendientes. Además de las terrazas había “hileras de montículos, eras o zanjas de desagüe, pero como obras de ingeniería, no llegan a la perfección de las construcciones de los Tairona. Esta falta de interés en la conservación de tierras o en la intensificación de su uso, podría indicar la general abundancia de tierras fértiles, ocupadas por una población bastante dispersa” ((Reichel-Dolmatoff, 1978:100). Es importante recordar que los Tairona y los Muiscas son de la misma familia chibcha, e independientemente del grado de desarrollo alcanzado, sí puede predecirse que sus conocimientos agrícolas tuvieran los mismos fundamentos. Aunque no hay estudios antropológicos que lo sustenten plenamente, se presume que los Muiscas rotaban los cultivos para evitar el agotamiento de las tierras, práctica que dejaron cuando éstas se redujeron en sus manos debido a la usurpación por parte de los conquistadores españoles y después por los criollos y grandes hacendados de la República.
Para los cultivos se basaban en sus conocimientos astronómicos, siguiendo las lunaciones, que contaban de a 20. Incluso hoy tienen en cuenta la luna para la siembra y la cosecha, como lo cuenta la Comunera Margarita Garzón de Montañez: “lo más aconsejable para sembrar es el menguante y cuando no estamos en menguante decían que se podía sembrar un martes o un viernes, osea que esos días reemplazan la menguante. Para recoger, desde que esté madura la cosecha, la papa pastusa dura cinco meses, la tucarreña seis meses y la criolla tres meses, arracacha un año. Para cortar árboles, la madera sí es importantísimo que sea en menguante, para que no se gorgojee, en creciente se le entra el gorgojo, se daña la madera” (Entrevista a Margarita Garzón de Montañez).
La influencia de la luna era también en otros aspectos, como lo cuenta la Comunera Leonor Vargas de Díaz: “hablemos de una muchacha joven que va a dar a luz, ahora que todo es matemático, pero se enfermó dos o tres días antes. Una vieja como yo, va y mira el almanaque, o se espera la noche y mira dónde va la luna, y es la luna la que habla con la que va a dar a luz, la luna es la que la pone a trabajar. Eso no se ha perdido en uno. La luna incide en que el parto se adelanta o se atrasa, pero la luna está trabajando. Para los que tenemos fe, es la luna. Ahora, en menguante se siembra más y en creciente se quitan las hojas, se arregla, se poda. La luna está en esos días trabajando. La luna y el sol son de nosotros, es lo que nos da la comida. ¡Qué hiciéramos con solo luna, sin sol! Es que tan bonito, y eso fresco por la mañana, cuando sale el sol ¡Qué belleza! Y ojalá haya llovido ayer y hoy salga el sol. Se siente una vida increíble. Ahora, esté donde esté, y no le sane una herida, acuérdese de la luna, y presiente que esto va a ser peor. Es más sana la menguante. La gente que está cerrada en sus siembros o en sus cosas, está compaginando la luna, la tierra y el sol” (Entrevista a Leonor Vargas de Díaz).
La ubicación geográfica de los Muiscas, en el altiplano cundiboyacense, limitaba el tipo de cultivos, que cíclicamente sufrían heladas en los períodos secos, además de otros daños producidos por granizadas. De esa forma, no era mucha la variedad de productos de pancoger, siendo los predominantes el maíz y la papa, el primero de los cuales ofrecía múltiples ventajas, como las distintas variedades, su alto valor nutritivo y la facilidad para almacenarlo. La papa, por su parte, por ser un cultivo propio de tierra fría, es aún cultivado en el altiplano cundiboyacense.
Otros productos cultivados por los Muiscas eran cubio, fríjol, batata, arracacha, ají, maní (en el piedemonte llanero), piña (que fermentaban en forma de guarapo) y guayaba.
Practicaban la pesca en las lagunas de Soacha, Fúquene y Tota, especialmente, y en los ríos del piedemonte llanero.
Cuando llegaron los españoles, y antes de introducir gallináceas, los Muiscas se alimentaban de venados y curíes, principalmente, que cazaban con flechas y utilizando trampas, e incluso los comerciaban con otros pueblos vecinos. Pero el producto que tal vez mayor importancia para el comercio tenía era la sal, que obtenían de minas ubicadas en toda la cordillera, en especial en Zipaquirá, Nemocón y Tausa. La distribuían no sólo dentro de su territorio sino que la cambiaban por otros productos con pueblos vecinos.
Introducían el algodón, con el que elaboraban mantas de gran perfección, así como mochilas, que pintaban con pinceles y comerciaban con pueblos lejanos, incluso en los llanos orientales, el valle del Magdalena y lo que hoy es el departamento de Antioquia. El uso de lana es posterior, a mediados del siglo xvi, introducida por los españoles, pero incluso en la época previa a la Independencia los Muiscas preferían el algodón.
La coca, por su parte, era sembrada en las tierras más bajas de las confederaciones y en especial en la de Tundama, al norte. Los cultivadores la cambiaban por mantas y oro. La consumían durante las labores agrícolas y en ceremonias de carácter ritual.
En la actualidad, la flora, de rastrojo, “está compuesta por frailejones, raquíticos, pajonales, manzanillos, musgos, líquenes, canelillos, moras silvestres, mirtos, cañas, carrizos, caretones blancos, aguadijas, salvios, apios, cardosantos, quiches, encenillos, lamas, pajas finas, chusques, laureles, cardoncillos, arrayanes, guavas, cubios, malvas, chites (o monte), san gregorios, cucharos, barbas de diablo (o hierba mala), siete cueros, romeros y tunos” (Wiesner, 1996:203)
A fines del siglo xix y principios del xx en el Resguardo se cultivaban maíz, arracacha, cubios, ibias, alverja, habas. “Había alisos, frailejones, que todavía se encuentran en la cima, están pequeñitos porque ha habido quemas muy seguidas, al colmo de que ya están creciendo hay la quema y se terminan. Hay el cucharo, pino, eucalipto, salvio, borrachero, uvo –que es como más bejucoso que la vid– y la uva es más bajita. De cultivos, arracacha, papa, cubios, hibias, arveja, haba, maíz. De aromáticas, romero, ajenjo, caléndula, altamisa, ruda, manzanilla dulce y manzanilla amarga, mirto” (Entrevista a Marina Cojo de Bernal).
“Por ahí en 1935, 1938, la gente vivíamos de lo que daba la tierra en el cerro: se sembraba maíz, papa criolla, de la otra, nabos, más en los que no se sembraba se cultivaba el helecho. El helecho es de un solo tipo, pero se dejaba secar por la gente que lo trabajaba seco y verde, porque el verde se traía para el pueblo y lo compraban las famas para envolver la carne, y el seco lo traían más para donde mataban el marrano, porque con el seco hacían la hoguera y churruscaban el marrano. Árboles habían el cucharo; el tuno; el aliso; para leña, para construcción no es bueno; magué, que se usaba para construcción, porque las casas se hacían de bahareque, el magué es el mismo fique, la misma penca; eucalipto siempre ha habido, se ha usado para construir, para las vigas. De la vegetación no queda nada. En esa época iba uno al cerro y encontraba aguadijas que le subsanaban la sed a las personas; uvas de dos clases; tunas; ulupas; mora silvestre; higos (Entrevista a Leonor Vargas de Díaz).
Desde hace varias décadas se han denunciado problemas de erosión, tal y como está consignado en el acta del 9 de abril de 1986: “la señorita Carmenza Fajardo dice que la erosión aque está invadiendo nuestro cerro, que estos nos sucede por la falta de arborización y negligencia denuestra parte, si nosotros acudimos al Inderena y los institutos de reforestación, ellos no ayudan no sólo con árboles sino con dirección y cursos de capacitación y agrega por favor despertemos antes de que sea tarde y nuestros descendientes tengan que lamentarse. En este momento recibe una ovación y aplausos” Al final de la reunión se acordó conformar un comité forestal, orientado por el Concejo Verde (Libro de Actas del Resguardo, p.53). El turismo también ha sido señalado en varias oportunidades como una amenaza para la flora y la fauna nativas, tema que fue abordado en mayo de 1987 en sesión de la junta directiva: “se trató sobre los problemas con los turistas por la destrucción de los árboles, se acuerda pedir al Señor Alcalde unos avisos con multas para quienes se encuentren rompiendo y maltratando la naturaleza. Se dice que no solo son los turistas sino que muchos de los mismos comuneros que debemos cuidarnos unos con otros” (Libro de Actas del Resguardo, p.59). En marzo de 1991, y ante el ofrecimiento del Inderena de colaborar con 75 especies de árboles, se decidió emprender un programa de reforestación, en el que participara toda la comunidad pues, como quedó consignado luego de la reunión, “antes habían varios pequeños nacimientos de agua y hoy no vemos sino sequedad y erosión, esto es por la falta de árboles, lo que nosotros mismos hemos destruido” (Libro de Actas del Resguardo, p.72).
En el año 2001, y sobre el Camino de la Vida (construido en piedra en 1994 sobre el camino original) que desde el Taller Artesanal conduce a la capilla de La Valvanera, la Alcaldía Municipal colocó una serie de avisos en los que solicita la colaboración de los turistas, además de que cercó dicho camino para que los caminantes no tomen atajos por el bosque. En 1999 fueron sembradas, de común acuerdo con las autoridades del Resguardo y la Umata, especies nativas.
Sin embargo, la siembra de especies hidrófilas, como eucalipto y pino, han incrementado la erosión, por lo que se han secado las fuentes de agua que existían. A esto se han sumado los cíclicos incendios forestales, como los ocurridos en febrero de 1998 que duró más de una semana y consumió alrededor de 15 hectáreas y se calcula que los daños serán apenas superados en aproximada tres lustros, y en febrero de 2001.
En lo que a fauna respecta, en el Resguardo había, hasta hace medio siglo, culebras amarillas de ojos grandes, peces en las múltiples fuentes de agua y riachuelos, armadillos, zorros, “conejos del cerro, gatos, lagartijas, culebras, chicharritas, comadrejas, zorros, armadillos, borugos... De eso no queda nada. Pájaros (Entrevista a Leonor Vargas de Díaz).
“La fauna actual se reduce a pájaros de tierra fría, uno que otro armadillo y conejo, y algunos roedores. Lo mismo que en el caso de la vegetación nativa, la fauna primitiva ha desaparecido casi por completo” (Wiesner, 1996:203).

• Mitología y espiritualidad

Una de las grandes herencias de los Muiscas es, sin duda alguna, la espiritualidad, el sentido de convivencia pacífica, el respeto a la Madre tierra. Cuando los españoles arribaron a estas tierras, comandados por Gonzalo Jiménez de Quesada, dentro de la mitología nativa había una serie de elementos que concordaban o coincidían con la religión católica profesada por los ibéricos, por lo que fueron recibidos con sumisión y casi que con alboroso por los Muiscas. “Aunque en cierta forma uno ve que las creencias o las enseñanzas entre uno u otro no distorsionaban, no estaban muy divorciadas y parece que era fácil que los Muiscas asimilaran las enseñanzas de la Iglesia porque igual ambos creían en un dios, ambos creían en la Madre que para unos era la tierra y para otros era María, pero siempre existió mucha similitud y básicamente el pueblo Muisca era eminentemente espiritual y encontró que las enseñanzas que se las impusieron a la fuerza, de paso se parecían las unas a las otras” (Entrevista a Luis Eduardo Fajardo).
Lo cierto es que las coincidencias son muchas: un demiurgo (Dios y Chiminigagua), una Madre (María y Bachué), un Mesías (Jesucristo y Bochica), los sacrificios de animales e incluso de personas (Abraham iba a sacrificar a su propio hijo), el más allá (con la posibilidad de la resurrección para los católicos y la transmigración para los Muiscas), y otros aspectos trascendentales, como el diluvio universal y la inundación de la Sabana.
Algunos autores, amparados en otras coincidencias y en los testimonios de los cronistas españoles que a su vez fueron los mismos que catequizaron a los indígenas, se atreven a afirmar que los dioses Muiscas eran maléficos, dañinos; en otras palabras, el diablo (Schrader, 1992) y que éstos eran heredados de migraciones de pueblos procedentes del lejano oriente (como la cerámica, cuya origen se atribuye al lejano oriente), en particular del Tíbet y Mongolia. Estudios antropológicos afirman que hubo migraciones de varios pueblos asiáticos que cruzaron el estrecho de Behring para descender por la geografía americana. La procedencia de la misma lengua chibcha también ha sido señalada como oriental, al decir de otros autores, como el historiador Roberto Velandia: “los dioses chibchas y muchas palabras de su léxico proceden del Japón” (Velandia, 1978:35). Es más, los rasgos físicos de los actuales mestizos del altiplano cundiboyacense son similares a los de los habitantes de la península Indochina: estatura mediana, pómulos salientes, ojos alargados y la indumentaria de los nepaleses es bastante similar a la de los indígenas paeces del Cauca.
Según la mitología (estudio de los mitos referidos a los dioses, semidioses y héroes de una religión politeísta) Muisca, al principio de los tiempos reinaba la oscuridad hasta que el dios Chiminigagua o Chiminichagua (Hombre sagrado del agua y del maíz) creó la luz, el sol, la luna y las estrellas. El mito afirma que de la laguna de Iguaque emergieron Bachué y su hijo, quienes tomados de la mano bajaron a Iguaque, donde vivieron hasta que éste alcanzó la edad adulta. Se casaron y tuvieron una prolífica descendencia, que les permitió poblar toda la tierra, después de lo cual volvieron a la laguna en la que, convertidos en culebras, se sumergieron y desaparecieron para siempre.
En Hunza, al norte del territorio Muisca, dice la tradición que en la tierra sólo existían dos caciques: los de Sogamoso y Ramiriquí, quienes con arcilla modelaron a los hombres “y a las mujeres de una yerba alta de caña hueca. En seguida, como todo estaba todavía en tinieblas, el cacique de Sogamoso le mandó al de Ramiriquí, que era su sobrino, que se subiera al cielo y hecho Sol empezara a alumbrar al mundo. Así lo hizo, pero como la noche seguía siendo oscura entonces el mismo cacique de Sogamoso se subió al cielo y se convirtió en la Luna que iluminó la noche. Al parecer los dos caciques se convirtieron definitivamente en el Sol y la Luna” (Schrader, 1992:79).
Lo cierto es que los Muiscas adoraban al sol (Zué), al que le tributaban oro, y a la luna (Chía). La tierra era cargada sobre los hombros de Chibchacún, dios de la fuerza y los terremotos; estos últimos se producían cada vez que Chibchacún se cansaba y cambiaba de hombro el planeta. Es importante resaltar que el prefijo del nombre es precisamente Chibcha, adoptado para designar el grupo lingüístico de los Muiscas.
En cierta ocasión (ver similitud con el diluvio bíblico), y aparentemente motivada por un disgusto de Bachué, la Sabana de Bogotá fue inundada, por lo que se perdieron los cultivos y los semovientes se ahogaron. Procedente del oriente llegó un hombre blanco, de luengas barbas, quien se constituyó en un salvador para el pueblo, en la medida en que con una vara rompió la roca en el sector del Tequendama, creando el Salto del Tequendama, por lo que las aguas pudieron caer y cesó la inundación. Se trataba de Bochica, quien además les brindó a los Muiscas muchos de los conocimientos sobre agricultura, el arte de tejer algodón y los principios de la espiritualidad. Bochica estaba ataviado con una túnica, iba descalso y con el cabello recogido con una cinta. Algunos estudiosos señalan que podría tratarse de un anciano monje europeo llegado en una expedición extraviada unos 800 años antes del viaje de Colón y quien habría seguido la ruta que a principios del siglo xvi tomaron Jiménez de Quesada y sus soldados, para llegar a la Sabana por Sogamoso. Y fue precisamente allí a donde se dirigió Bochica después de drenar las aguas de la Sabana, antes de desaparecer. El sumo sacerdote del Templo del Sol, en Sogamoso, se consideraba heredero de los preceptos de Bochica, quien podría ser el mismo Nemqueteba o Chimizapagua, que quiere decir enviado del dios Chiminigagua. No se sabe si se trataba de Zaques luego deificados o de dioses que vinieron a la tierra, lo cierto es que la mitología dice que se llamaban Idacanza y Garanchacha o Goranchacha, del último de los cuales (ver nueva similitud con la Biblica cristiana) se decía “que era hijo del sol porque había nacido de una doncella virgen, que era la hija del cacique de Guachetá, que como lo habían profetizado quedaría embarazada de los rayos del sol (...) concibió una esmeralda o Guataca (Hua = sagrada. Taca = esmeralda), que ella incubó entre sus senos hasta que en una semana se convirtió en una criatura que fue criada en Guachetá” (Schrader, 1992:85). En honor de su padre, Garanchacha mandó construir el templo del sol, que quemarían los españoles a su llegada.
La figura de Bochica fue uno de los factores que facilitó la conquista española, pues eran también hombres blancos, de barba, que tenían conocimientos en algunos campos inferiores pero en otros superiores a los de los nativos. El otro factor fueron las similitudes señaladas entre la mitología Muisca y la religión cristiana.

- Lugares sagrados
Con respecto a la geografía mítica de los Muisca, “el centro ceremonial del territorio del Zipa era Chía, población sabanera donde se levantaba el Templo de la Luna; el centro ceremonial del Zaque era Sogamoso, donde estaba el Templo del Sol. Ahora bien: esta distribución plantea ciertos problemas de carácter astronómico, cosmológico y socio-económico (...) La astronomía, la meterología y la formulación de un calendario llegaron a ser fundamentales para la agricultura, y esta preocupación se expresa claramente en la naturaleza de los dos centros ceremoniales. Parece que la función principal de los sacerdotes de los Muisca haya sido la observación astronómica, y varios monumentos arqueológicos, generalmente en forma de toscas columnas de piedra, se relacionan con estos fines. Los llamados ‘Cojines del Diablo’, dos grandes discos tallados en la roca, en un alto dentro del perímetro urbano de Tunja, son probablemente un punto de observación solar. En el sitio de Saquenzipa, pequeño pero muy importante centro ceremonial de los Muisca, cerca de Villa de Leyva, se ven unas 25 grandes columnas cilíndricas alineadas en dirección este-oeste y, visto desde este lugar, el día del solsticio de verano se ve salir el sol exactamente sobre la Laguna de Iguaque, de donde, según el mito, emergió la diosa Bachué, la madre primigenia de los Muisca. Alineaciones de piedra, grupos de columnas y otros restos de construcciones líticas que no parecen haber sido de uso doméstico sino ritual, se encuentran en varias zonas del territorio Muisca. En efecto, la orientación suroeste-noreste del territorio ocupado por los Muisca, parece haber formado la base de su cosmogonía y cosmología. Tal como los Kogi y muchos otros indios de los Andes, los Muisca consideraban a las lagunas como lugares especialmente sagrados. Las lagunas de Guatavita, Siecha, Tota, Fóquene y, desde luego, Iguaque, figuraban predominantemente en sus mitos, y en los alrededores de todas ellas se han encontrado ofrendas de oro, cerámica y aun figuras de madera” (Reichel-Dolmatoff, 1978:99).
En la que es considerada la primera obra de la literatura colombiana, El Carnero, Juan Rodríguez Freile las describe así estos sitios sagrados para los Muiscas, pero que para los españoles y criollos no representaba más que la posibilidad de encontrar tesoros: “el primero era la laguna grande de Guatavita, a donde coronaban y elegían sus reyes, habiendo hecho primero aquel ayuno de los seis años, con las abstinencias referidas, y éste era el mayor y de más adoración, y a donde habiendo llegado a él se hacían mayores borracheras, ritos y ceremonias; el segundo altar era la laguna de Guasca, que hoy llamamos Martos, porque intentó sacarle el santuario, y tesoro grande que decía tenía; codicia con que le hicieron gastar hartos dineros; y no fue él solo el porfiado, que otros compañeros tuvo después; el tercer altar era la laguna de Siecha, que fue la que tocó a Bogotá comenzar de ella el correr la tierra, y a donde mandó que en sus laderas quedase el escuadrón reforzado para la defensa de su persona, y a donde se recogió la noche de la matanza de la gente de Guatavita; el cuarto altar y puesto de devoción era la laguna Teusacá, que también tiene gran tesoro, según fama, porque se decía tenía dos caimanes de oro, amén de otras joyas y santillos, y hubo muchos golosos que le dieron tiento, pero es hondable y de muchas peñas. (...) El quinto puesto y altar de devoción era la laguna de Ubaque, que hoy llaman la de Carriega, que según fama le costó la vida el querer sacar el oro que dicen tiene, y el día de hoy tiene opositores. Gran golosina es el oro y la plata, pues niños y viejos andan tras ella y no se ven hartos. Desde la laguna de Guatavita, que era la primera y primer santuario y altar de adoración, hasta esta de Ubaque, eran los bienes comunes, y la mayor prevención que hubiese mucha chicha que beber para las borracheras que se hacían de noche” (Rodríguez Freyle, 1626:41-42).
La más famosa recordada ceremonia al sol es la de Guatavita, donde se conjugaban el culto al sol y al agua que, como ya dijimos, fue el origen y el destino de Bachué. En el Museo del Oro, en Bogotá, existe una balsa que representa dicha ceremonia, que dio origen a la leyenda de El Dorado, tras la cual muchos españoles emprendieron travesías en busca de los innumerables tesoros. Cuenta la tradición que el Cacique de Guatavita, desnudo, era recubierto con trementina sobre la que se adhería polvo de oro y, acompañado de sus Jeques, abordaba una balsa hasta el centro de la laguna circular, aparentemente el cráter de un volcán inactivo. Tras reflejar en su cuerpo los rayos del sol, el Cacique se sumergía en las heladas aguas, para regresar a la orilla donde se celebraba una fiesta en la que se quemaba incienso y consumía chicha.
Y así como adoraban al sol, también rendían culto los Muiscas a la luna, a la que le erigieron también varios templos, uno de ellos ubicado en Chía. Había también en cada uno de los cuatro centros políticos superiores Muiscas, como veremos más adelante. Chía era una diosa lujuriosa. Medían el tiempo con lunaciones e incluso antes de iniciar una guerra debían hacerle la declaratoria a su enemigo con 20 lunaciones de anticipación.
Los más famosos templos al sol eran los de Sogamoso, Hunza, laguna de Fúquene, Guatavita, Muequetá, Mongua, Monguí y Ubaque, el más importante de los cuales era el de Sogamoso, reducido a cenizas en 1537 por los españoles cuando dos soldados, de forma accidental, dejaron prendida una tea mientras buscaban el oro que había sido escondido por los Muiscas en prevención del saqueo. A dicho templo se hacían peregrinaciones para presenciar cada cinco años el sacrificio de los Chaquen o Moha, adolescentes de 15 años de edad que, llevados desde los llanos orientales, desde un lustro antes eran preparados para la ceremonia. “Pero este genero de sacrificio no era comun, sino muy particular, respecto de que los Caziques solamente, y personas semejantes podian costearlo; porque a estos mancebos (que llamaban Mojas) en teniendo hasta diez años los sacaban de dicho Templo algunos mercaderes de su nacion, y los llevaban de Provincia en Provincia para venderlos en subidissimos precios a los hombres mas poderosos: los quales en aviendo al Moja a las manos lo depositaban en algun Santuario, hasta que llegasse a los quinze, ó deiz y seis años, en cuya edad lo sacaban a sacrificar, abriendolo viuo, y sacándole el corazon, y las entrañas, mientras le cantaban sus musicos ciertos hymnos, que tenian compuestos para aquella barbara funcion. Pero si acaso el Moja (al tiempo que estaba encerrado) se hubiesse mezclado có alguna muger de las que havia dedicadas al servicio de dicho Santuario, ó có qualquiera otra de las de afuera, y lo referido llegaba a noticia de los Sacerdotes; el Moja quedaba incapaz de ser sacrificado, no teniendo su sangre por acepta al Sol, como sangre pecadora, y no inocente, y lanzabanlo luego del Templo como a infame, pero al fin quedaba libre de muerte por entonces” (Fernández de Piedrahita, 1688:22).
No se sabe si la dificultad para los desplazamientos o los enfrentamientos entre el Zipa y el Zaque hicieron que los distintos caciques empezaran a realizar sus propios sacrificios en cada capitanía, oficiados, obviamente, por los respectivos jeques, quienes además de los Chaquen sacrificaban también a los prisioneros de guerra..
Los sacerdotes Muiscas, llamados Jeques, “se formaban durante largos años de reclusión en un templo, donde los aprendices debían ayunar y llevar una vida dedicada sólo al estudio de la religión y de sus prácticas esotéricas. Los templos, construcciones circulares de techo cónico cubierto de paja, estaban dedicados a los astros, pero además había otros lugares de culto, tales como cavernas o ciertas cumbres de los cerros (...) En los templos y demás lugares de culto, se guardaban figuras de oro, cobre, esmeraldas e incienso” (Reichel-Dolmatoff, 1978:101-102). Los Jeques “Vivían con notable recogimiento, y eran tan abstinentes, que quando comian, era muy poco, y ligero. Hablaban pocas palabras, y dormian menos, porque lo mas de la noche gastaban en mascar Hayo, que es la yerba, que en el Perú llaman Coca, y son ciertas hojas como las de Zumaque, y de la misma suerte las labranzas en las que crian” (Fernández de Piedrahita, 1688:21).
Cuando iban a una batalla, los Muiscas llevaban como estandarte los cadáveres momificados de antiguos y valerosos guerreros, con la idea de que les transmitían el valor para vencer al enemigo. En caso de perder la batalla, realizaban un ritual en el que pedían explicación a los dioses, según cuenta el cronista Lucas Fernández de Piedrahita: “las reliquias del Exercito desbaratado se congregaban otros veinte dias arreo en el mismo campo a llorar su perdicion, y ruina, lamentando de dia, y de noche su desgracia con tonos, y cantos muy tristes en que dezian al Sol, que la malicia de sus pecados avia sido tan grande, que ocasionó su desdicha con aver tenido en su favor la razon, y la justicia: y llevando alli todas lar armas con que avian peleado, lloraban amargamente su pérdida, y con aquel su tono lastimoso, tomando las lanzas en sus manos, dezian: Como permitiste, Bochica, que estas invencibles lanzas fuessen atropelladas de nuestros enemigos? y de aquella suerte repetian los mismo con las macanas, y con todos los demás generos de armas, que avian llevado a la guerra, mezclando con las vozes vn genero de bayle, que con causaba menos tristeza, que su llanto” (Fernández de Piedrahita, 1688:23).

- Ritos y leyendas
Los siguientes son algunos de los más importantes ritos y ceremonias realizados por los Muiscas, incluso varias décadas después de la conquista española:

. Destete
Considerado como un rito de paso en la medida en que era el paso de un estado vital a otro, el destete era el primero de los ritos a los que sometían los Muiscas a los niños. Obviamente que influenciado por su concepción cristiana y española, Fray Pedro Simón narra así el rito:
“Usaban de esta superstición para conocer si los niños habían de ser venturosos o desgraciados, que cuando los destetaban hacían un rodillo pequeño de esparto con un poco de algodón en medio, mojado con leche de la madre, y yendo con él seis mozos buenos nadadores lo echaban en un río y tras él los mozos nadando y si el rodillo se volvía entre el oleaje del agua antes que lo alcanzasen a tomar, decían había de ser desgraciado el niño por quien se hacía aquello, pero si lo recogían sin transtornarse, juzgaban había de tener mucha ventura, y así contentos se volvían a casa de los padres y diciendo lo que les había pasado se hacían fiestas según el suceso; llegaba luego cada uno de los mozos y otros que tenían convidados y quitaban con unos cuchillos de caña o piedra al niño que estaba sentado en una manta, un mechón de cabellos hasta que lo dejaban sin ninguno, estos echaban después en el río, donde lavaban al niño que era cierto modo de bautismo, ofrecían al niño algunos dones después de estar bien remojados en chicha, con que se concluía la fiesta” (Citado por Llanos, Campuzano, 1994:28-29). La interpretación del fraile en el sentido de que se trataba de una especie de bautizo, expresaba ese paso de una nueva vida, al tiempo que una confirmación de que esa vida pertenece a los dioses, específicamente en el corte del cabello, que no podía ser mojado porque se convertiría en serpiente, como le sucedió a la diosa Bachué. La chicha, por su parte, indicaba su aceptación por parte del grupo social (Llanos, Campuzano, 1994:29).

. Iniciación
Fray Pedro Simón cuenta también la forma como se realizaba el rito de la Iniciación, paso de los jóvenes a la edad adulta. Se realizaba por los meses de marzo y junio, así:
“A los primeros del mes quemaban toda la basura de casa y aquella ceniza y la demás que había sacaban al campo; hacían que los muchachos se lavasen, enviándolos a esto azotados con su mochila de red y a pocos días había de traer el muchacho algo de presente a quien lo azotó; gastaban en esto los que había hasta cerca de los postreros del mes y entonces salían los mancebos engalanados con levantados penachos de plumería y corrían todos los cerros, dándole el cacique al más ligero una o dos mantas; concluíase la fiesta con los brebajes que solían, lo cual hacían porque no hubierse hambres” (Citado por Llanos, Campuzano, 1994:30).
Para las mujeres, el rito de la primera mestruación se celebraba de la siguiente manera:
“Cuando a la doncella le venía su mes la primera vez, la hacían estar sentada seis días en un rincón, tapada con una manta cabeza y rostro, después de los cuales se juntaban algunos indios que llamaban para esto, y puestos en dos hileras como en procesión, llevándola en medio, iban hasta un dío donde se lavaba y después le ponían el nombre Diepape que es lo mismo que nosotros llamamos doña Fulana y volviéndola con esto a casa, hacían fiestas que solían de chicha” (Citado por Llanos, Campuzano, 1994:30).

. Matrimonio
Celebraban los Muiscas distintos tipos de ceremonias para los matrimonios, dependiendo de la región y de la posición social de los contrayentes. Recurro a la descripción de Fernández de Piedrahita en su Historia General de las Conquistas del Nuevo Reyno de Granada:
“No tenían los Mozcas ceremonia alguna en su celebración, si no era quando casaban con la primera muger, porque entonces se hazian por manos de Sacerdotes, los quales ponían en su preferencia a los contrayentes (teniendolos recíprocamente el vno al otro echado el brazo sobre los ombros) y preguntavanle a la muger: si avia de querer mas al Bochica, que a su marido? Y respondiendo, que si, bolviale a preguntar: si avia de querer mas a su marido, que a los hijos, que tuviere del? y respondiendo, que si, proseguia el Sacerdote: si tendría mas amor a sus hijos que a si misma? y diciendo tambien, que si, preguntabale mas: si estando muerto de hambre su marido, ella no comeria? y respondiendo, que no, le preguntaba finalmente: si daba su palabra de no ir a la cama de su marido, sin que el la llamare primero? y hecha la promesa de que no iria, bolvia el Sacerdote al marido, y deziale: si queria por muger a aquella, que tenia abrazada? que lo dixere claramente, y a vozes, de fuerte, que todos lo entendieren; y él entonces levantaba el grito, y dezia tres, ó quatro vezes, si quiero, si quiero, con lo cual quedaba celebrado el matrimonio, y después podia casarse sin la tal ceremonia, con quantas mugeres pudiere sustentar” (Fernández de Piedrahita, 1688:23). Aunque existía sumisión femenina, podían las esposas castigar a los maridos incluso siendo Caciques, según cuenta el mismo cronista: “los delitos de los Caziques (dexada aparte la potestad, que para ello tenia su Rey) los podian castigar tambien sus mugeres de los mismos Caziques delincuentes, porque dezian los Mozcas, que aquellos eran hombres como ellos, y que pues los varallos por ser los Caziques sus señores, no los podian castigar, era justo, que para las culpas no quedaren sin pena, se la dieren sus mugeres; lo qual ellas hazian famosamente en las ocasiones, que les venía a las manos de ser Juezes de los pobres maridos. Pero no podia parar esta pena de azotes, aunque el delito fuere digno de muerte; y en comprobación dello, estando (después de conquistado el Reyno) el Adelantado Quesada reitado en el pueblo de Suesca, sucedió ir a visitar al Cazique vn dia por la mañana, y hallóle, que le estaban atando sus mugeres, que eran nueve, y que aviendole atado le fueron dando vna gran summa de azotes, sin que bastaren los ruegos del Adelantado, para que se templare la pena de la ley, ni dexare cada qual por su orden de tomar el azote, que la otra dexaba, para despicar su enojo; y oía la causa fue, que la noche antes llegaron a hospedarse a la casa unos Españoles, que iban de Velez a Santa Fe, y brindando en la cena al dicho Cazique con vino de Castilla, fue tal, que se embriagó con muy poco; pero con tales demostraciones, que reconocidas sus mugeres, lo llevaron por fuerca a la cama donde durmiere el vino, hasta que por la mañana sintiere el castigo de su embriaguez” (Fernández de Piedrahita, 1688:23).

. Procesiones
Dejemos que sea el mismo cronista quien cuente la forma como se realizaban las procesiones, en época de siembra o cosecha:
“Formaban estas en ciertas carreras anchas (de que trataremos despues) y menos de media legua de longitud. Las personas, que salian en ellas (sin que entre en cuenta la innumerable multitud de gente, que ocurria a verlas) serian de diez a doze mil, que la noche antes se lavaban los cuerpos, para ir el dia siguiente mas decentemente adornadas debaxo de aquella falsa especie de Religión. Dividianse en quadrillas, y parcialidades con diferentes trages, y disfrazes, arreados de paternas deoro, y otras diferentes joyas de que abundaban, aunque todas covenian en llevar pintados los cuerpos de vija, y jagua. Vnos iban representando Osos, otros en figura de Leones, y otros de Tigres (esto es cubiertos con sus pieles de suerte que lo parecieren) y a este modo có otras muchas representaciones de animales diversos Iban los Sacerdotes con Coronas de oro en forma de Mitras, a quienes seguia vna prolongada quadrilla de hombres pintados, sin disfraz, ni joya alguna sobre si; y estos llorando, y pidiendo al Bochica, y al Sol, mantuviesen el estado de su Rey, ó Cazique, y le otorgaren la suplica, y ruego a que avia dispuesto aquella procesión, para lo qual lleuaban puestas mascaras con lagrimas retratadas tan al viuo, que eran de ver. Y era lo mas gracioso de todo, que luego inmediatamente estrava otra caterva, dando los vnos grandes risadas, y faltando de alegria, y diziendo los otros, que ya el Sol les habia concedido lo que los delanteros le iban pidiendo con lagrimas: de suerte, que de las risadas, lloros, y gritos se componia vna barahunda tal, qual se dexa entender, y mas viendo, que en pos de aquella alegria descompasada iban otros có mascaradas de oro disfrazados, y con las mantas arrastrando por el suelo en forma de cauda, que al parecer debian de hazerlo con el fin de barrer la carrera, para que otros dancasen; pues les iba casi pisando las mantas otra muchedumbre dellos ricamente adornados, bailando, y cantando al compás triste, y flematico de sus maracas, y flautas, y tras ellos otros, y luego otros, y tantos con diferentes invenciones, que no es facil reducir a la pluma la diferencia de sus quadrillas, y galas, mas proprias de pandorgas dispuestas para ociosidad, que de procesiones dedicadas a la Religión.
“El vltimo lugar lleuaba el Rey, ó Cazique con el mas costoso adorno y majestad, que le era posible; y aunque era crecidissimo el numero de gentes, que le seguian, y la diferencia de los trages en que iban, denotaba ser parcialidades distintas, y compartes de las primeras, que formaban la procesión; no lo eran, sino criados, y ministros de la Casa Real, que se diferenciaban segun la calidad de las gerarquias en que servian: y loq que no parecera creible destas procesiones (siendo verdad cierta) era la gran cantidad de oro, que iba en ellas en tan distintas joyas, como eran, Mascaras, Mitras, Patenas, medias Lunas, Brazaletes, Ajorcas, y figuras de varias sabandijas, por cuya razon no expreso el valor dellas según lo que he oído afirmar a muchos, baste haberse, que ya los han desposseido de todo, y que por muy de mañana, que se diere principio a esta fiesta, no se hazia poco en bolver a la noche con la procession a Palacio; donde lo que se gastaba de su vino, ó chicha, aun con la pretension de ajustarlo por poco mas, ó menos, le parece al mismo Quesada (que lo vió, y refiere) ser muy dificultoso sin aventurar el credito. Estas processiones se continuaron por muchos años despues de conquistado el Reyno, y ninguna ceremonia se desarraigo de sus naturales con tanta dificultad com ella, pues me consta, que por los años de mil quinientos y treinta, ó sesenta y vno, ocurrió el Cazique de Ubáque a la Real Audiencia de Santa Fé a sacar permiso para hazer vna en su pueblo, representando, que pues a los Españoles les eran permitidas fiestas de Toros, y Cañas, Mascaras, y Carnestolendas (que fuera mas bien parecido no huvieren visto entre los Chistianos semejantes costumbres de la gentilidad) no seria razon, que a ellos les prohibieren los pasatiépos, y placeres, que avian vsado para desahogarse de cuydados, y aliviar la plebe del trabajo en que se ocupaba, fin darle tiempo a que en la ociosidad maquinare, como en los cantos, y bayles no hubiere cosa, que oliere a idolatria pasada; lo qual podria reconocerle por los interpretes de su idioma, y otras personas, que de orden de dicha Real Audiencia le asistiesen” (Fernández de Piedrahita, 1688:24-25).
A fines del siglo xix se realizaban procesiones, como la que narra la Comunera Catalina Vargas Villalobos, en versión tomada por su prima, Magdalena Vargas: “Celebraban la fiesta de San Juan. Venía su gente y traían desde Tabio en una gran romería, hacían estaciones y en cada una se comía mucho, se bailaba, me acuerdo que decían que en Fonquetá hacían una estación donde el señor bisabuelo de la señora de don Simón Garavito. Este señor tenía mucha tierra y cultivaba mucho y eso había comida, bebida y de todo. (Versión de Catalina Vargas Villalobos, tomada por Magdalena Vargas Cantor).
Hasta mediados del siglo xx se realizaban procesiones, como la del 16 de diciembre, cuando empieza la Novena de Aguinaldos. En diciembre de 1999 se hizo una en Chía, que partió del sitio donde antes era el Zanjón, siguió por el anillo veredal hacia el sur abarcando toda Cerca de Piedra, hasta Los Lavaderos, y regresó al norte hasta el Salón Comunal, donde se rezó la Novena con asistencia del párroco, padre Lelis Martínez. Después se tomó chicha.
Cada año, el 3 de mayo, se realizan procesiones al Cerro de la Cruz, en las que participan la comunidad indígena y del municipio. En el acápite de ese sitio, haré mención de la forma como éstas se realizan.

. Entierros
Los Muiscas creían en la transmigración de las almas, por lo que enterraban a sus muertos con sus riquezas, armas y vasijas con alimentos y chicha, y en algunos casos con integrantes de su familia y sirvientes, a los que se les daban a beber infusiones de borrachero o cacao sabanero. Existían diferentes formas de entierro, dependiendo de la categoría social: “a los individuos de la más alta categoría se los momificaba o disecaba y luego se envolvían en mantas finas, para depositar sus cadáveres en cuevas. Otra forma de entierro consistía en tumbas formadas por lajas de piedra y, en todos los casos, la calidad del ajuar funerario deja reconocer los diversos estratos sociales. En algunas pocas ocasiones se han hallado entierros en urnas” (Reichel-Dolmatoff, 1978:102).
A la muerte de un Cacique seguían seis días de duelo durante los cuales se bebía chicha y se contaban las historias y hazañas, al tiempo que se entonaban cantos lúgubres. Los Jeques extraían las entrañas de los cadáveres que luego embalsamaban y envolvían en las más lujosas mantas de algodón, antes de depositarlos en tinajas de barro. Han sido encontradas momias en Gachancipá, Iguaque, Moniquirá, Pisba, Simijaca, Socotá, Sogamoso, Suesca, Tunja, Ubaté y Villa de Leiva. En Chía no hay testimonio de momias, aunque los guaqueros sí han hecho excavaciones antitécnicas en busca de tesoros. Después de los entierros, los deudos buscaban la orientación de los Jeques, que los sometían a un proceso de limpieza espiritual y física.
Los entierros de Caciques “y principales eran diferentes de acuerdo con el lugar donde se enterraran, el ataúd que se les construía, y los elementos que llevaban a la nueva vida. Se enterraban debajo de la tierra generalmente en los cerros, en cuevas hechas en los bosques, debajo del agua de lagunas o ríos, o en bohíos dispuestos para tal fin. Los ataúdes podían ser de oro o como dice (Fray Pedro) Simón troncos de palma forrados de gruesas planchas de oro, o de madera únicamente; en forma de bóvedas, levantados del piso o enterrados en la tierra. Los cuerpos eran embalsamados, otros cubiertos de oro y otros envueltos en mantas. Algunos se enterraban sin ataúd envueltos en una manta y encima sembraban un árbol” (Llano, Restrepo, 1994:34).
No sólo creían en la transmigración de las almas, sino en la influencia que los muertos ejercían sobre los vivos, como cuando llevaban las momias de los antiguos guerreros a las batallas, para recibir su valor y energía. En la actualidad persisten creencias sobre esta influencia, como la que narra la Comunera Leonor Vargas de Díaz: “alguna mamá que esté encinta y estén velando un muerto, es imposible. Eso en ninguna cabeza cabe, que una mujer embarazada entre en un velorio, es que ahí sí ni la luna ni el rey pepinito, eso es cosa de la madre. Eso trae como consecuencias el frío del muerto, porque uno se arrima, porque está ahí. El bebé se seca, se llama el Seco de Difunto. El niño nace, pero por ahí al mes empieza el puro huesito, una soltura, mejor dicho: para morirse. Entonces tienen que bañarlo con sangre de toro negro y si no le hace, se vuelve al matadero y cuando saquen la asadura del toro, se envuelve el niño y se envuelve en una sábana y se pone en una parte bien calientica, pongámosle en piedras del fogón, tres piedras, se le ponen para que coja el calor, el niño suda y ahí saca el muerto” (Entrevista a Leonor Vargas de Díaz).


. Fiesta del Huan
Una de las fiestas que rememora el paso de un estado a otro es la Fiesta del Huan, que se realizaba en diciembre en Sogamoso, conmemorando la aparición del sol y la luna que, según se dijo antes, en esa Capitanía se consideraba que habían sido dos Caciques los que se habían convertido en la estrella y el satélite que en el día y en la noche alumbran la tierra. Eran doce o trece hombres que representaban las lunaciones, acompañados de otro disfrazado de ave negra.

. Reconocimientos
La consagración de un Jeque y la coronación de un Cacique –Zipa o Zaque– se realizaban previas ceremonias. En el primero de los casos, y después de haber permanecido en una especie de seminario llamado Cuca, al Jeque “le horadaban las narices y orejas en que les ponían los zarcillos y caracuríes de oro donde iba con el mismo o con más acompañamiento a la casa del cacique el cual le daba la vestidura de sacerdocio, concediéndole y dándole su mano para que trajera el poporo y mochila del hayo y algunas mantas finas y pintadas, y licencia para ejercer el oficio en toda su tierra, porque en cada una los había particulares. Ya con esto quedaba del todo graduado en su oficio, por cuya solemnidad hacía grandes fiestas, de mucha bebida y bailes, ofreciendo sacrificios para que se ejercitara en el oficio” (Fray Pedro Simón, Citado por Llano, Restrepo, 1994:36).
También Simón narra la forma como era investido el Cacique: “se hacía esta fiesta más crecida cuando le daban la investidura del cacicazgo y lo metían en posesión cuando faltaba el antecesor por muerte. Porque ésta duraba diez y seis días con grandes bailes y embriagueces, después de haberle concedido el Bogotá que entrase en posesión de su estado. El último día le entregaba al cacique la corona y joyas que debía lucir además de las mantas finas y un bordón de guayacán bien labrado. Daban remate a la fiesta partiendo de carrera todos hasta la primera quebrada que estaba más cerca de donde se celebraba y arrojándolas a las agua, se quedaban allí en alabanzas a sus dioses” (Fray Pedro Simón, Citado por Llano, Restrepo, 1994:39-40).
Las creencias religiosas de los Muiscas fueron tomadas como pretexto por los españoles para someterlos a trabajos forzados, luego de la Colonia, en el siglo xvi y posteriores. Germán Colmenares recoge uno de los casos de la persecución española a indígenas “que conservaban santuarios subrepticiamente. En 1577 se emprendió una verdadera cruzada para localizar entierros y santuarios ricos en ofrendas votivas de oro, encabezada por el arzobispo Zapata de Cárdenas y los oidores Auncibay y Cortés de Mesa. Algunos indígenas de la región de Tunja y Santa Fe fueron acusados por sus encomenderos de practicar la hechicería o de intentos de envenenamiento y encarcelados sin fórmula de juicio” (Colmenares, 1978:290).
La mitología de los Muiscas, “condenada y proscrita, irreal y fantástica, palpita en el subconsciente del mestizo como leyenda reflejada por el tiempo en su mente” (Velandia, 1978:34). “Mientras su alma era aprisionada en el tabernáculo de la nueva religión, portadora de humanismo, civilización y cultura, la inteligencia del indio y del mestizo era educada en el culto a las mitologías griega y romana, hispana y europea en general, a cuyos símbolos o mitos consagramos Olimpos y templos en los que ofician de porteros los dioses aborígenes. Por eso Minerva preside los portales de los palacios de la cultura colombiana en reemplazo de Bochica o Chiminigagua” (Velandia, 1978:40).

- Deidades
Los dioses chibchas “están más allá de la historia, mas de su presencia no puede prescindirse, pues contiene su fuerza anímica y de ello quedan numerosos vestigios: tunjos, estatuas, adoratorios; las mismas lagunas son testimonio inefable e indescifrable de su mitología. Los Cronistas de la Conquista, que hubieran podido recoger aquel acervo, fueron mezquinos al hacer su recopilación, bien porque el sectarismo religioso e intransigencia del hispano los hacía irreconciliables e intolerantes con la idolatría o religión nativa, o porque a ésta no le dieron importancia ni la comprendieron como valor cultural” (Velandia, 1978:34).
Por considerar que las presentes y futuras generaciones tienen al menos el derecho de conocer su pasado cultural, mitológico e histórico, reseñamos a continuación algunas de las divinidades Chibchas:
Bachué: La madre de los hombres. Origen del género humano, madre de los Chibchas. También llamada Fuzachogua o Furachoque.
Bochica: “Divinidad oficial. Dios de los caciques. Personificación del bien. Supremo monarca de los dioses y padre de los Chibchas. Mensajero o enviado del dios Chiminigagua. Instituyó el culto al sol. Legislador, moralista, fundador de la religión chibcha (...). Se le daban los nombres de Xué o Zuhé, Nemqueteba o Nemquetereba, Sadigua y Chimizapagua” (Velandia, 1978:37).
Chaquén: Dios de los linderos de las parcelas o sementeras y de las carreras religiosas “a los adoratorios en honor al agua, que se hacían a las lagunas altas como las de Siecha, Ubaque y guatavita. Estas justas las llamaban ‘correr la tierra’” (Velandia, 1978:37).
Chía: Luna. Ver Chíe.
Chíe: Diosa de la noche. Personificación del demonio por haber predicado una vida licenciosa, borracheras y danzas. Mujer de gran belleza que simboliza el principio que engendra las pasiones humanas. En castigo por haber enseñado malas costumbres a su pueblo, Bochica la convirtió en lechuza, según leyendas de unas tribus, en tanto que en otras lo fue en la luna, o la mujer del sol, para que saliese y alumbrase de noche. Hay fábulas en las que se llama esposa de Bochica y otras en que la confunden con Bachué. Se le daban los nombres de Chía, Huitaca o Güitaca, Guaia, Jubecaiguaia, Jubshasguaya.
Chibchacún: Dios que sostenía la tierra sobre sus hombros, dios de la fuerza y los terremotos, de los orfebres y labradores. “Este nombre se compone de Chibu-cha-con, que significa mirad al varón dios de la fuerza, o también de Chim-cha-con, que a su turno expresa fuerza del dios hombre (Velandia, 1979:30)
Chiminigagua: Demiurgo de la creación. Hay una relación teológica con el Mesías de los cristianos pues, como explica Roberto Velancia, “esta palabra quiere decir en su idioma hijo de Dios, según Acosta Ortegón, de donde, teniendo en cuenta que gagua significa hijo se deduce que su nombre debía ser Chimini, ‘el cual sí puede ser el personaje mitológico más importante de los Chibchas’. De Chimini deriva Chimizapagua, que quiere decir enviado de Dios. También lo llamaban Remichinchigagua”. (Velandia, 1978:36).}
Chimizapagua: Ver Bochica.
Fo: Zorra. Forma como se presentaba en algunas ocasiones el dios Nemcatacoa.
Fomagata: Fuego o masa fundida que hierve. Dios del mal. Llamado también Guahaioque o Tomagata.
Goranchacha: Mesías que esperaban los Muiscas que viniera a la tierra.
Choque-Ira (Choquequirá): Dios del río.
Guahaioque: Dios del mal. Demonio, signo de la muerte. Llamado también Tomagata o Fomagata.
Guaia: Ver Chíe.
Güitaca: Ver Chíe.
Huitaca: Ver Chíe.
Iguaque: Laguna de donde Bachué y su hijo emergieron para crear el género humano.
Jubecaiguaia: Ver Chíe.
Jubshasguaya: Ver Chíe.
Nemcatacoa: Deidad tutelar, dios de los artesanos, los tejedores y pintores de mantas, y de la embriaguez. “A veces aparecía en forma de oso negro y ayudaba en las construcciones arrastrando madera, pero otras veces aparecía en la forma de un zorro que llamaban Fo. Siempre acababa bailando, cantando y tomando chicha hasta hartarse” (Schrader, 1992:83).
Nemqueteba: Bochica.
Nemquetereba: Bochica.
Ra-Ira (Ráquira): Diosa lechuza.
Sadigua: Nuestro pariente y padre. Bochica.
Suamox: Hombre que se hace invisible.
Suativa: Demonio, diablo. Capitán del sol.
Sugunsua: Hombre que desaparece. Esposo de Bachué.
Ta-Ira (Taquirá): Dios de la planicie.
Tiba-Ira (Tibaquirá): Dios de las montañas.
Tomagata: Fuego o masa fundida que hierve. Dios del mal. Llamado también Guahaioque o Fomagata.
Xué: Sol.
Zeta-Ira (Zetaquirá): Diosa serpiente.
Zipa-Irá (Zipaquirá): Dios de la sal.
• Sitios históricos y sagrados

– El hacha lítica
En la vereda de Cerca de Piedra, cinco kilómetros al sur del perímetro urbano de Chía, tomando la vía que conduce a Cota, hay varias fincas en las cuales se tejen leyendas sobre guacas en las que habría entierros de indígenas Muisca o incluso de los antepasados de éstos. Es el caso de un hacha de piedra que fue encontrada en la finca de unos comuneros que, al hacer los cimientos de su vivienda, encontraron la pieza. Se trata de una piedra negra, “al parecer no es de la región, por su forma, parece piedra de río. Tiene la forma de un hacha, tiene dos golpes recientes, pero en la parte posterior, en el asa, la cogedera, otros tallados que son originales. Tiene la forma de la mano, aparentemente no se veía que tuviera mango sino (que eran para cogerla) con la misma mano. No es un tallado simétrico. Es brillante, es fría y tiene un peso que no correspondería al tamaño. Se ciñe bien a la mano. Son 12 cm. X 6 cm. y 3 ½ cm. de grosor. La punta del hacha es de unos 3 ½ y la parte de atrás, de 2 ½ cm. La punta tiene su filo, no es cortante. Es arma o instrumento de trabajo. Un arqueólogo la analizó, dijo que podía datar de 2 mil años antes de Cristo y dijo que sí era factible que en el municipio se encontraran este tipo de cosas. El era especialista en arqueología agustiniana. La piedra estaba sola. Este hallazgo, que es de 1976, lo hizo un comunero, Juan David Arriero. Esta hacha, la persona que la encontró, primero encontró el hacha, la sacó y siguió trabajando y de un momento dado cuenta que mandó la pica y se le fue. Cuando gritó, dicen que corrió la guaca. Se corrió. Y después, unos 12 años después, como en el 85, 86, se hizo un tanque y se encontraron vestigios de una cerámica con un tejido al anterior. No los tenemos, porque se botó. Creemos que aquí hay algún tipo de guaca o de entierro. No hemos encontrado huesos ni nada” (Entrevista a Luis Alberto Díaz).
Yo personalmente observé el hacha lítica, que se encuentra en buen estado. Además de las observaciones del arqueólogo, no ha sido sometida a más estudios, porque por tratarse de una piedra no es factible hacer análisis del carbono 14 y, de calcularse su edad, sería la de la piedra y no la del hacha como instrumento. Fue localizada unos 1.500 metros al occidente del Resguardo y a unos 500 metros del río Frío, en el valle de Chía, y, como dijo su poseedor, vocal del Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra, estaba sola, sin vestigios de huesos humanos o animales. La edad nos remite a los mismos grupos que habrían hecho los dibujos de la Piedra del Indio, en Fusca, y de los límites entre el Resguardo y Cota. Hipotéticamente puede afirmarse que estos grupos, antecesores de los Muiscas, poblaban la zona pero por su condición de nómadas no se asentaban, lo cual habría permitido mayores hallazgos arqueológicos. Incluso los mismos Muisca no dejaron muchos vestigios, debido a que sus construcciones eran en materiales perecederos, como veremos más adelante.

– La piedra del Indio
Hay vestigios de arte rupestre en varios municipios de la Sabana de Bogotá. En la Sabana Centro, al norte de Bogotá, se encuentran en Tocancipá, Nemocón y Chía. Las pictografías en Tocancipá están ubicadas en la vereda El Runal, hacienda El Abra, a 2.600 msn. Se trata de dibujos “en la base de dos escarpadas rocas areniscas conocidas como ‘Las Rocas de Sevilla’, las cuales forman un corredor que penetra a través de un cerro en forma de cresta, en dirección norte–sur” (Botiva, 2000:32).
Las cuatro pictografías de Nemocón, están en la finca Piedra Pintada, de la vereda Checua, entre 2.600 y 2.640 msn. La primera de ellas está “en la cima de una colina, la ladera y los terrenos adyacentes se encuentran totalmente erosionados. La segunda piedra se localiza en una pequeña cañada que presenta erosión severa. La tercera piedra se encuentra en la parte inferior de la ladera, sobre la margen izquierda de la Quebrada Seca, en un bosque de pinos y acacias. La cuarta piedra se localiza en el sitio El Barbecho en una zona relativamente plana, base de una pequeña ladera en el extremo occidental de la colina” (Botiva, 2000:34).
“En Soacha, Sibaté y Fusca (Chía) desaparecieron o están a punto de perderse para siempre por la explotación de arena, la ignorancia de la gente y la negligencia de las administraciones municipales. Además, en La Mana en Chía desapareció una de las dos únicas pinturas rupestres existentes en la Sabana de Bogotá en color negro” (Botiva, 2000:20).
La Piedra del Indio, en Chía, conocida en una época como “Piedra de los Tejidos”, está ubicada en la vereda de Fusca, en la hacienda del mismo nombre y donde se hospedara Simón Bolívar, a una altura de 2.680 msn, a 6 kilómetros del casco urbano del municipio, en la montaña oriental del valle a cuyo extremo contrario, en el occidente, se encuentra el Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra. Se presume que era sitio de paso de tribus nómadas, que aprovechaban los abrigos rocosos para, mediante empalizadas que recostaban a las piedras, construir sus viviendas transitorias. Allí dibujaban escenas de su vida cotidiana y una de las pictografías mejor conservadas, que semeja un falo, sería la representación del arbol genealógico del clan. Aunque no se tiene una fecha precisa, antropólogos han calculado su edad entre 2.000 y 3.000 años de antigüedad.
Según Álvaro Botiva Contreras, las coordenadas geográficas son 4º 47' 4.49" de latitud norte y 74º 02' 2.78" de longitud oeste, y sus coordenadas planas son 1020516.948 este y 1005193.158 norte (Botiva, 2000:39).
El mismo Botiva hace la siguiente descripción: “Las pictografías se localizan sobre la superficie vertical de una gran piedra arenisca. Los dibujos están orientados hacia el nordeste, norte y noroeste. El área de los dibujos es de 9.68 m2 (8.80 X 1.10). El estado de conservación es lamentable dado que se le han colocado grafittis y figuras en pintura de color azul. Por el hecho de encontrarse muy cerca de la planta de Fusca, las continuas explosiones de dinamita y el ruido de la maquinaria han producido desprendimientos de la roca. Por otra parte, la exposición continua de los dibujos al sol y a los cambios ambientales los vienen deteriorando lenta pero continuamente. Esta pictografía fue presentada por Wenceslao Cabrera Ortiz en 1966-69, láminas 34 y por Diego Martínez en Rupestre Nº 2, figura 14. Una parte de esta pictografía se reprodujo con el nombre de la ‘Piedra de los Tejidos’ en el mural del parque Luis Carlos Galán en Cajicá”.
Su descripción está basada en estudios de hace varios años, pero una inspección in situ demostró que dos lajaa de la piedra se desprendieron debido a las explosiones de una cantera cercana, con lo cual se perdieron algunas de las pinturas, además de que han sido hechos dibujos con pintura spray azul, y tallados con piedra. Además, en la base del abrigo rocoso hay muestras de dos excavaciones antitécnicas realizadas por guaqueros en busca de tesoros.
En visita realizada el sábado 11 de junio de 2001, las directivas del Resguardo, encabezadas por la Gobernadora, Marina Cojo de Bernal, y los vocales Magdalena Vargas y Luis Alberto Díaz, hicieron un reconocimiento de la “Piedra del Indio” y programaron un ritual simbólico para rescatar sus raíces ancestrales, ritual en el que estarán acompañados del mayor número de comuneros del Resguardo y de un líder espiritual Tairona de la Sierra Nevada de Santa Marta, elegido éste por ser hermanos chibchas. Igual ceremonia se realizará en otros sitios, como la Cueva del Mohán, la Fuente de Tíquiza, el salón comunal del Resguardo y el Monumento a la Diosa Bachué.
Se dice que la zona era un corredor de primitivos clanes nómadas y por lo tanto que habría muchos más abrigos rocosos sobre los cuales dejaron pictogramas, y varios dólmenes, según narran Luis Eduardo Fajardo y José Pachón, directivos del actual Resguardo de Fonquetá y Cerca de Piedra, pero se desconoce el lugar preciso y los indígenas de Chía prefieren guardar prudente silencio sobre estos lugares, para preservarlos de los guaqueros y otros buscadores de tesoros, que además de deteriorar estos sitios (sobre los que los descendientes Muiscas tienen especial respeto), los profanan. El comunero Luis Francisco Vargas, afirma conocer “una piedra que está dentro de la finca de una familia Tamayo, colindando con Nazareth, entre Nazareth y Fusca, pero esa piedra está hacia el lado de Fusca, entrando por una casita pequeña construida con teja de barro, está como en el centro de un lote, como en una planada, es una piedra redonda, grande. Allá no hay cantera, porque yo conozco las canteras de Fusca. Tiene unos dibujos como unos redondeles, unas cosas redonditas. Lo que sí no me recuerdo es si son dos o tres las que tiene, pero sí está en la mitad de un llano que cuando yo lo conocí tenía un cultivo de papa, de un difunto Reyes, también indígena. Y por eso digo que esa piedra no ha sido alcanzada todavía por la explotación de la cantera. Queda más al norte, más hacia La Caro. De la 7ª para arriba, así, le pongo dos cuadras, dos cuadras y media, está en el centro de un llanito que tenía el cultivo, es una planada” (Entrevista a Luis Francisco Vargas).
Otro hallazgo fue reportado el 1° de julio de 2001 por Comuneros indígenas, en el Alto del Águila, en los límites entre Cota y Chía. “Al parecer hay un pictograma en el costado sur del Pico del Águila, bajando hacia Cota, hacia el Noviciado. Lo reportaron los hijos de Hernando Villalobos (Fiscal del Resguardo), quienes estuvieron caminando el fin de semana por allí. Ellos conocían las fotos (de la Piedra del Indio en Fusca) y parece que los dibujos son muy similares” (Entrevista a Luis Alberto Díaz).
El temor de los directivos del Resguardo está en que de hacer públicos los pictogramas, sean profanados por buscadores de guacas, por lo que pedirán que se establezcan zonas especiales de protección, tanto para la Piedra del Indio en Fusca, como para la reseñada en en sector de La Caro y la reportada en el Pico del Águila.

- La Cueva del Mohán
Acerca de la mítica Cueva del Mohán se han tejido leyendas, como que “dicen que esa cueva llevaba a un túnel a desembocar en una laguna en (la vereda de) Samaria y ahí dizque iba a salir el Mohán en ese sitio. Se dice que allá era donde los indios veneraban la luna, en la laguna de Samaria” (Entrevista a Luis Francisco Vargas).
Luis Eduardo Fajardo, secretario del Resguardo, narra lo que para él es la Cueva del Mohán:
“De niño, se tenía la información que transmitía de unos a otros acerca de la Cueva del Mohán y había algunas especulaciones: se decía que la familia Duarte, familia asentada en la vereda y bastante adinerada, uno de sus miembros había entrado a la cueva y había sacado algún tejo de oro y con ese tejo había comprado la finca. Algunas otras personas hablaban de haber entrado hasta cierto término, les faltó el aire, encontraron murciélagos, arañas de no sé qué tamaño y no entraban. Personalmente tuve la oportunidad de ir, por allá por el año 58, y lo que allí observé es que la entrada de la cueva está tapada, se cayó una de las piedras que en alguna época supongo que estuvieron haciendo de tejado, una especie de dolmen y se cayó la de encima y está bloqueada la entrada. Como eso hace parte de una familia por no sé qué razón, una de las familias pudientes del municipio, primero los españoles y le siguieron... porque eso es del Resguardo Indígena, no hay ningún antecedente en el sentido de que se hubiera repartido esa tierra, los títulos no dicen en ninguna parte que eso se le entregó a alguien, de modo que si ellos tienen esos títulos fueron de una u otra forma habidos en buena condición pero absolutamente ilegal, incorrecto, no es posible que titulen un territorio que, como está claro, quedó en su debida oportunidad sin repartir para que lo disfrutaran los indígenas” (Entrevista a Luis Eduardo Fajardo).
La Cueva del Mohán son en realidad dos cuevas, “una superior a la otra, y en una de ellas hay una piedra que incluso se balancea, los muchachos cuando subían allá se ponían a balancearse allá sobre la piedra. Quién sabe si se caería, se corrió para algún lado y perdió el equilibrio, la balanza. (Entrevista a Luis Francisco Vargas).
Los indígenas del Resguardo y los campesinos de la región han mirado siempre con respeto y temor el sitio, lo cual ha permitido tejer leyendas sobre lo que sucede. “Yo estuve allá, pero como es un túnel, nunca me atreví a meterme. Se mete uno allá a la piedra, porque eso es una piedra grandísima. Lo que recuerde, porque estuve hace mucho tiempo, es redonda. Yo recuerdo la cueva que vi, al lado es donde nace el agua, que es donde están las piedras, y es donde nacía el agua para el consumo del agua del municipio. Era la Fuente de Tíquiza. De allá venía el agua por unos tubos a los tanques y de ahí de los tanques la mandaban por gravedad a todo el pueblo. Que después el doctor Francisco Urrutia fue alcalde y se hizo dueño de todo eso, que era parte del Resguardo. Lo que era Tíquiza, según cuenta, ahí eran los cementerios de los chibchas. Ahí es el cementerio, fue. Nosotros estuvimos trabajando en una época, ahí, haciendo una quinta, donde está hoy en día don Miguel Betancur, que es el administrador, hacia el lado de allá de los tanques, esa finca pertenece hasta arriba, donde está la Cueva del Mohán. Cuando estuvimos trabajando fue cuando fuimos a la Cueva” (Entrevista a Luis Francisco Montañez).
Aunque para los Muisca de antes el Mohán era el mismo Jeque o Sacerdote, para los descendientes es “básicamente un espíritu, bueno o malo, siempre se le atribuían poderes sobrenaturales. Mis padres, mis abuelos, siempre entendían el Mohán como algo sobrenatural” (Entrevista a Luis Eduardo Fajardo).
Prueba de ello es que hay quienes afirman haber visto al Mohán y existe la creencia generalizada de que quien logre capturarlo obtendrá grandes riquezas:
“Para mí, vivía el Mohán, porque sí lo vi. Una tarde de mayo, en 1938, nos fuimos por el agua los vecinos, a eso de las 6 y media de la tarde. Llevamos la burra con los chorotes, los que podían el chorote cargado, los niños llevaban lo que no les pesara y pudieran traer, sus botellas de agua. Como llevábamos dos mulitas con chorotes, yo creía que era competente y me iba adelante, adelante, adelante, para que cuando llegara mi hermana yo ya estuviera lista, porque había que sacar el agua por debajo de los alambres, porque esta gente templaba bien los alambres, en parte tenía razón para que no le hicieran daño al agua, o el ganado que se mantenía por el camino. Yo llegué más o menos a las 7 y metí el tarro cuando sale así un niño, el físico de la cara, sus ojitos azules, el pelo se le hizo así, y cuando yo voltié el tarro, el niño se hizo así y suaz, se fue. De ojos azules, de edad de tres meses, un bebé. Yo metí el tarro y salió, no sé de dónde salía, yo lo vi fue dentro del agua, que se batió, movió paticas, manos, el pelo y chus, se consumió, se volvió a hundir. Serían las 7 de la noche y una luna que brillaba. El niño estaba desnudo. Era blanco, precioso, ojiazul, la piel no era blanca, no era amarilla, para mí un bebé. Era más rosadito, palidito. Yo cogí el agua y salí, los llamé ‘vengan, vengan que hay un niño aquí en el pozo’, todos corrieron y todos corrimos y nada, todo silencio. Sacamos el agua y nos fuimos. Eso lo tomé yo como el Mohán. Yo sentí un susto, un miedo, no angustia, porque yo hubiera llorado, hubiera gritado, hubiera quedado... un susto, un miedo. Para mí fue claro que se trataba de un Mohán. De un niño de los de Tíquiza. A nosotros siempre nos decían que el Mohán estaba en Tíquiza. Ahora, mi mamá nos cuenta, o nos contaba, que de los pozos de los que le estoy hablando, unos cuatro, o más, hay una cueva encantada, que cuando iban cazando los armadillos, o conejos o borugos, se iban el animal que se estaba cazando, más uno o dos perros y nunca volvían. A la cueva. Es la cueva encantada. La Cueva del Mohán es una y la cueva encantada es otra. Mamá era la que contaba que había dos cuevas: la del Mohán y la encantada. Y la del Mohán que él vive allá y a uno le infundían eso, que por eso se ve oscuro, que por eso había agua, que había que tener fe en el Mohán que él pasaba cuando se ponía todo nublado. El Mohán es, lo describían ellos como una persona, de nieve. A nosotros nos decían que era una persona que pasaba de un cerro a otro y que llevaba cosas, nos llevaba la riqueza, el agua, lo de los montes, lo de los cerros.” (Entrevista a Leonor Vargas de Díaz).
Acerca de la propiedad de la Cueva del Mohán, Luis Eduardo Fajardo dice que “hace parte de nuestro territorio, es obvio. Es que no puede ser propiedad de la familia Urrutia porque ni siquiera pueden mostrar mestizaje. La señora Iregui de Holguín seguramente es una tenedora de muy buena fe, eso lo tendrá que solucionar el Estado” (Entrevista a Luis Eduardo Fajardo).

- La Fuente de Tíquiza
Al lado de la Cueva del Mohán está la fuente de Tíquiza, donde se supone que se realizaban ritos de purificación a los Jeques y a los herederos de los Zipas. Era una fuente de aguas subterráneas que brotaban “como por encanto de la tierra” (Entrevista a Pedro Socha) y servían incluso para abastecer a todo el municipio de Chía. Los indígenas y campesinos iban a recoger allí el líquido, y después la Alcaldía construyó tanques y dispuso tubos para distribuirlo.
“La recogíamos en chorotes para trasladarla, y no era ni privado ni encerrado, ni se mezquinaba esa situación ni se oponían a esto. Posteriormente lo del acueducto lo hicieron, con sus instalaciones para el agua, y del agua que nacía allá –había una Virgen, de Lourdes, en el nacimiento, en las rocas–, y todo ese sector era muy prolífico en agua, la finca que es ahora de los Urrutia, y la finca de Altagracia, que está administrando Miguel Betancur, pero realmente no me acuerdo ahorita de los propietarios. Parece que hubo unos malos manejos, intereses, se hace desmembrar un poco la comunidad por razones un tanto económicas, no sé, no se apreciaba, no se valoraba, y se hacían cambios...” (Entrevista a Pedro Socha).
Varios Comuneros coinciden en el hecho de que tanto por propiedad sobre los terrenos como por tratarse la Cueva del Mohán y la Fuente de Tíquiza de lugares sagrados, les pertenecen. “Según entiendo, cuando don Francisco Urrutia, que se dice que fue embajador en distintas partes del mundo, ante la Santa Sede y tal, entonces lo nombraron alcalde de Chía y al nombrarlo alcalde de Chía él recogió el acueducto para beneficio de su finca, porque ni siquiera dejó el agua para la vereda, porque habría sido lo justificado, y ahí fue donde se perdió ese derecho del acueducto” (Entrevista a Luis Francisco Vargas). Sin embargo, no manifiesta interés en recuperar esos sitios, porque su prioridad es la legalización del Resguardo.

- El Paso de Bochica
Otro punto interesante es el famoso Paso de Bochica, “en medio de las dos cordilleras, en límites con Cota. Le llaman el Paso de Bochica porque algunos aseveran que los indígenas decían que por allí pasó Bochica hacia el Salto del Tequendama” (Entrevista a Luis Francisco Vargas). Se trata de una hondonada entre el Pico del Águila y otra montaña, dentro del Resguardo.

- El Pico del Águila
El Pico del Águila o Picacho, como lo denominan, está ubicado en el extremo sur del Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra, en los límites con la hacienda del Noviciado, en Cota.

- La Meseta
Ubicada más al norte del Pico del Águila, la Meseta se utiliza para pastoreo y para extraer leña. Se trata de una planada de 50 metros X 50 metros, aproximadamente, con grandes rocas en las pendientes de acceso. En el segundo semestre del año 2000, indígenas que llevaban sus animales a pastar encontraron dos bolsas negras y al abrirlas descubrieron que se trataba de un cadáver descuartizado. Al acudir el Cuerpo Técnico de Investigaciones, cti, de la Fiscalía, se hizo el levantamiento del cadáver que presumiblemente fue lanzado desde un helicóptero, por las condiciones en que fue encontrado.

- La Chiguata
La Chiguata es una parte plana, más o menos son unas tres fanegadas de tierra, subiendo por Los Lavaderos, hacia el occidente, en los límites entre Tenjo y el Resguardo. En esa meseta hay unpequeño nacimiento de agua y antes habían matas de uvo y frailejón, pero un incendio destruyó la vegetación y “ya cuando quedó despejado, los Comuneros que habían en ese entonces arrendaron y comenzaron a arar, a sembrar, y sembraban papa, maíz, uchuba, de todo” (Entrevista a Luis Francisco Montañez).
Las autoridades indígenas tienen proyectado “hacer allí un sitio de reunión de la comunidad, o hacer actos especiales;” (Entrevista a Luis Francisco Vargas).

- El Patio de las Brujas
Hay otro sitio importante en el Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra. Se trata del Patio de las Brujas, donde la Empresa de Energía ubicó una gran torre para la conducción de los cables. Allí se han tejido leyendas que trascienden los indígena: “era un redondel pequeño, muy bonito, piso brillante y tenía solo piedritas, chiquitas, y las piedritas tenían figuras: eran muñequitos, con formas de panes, larguitos, eran figuritas. Y eso era limpio. Y nosotros le decíamos a mi mamá que por qué era limpio y decía que era el Patio de las Brujas y le decíamos que por qué el Patio de las Brujas y dijo que porque las brujas hacían su fiesta en ese patiecito, era el sitio de ellas, donde hacían fiesta, cuando había luna. Eso decía mi mamá. Está ubicado este lado de la Quebrada. A este lado está la quebrada y a este lado esta la loma y encima, ahí. La planadita que había bonita pero ahorita hay una torre de la energía. Y se acabaron las brujas. Ellas dizque barrían y ellas eran las que arreglaban. Era limpiecitico y era bonitico. A uno no le daba miedo, a uno le daba curiosidad. De noche sí no íbamos porque en ese tiempo no habían casas, eso era muy solo. Ese cerro era muy solo, la última gente con el ganado bajaba a las 6” (Entrevista a Margarita Garzón de Montañez).

- Los Lavaderos
Otro punto importante en la comunidad es el sector de Los Lavaderos, “que desafortunadamente ya desapareció toda señal de agua, solamente queda un pequeño pocito que quisimos conservarlo pero nos lo llenaron un poquito de tierra; por querer ayudar a alguien se adjudicó un lote en ese sector, y era lo único que daba vestigios de agua; ya se ubicó ahora para la cancha de fútbol, pero para mí es también un sector que tiene su historia” (Entrevista a Pedro Socha)..
Lo llaman Los Lavaderos los llaman porque también había otro pozo de agua, otro nacedero de agua, el “ojo de agua”. “Era solo piedra, solo roca donde comer. Y por el otro lado había lo de los animales, casi lo mismo que la Quebrada. El agua iba rodando y se trancaba con piedras para depositar el agua para los animales y para lavar. El primer pozo era arriba, en los alisos; después bajaba al de donde lavábamos y del ganado, eso como que es de los Pachón, o de Benilda, todos ellos tienen lotes ahí, los Garzones todos tienen lote ahí, y había una mata grandota de aliso. Cuando no había agua en la quebrada, nos íbamos para los aliso. Y las Colonias, otro nacedero de agua, pero ahí sí no servía para comer, porque era pura amarilla, únicamente para las vacas. En la Quebrada, cuando llovía, una vez bajaba una creciente dura y caía, pero haciendo sol, y mi mamá nos decía que era que el Mohán bajaba y mi mamá lo vio. Ella venía con el ganado del cerro, y mi mamá bajaba con su ganado (ella era Purificación Valbuena), bajaba con su ganado y vio cuando bajaba el Mohán. Ella dijo que era un muñeco de sombrero, de la cintura para arriba, un niño de la cintura para arriba, y con sombrero. Eso sí ella nos dijo así. Ella no le vio piernas, sino apenas de la cintura para arriba, él iba en la creciente y detrás eso sonaba como si llevara ollas, tiestos, latas, de todo, sonaba muchísimo. Mi mamá pensó que era que se había bajado la losa de las casas y ella siguió con su ganado y en ese aguaceronón y haciendo sol. Y abajo, don Mendoza lo cogió: le echó una puñada de sal cuando lo vio, porque allí había un puente grande para la entrada de él, y entonces ahí se depositaba el agua y cuando el Mohán bajaba se tapaba el camino de lado a lado, las dos almas se unían y no había paso, nos tocaba descalzarnos y arremangarnos para pasar por el agua, porque eso se tapaba. Y don Pablo Mendoza le echó sal y lo cogió. Pues eso sí no los mostró, pero él dijo que era un muñeco negro, que era un muñequito negro que había encontrado, y era el Mohán, que lo cogió y ese señor se volvió riquísimo, con la familia. Y ahí en el potrero, a este ladito de la casa de nosotros, había otro aliso y había un pozo de agua de comer y él la negaba, no dejaba coger, tenía su preferencia para los que dejaba entrar a coger el agua, y a mi mamá la dejaba entrar a coger el agua y ella vio la culebra, ella siempre veía la culebra y la poca gente que entraba se calló, no decía que había una culebra porque como en ese tiempo se bregaba tanto con el agua para cogerla. Ellos se callaron para que no fueran a matar la culebra y no falta quién dijo que había una culebra y el señor ese se dio cuenta y la persiguió, la culebra de oro él sí la cogió, y esa sí la vimos, esa se la mostró a mi mamá y a mi papá: tenía cinturas en todo el cuerpo, marcado, y la cabeza era grandota, y los ojos como con unas esmeraldas, esos diamantes transparentes. Eso fue como en el 51, 52, por ahí. Yo estaba pequeñita y él la llevaba en un trapo y se la mostró a mi mamá y a mi papá. Esa no se movía. Ya la había matado, porque desde el momento en que le tiren la sal eso se muere” (Entrevista a Margarita Garzón de Montañez).
Es importante la forma como se cogen las culebras o el Mohán pues, si no se siguen ciertos procesos, pueden presentarse serios inconvenientes. “Como el oro y la plata son muy penetrantes, la gente se puede tullir, paralizar, por eso directamente no se puede coger con la mano, sino con un trapo que no le penetre a la carne de uno” (Entrevista a Margarita Garzón de Montañez).

- La Quebrada
Otro punto interesante es el de la Quebrada, “donde también tienen muchas leyendas de tesoros, de nacimiento de agua, que ya se reforestó en una parte, queremos ponerlo en el tono que es totalmente cubierto de su vegetación nativa y ojalá podamos recuperar el agua también un caudal precioso, está ubicado en la parte superior de donde está el salón comunal de la comunidad, ahí esa quebrada que está llena de alisos, con muchas historias” (Entrevista a Pedro Socha).
“Era un pozo muy bonito en piedra, había unas piedras muy grandes, lo formaban unas piedras y el huequito del agua era poquito, pequeño, y el agua bajaba entre las piedras. Eso las piedras resumían y resumían y habían unas culebras ahí. Y mi mamá nos decía que no teníamos que coger esos animales, porque si los cogíamos se secaba el agua. Nadie, nadie podía coger esas culebras porque se acababa el agua. Otra parte que se veía la culebra, que era debajo de la raíz de un sauce, donde don Uldarico Correa. Allá íbamos nosotros, también, a sacar el agua y cuando calentaba el sol, la culebra se la pasaba ahí encima del agua y se consumía debajo de la raíz. Entonces la cogieron y se secó el agua. Y en la quebrada creo que también la cogieron, porque se acabó el agua. Habían varias. Había una grandota y pequeñitas. De 50 centímetros, gorda, gruesita. Y eran amarillas y mi mamá nos decía que esas eran de las bravas, que nos podíamos coger porque el agua se secaba. Y salía y se llenaba el pozo de comer y botaba por la planada, porque esa es una planada siempre grandecita y botaba hacia abajo, y de ahí todos los vecinos hacían huequitos, hacían huecos y ponían el lavadero y le daban de tomar a los animales. Arriba era solo para comer, allá no podían arrimar ningún animal, ni podían echarle mugre ni nada, sino que todos cuidábamos ese pozo. Y abajo había pozo para las vacas y había pozo para lavar” (Entrevista a Margarita Garzón de Montañez).

- El Zanjón
Otro sitio con bastante tradición es el Zanjón, ubicado en los límites entre las veredas de Fonquetá y Cerca de Piedra, dentro del Resguardo, donde en el año 2000 la Alcaldía ubicó unas canchas deportivas. Son dos barrancos por donde antes bajaba el agua de la cuchilla de la montaña, con árboles en cada lado formando una especie de túnel en el que se puede caminar ahora que no hay agua.
“Mi mamá (Teresa Bajonero) tiene un lote que se llama el Pedregal. Ahí nosotros estábamos pequeños, que ese es un lote muy quebrado, entonces ella nos hizo una explanada para que no nos fuéramos a botes y que jugáramos ahí. En esa época, hay una parte que se llama el Zanjón, que se había ido la tierra, cada vez que llovía se iba, se iba y se formó un zanjón. Ahí cayó un aguacero, como a las 3 de la tarde y mi mamá cuenta que vio una culebra a la hora del aguacero y se rodó con el agua. Era de oro porque brillaba y se rodó con el agua. Y siempre en ese zanjón aparecía eso. Con el transcurrir del tiempo se acabó. Se movía, porque en esa época, cuando llovía, bajaba la creciente y entonces ella bajaba nadando por la creciente. El agua que recogía ese zanjón es toda la parte que viene del lado del Boquerón y coge la cañada esa, bajaba por el lote de una señora que se llamaba Rosa y llegaba hasta el zanjón. Por ahí bajaba toda el agua de esa zona del Pedregal, de la parte del dormidero grande y de la parte de la capilla. Esa la recoge toda y ese es el zanjón. Después baja por los vallados y llega al río Frío” (Entrevista a Margarita Garzón de Montañez).

- El cementerio
Otra parte importante en el Resguardo es el cementerio, acerca del cual hay dos versiones: una es que es un cementerio Muisca y la otra es que se trata de un cementerio creado cuando hubo epidemia de viruela a principios del siglo xx. La última es tal vez la versión más acertada. Está ubicado por la salida hacia Las Colonias, en Cerca de Piedra, y se trata de un lote adjudicado a María Helena Garzón, donde inicialmente se pensó construir la iglesia de La Valvanera.
“Lo que sé, lo supe por mis abuelos y la señora Sarita Villalobos, que era la que contaba que allí sepultaban a los indios que les daba viruela y como era una enfermedad muy contagiosa, entonces ellos tan pronto morían los sepultaban ahí, en ese cementerio. Está ubicado en la loma que llaman Las Colonias, a un lado de Los Lavaderos. Ahí no más, en la cimita de la loma. Es más o menos un lote de 50 X 50” (Entrevista a Magalena Vargas Cantor).
No hay nada que lo identifique como un cementerio. “Había una cruz pero esa la quitaron. Lo único que queda es una hilerita con unas piedritas, como ver un huequito que rodearon con unas piedras. Es lo único que queda” (Entrevista a Magalena Vargas Cantor).

- Los dormideros
Un sector menos conocido por las actuales generaciones pero sí por las que sucedieron a Pioquinto Cojo y los Comuneros que con él participaron en la recuperación del cerro donde hoy está ubicado el Resguardo, es el de los dormideros. En esa época, los indígenas dejaban sus animales allá, no los bajaban en las noches a la parte plana. “Había una parte que se llamaba el dormidero grande y allá es una planada grande y el dormidero pequeño es en forma de una molla y allá era a donde llevaban a los animales, los remudaban de los lotes y los dejaban allí a dormir. El dormidero grande está ubicado en la vuelta de la carretera hacia Tenjo, en un sitio que se llama la vuelta de los novios, porque allí es una parte ancha donde llegan los novios y estacionan sus carros y se ponen a mirar el panorama. Es una planada grande, que es un lote que era de mi abuelo, Pedro Bajonero. Y el dormidero pequeño queda al lado de allá y es de Misael Calderón, y hoy en día todavía poseen esos lotes” (Entrevista a Luis Francisco Montañez).
En la actualidad no están cultivados “por la inseguridad. Mi abuelo sembraba arracacha, cubio, mazorca, maíz, papa. Todo lo que se sembraba tocaba cuidarlo porque, sino, la gente subía y se bajaba la cementera. Si se sembraba papa, iban y escarbaban la papa y se la llevaban; si se sembraba mazorca, la misma cosa. En este momento el lote está para pasto. Tenemos unos eucaliptos y están las varas bonitas y van con la macheta y las tumban.” (Entrevista a Luis Francisco Montañez).

- El Alto de la Cruz
Al Alto de la Cruz, ubicado más al occidente de la iglesia de La Valvanera, se hace peregrinación el 3 de mayo, y últimamente, aunque se ha suspendido un poco, se hace práctica de parapentismo por parte de deportistas procedentes de Bogotá, especialmente. Retomando las procesiones a las que hice alusión al principio de este trabajo, es importante reseñar ahora cómo se hacían hace medio siglo las procesiones al Alto de la Cruz, donde hay 14 ermitas en piedra: “cuando estábamos niños íbamos a las fiestas del 3 de mayo. En esa época todavía no estaban las ermitas. Habían unos monumentos que ponían unas piedras y ponían los cuadritos ahí. Después se reunió varia gente del pueblo y de la vereda e hicieron las ermitas. Unas las hicieron en la parte baja, en las casas, y otras las hicieron en el sitio. En esa época todavía no existía la capilla que hay hoy en día, donde cantan la Misa al llegar. Esa la levantaron don Miguel Barragán y demás gente del pueblo de aquí de la vereda, hace unos 15 años más o menos. Ese día era de los alpargates y ¡vamos para arriba! Era la ropa más viejita, para andar entre charrasco, por trocha. Eso llovía, llovía mucho. Echaban mucha pólvora. Todavía. Uno se levantaba común y corriente y a las 3 de la tarde se principiaba la peregrinación, que sale desde el Boquerón hacia Tenjo, donde es la primera ermita y ahí se inicia la procesión hacia la cruz. Y al llegar a la cruz oír la Santa Misa. Y ya estaba bajando uno a las 5 y media, 6 de la tarde nuevamente al Boquerón. Y pólvora, ya cada uno. Llevaban chicha, cerveza, Cabro, que era una cerveza, y la gaseosa era la Popular” (Entrevista a Luis Francisco Montañez).

- El puño y la patada del diablo
La piedra con el puño y la patada del diablo está ubicada en el cerro La Cruz, “por el camino de herradura que conduce de La Valvanera hacia El Boquerón, de Tenjo. Hay un pocito, un nacimiento de agua en el sector. Esa leyenda surge, me la contó mi papá, que en una época había mucho tráfico de las personas que venían a Chía a mercar, y en el sector del Boquerón y donde quedó esa piedra, se presentaba que los asustaban, que surgían espíritus o que la gente resultaba por ahí toda golpeada y decían que era el diablo, que era el diablo y que era el diablo. Entonces le dijeron al curita de Chía que qué se hacía, que el diablo no los dejaba pasar a Misa, entonces surgió la idea de colocar esa Cruz de piedra que está frente a la capilla de La Valvanera. Se colocó esa Cruz de piedra frente a La Valvanera, y la tarde cuando terminaron de colocarla y de inaugurar la cruz para que el diablo no volviera, se vino como una tormenta y un gran estruendo y tembló el cerro y fueron allá al sector donde quedó se vio una gran humareda y el cerro como que se estremecía, todo el mundo asustado y después fueron a mirar qué había pasado en el cerro, por qué había temblado y quedó grabado un puño y una patada y que esa era la patada y el puño que el diablo había dado en protesta porque le habían colocado la Cruz y no podía volver” (Entrevista a Pedro Socha).

- Iglesia de La Valvanera
Atractivo turístico de Chía es, sin duda alguna, la capilla de La Valvanera, construida en 1937 en territorio indígena. Al decir de Luis Eduardo Fajardo, tesorero del Resguardo, “algún concepto general encuentra como un sitio muy especial La Valvanera, pero básicamente es un signo de la cultura occidental (...) sin embargo, no se me hace muy lejos de la realidad que siga siendo La Valvanera un signo especial para los católicos y para nosotros porque es un sitio de reunión, ceremonia” (Entrevista a Luis Eduardo Fajardo).
La Junta Administradora de la época estaba conformada por Rafael Ramos, Isaías Socha y Santos Rodríguez. Uno de los sobrevivientes protagonistas de la construcción del templo es el comunero Pablo Emilio Rodríguez, nacido el 20 de julio de 1912 en Chía, hijo de Santos Rodríguez, quien fuera Gobernador del Resguardo, y posteriormente él también sería Gobernador, aunque en esa época recibiera el nombre de Administrador. En entrevista concedida en 2000 al periodista Víctor Manuel Beltrán del canal local de televisión de Chía, narró la forma como se preparó dicha obra. La transcribo textual, respetando la morfosintaxis original, con el ánimo de rescatar la forma de transmitir la historia los indígenas:
“Para la construcción de la capilla de La Virgen de la Valvanera estaba de párroco el padre Luis Alejandro Jiménez Mallarino. Yo vivía en tierra caliente, estuve allá en el año 36, llegué aquí el 8 de diciembre de 1936 y como tenía que venir donde mi papá, ahí tenía mucho que hacer pero como también él llamaba al párroco, pues como el patrón era sobrino del párroco, un doctor Ricardo Antonio García, entonces me dijo: ‘va a haber una reunión mañana, de la comunidad y va a venir el padre Jiménez, lo necesita’. Así fue, al otro día nos fuimos para la reunión, en la reunión estaban haciendo (una capilla) allá al lado de lo que llaman Los Lavaderos, en un morrito que había allá, pero muy bajito, y ya elevaban las paredes, de buen tamaño, pero en adobe. En esa reunión preguntó el padre ‘de dónde a dónde era la comunidad y cómo’ y pidió permiso para poder escoger él el sitio, que él donaba la Virgen de La Valvanera, porque allá iban a poner yo no supe qué imagen. Le dijeron que claro, que sí, que con mucho gusto. Aquí hubo una oposición por el hecho de que estaban construyendo los interesados de allá, no quisieron que fuera otro sitio sino que allí. Dijo el padre: ‘bueno, pues está bien, si ustedes quieren aquí, pero yo necesito un sitio que me guste y que le va a gustar a la Virgen también y allá haremos otro grupo y se hará otra capilla’. Siempre malquerer, y todo, ¿no? Entonces al final de la reunión quedaron que dan el permiso, que con mucho gusto, él dijo que bueno, que necesitaba un guía para que lo llevara por donde fueran las servidumbres y a caballo. Entonces dijeron que don Santos, mi papá, que era el presidente de la Junta, entonces él me dijo a mí: ‘¿usted quiere ir con el padre?’. ‘Yo sí voy’. Y fui. Al otro día, cuando le dijeron que yo, dijo: ‘bueno, el caballo me lo dan, entonces dónde tengo que ir’. ‘Su reverencia, donde me diga, yo voy’. Entonces dijo: ‘bueno, allí en un sitio que llamaban La Cascada, ahí’. Pero como mi papá era el administrador a mí me mandaron, yo iba antes a manejar los caballos, manejarles el coche, todo eso. Se quedó mirándome y me dijo: ‘¿Y a usted no lo vi donde don Graciano?’. El le decía a mi papá ‘Santicos’: ‘Santicos, es tu hijo, ¿no? ¿Y él es el que me va a guiar?’. ‘Que sí’. ‘Bueno, nos encontramos allá, me arreglás el caballo’ y yo fui y él llegó –que era buen jinete–, ensillé el caballo, lo arreglé y me puse a caminarlo, entonces él me dice ‘¿por qué lo camina así?’. Le dije: ‘padre, porque el caballo está recién ensillado y como se le apreta la cincha al animal, puede que quede mordida la piel con la cincha y si se monta así, tiene su porrazo’. Le dio risa y dijo: ‘Está bien’. Montó y salimos y nos fuimos, el caballo era muy brioso, él despacio y yo a pie. Nos salimos para allá, por La Cascada para arriba y me preguntó: ‘¿aquél morro que está arriba también es de la comunidad?’ y le dije: ‘sí, padre’. Salimos ahí encima, donde está la cruz. Había un sitio ahí, una cruz labrada propiamente en piedra, enteriza. Miró para todo lado, alcanzó a ver a Nemocón, toda la Sabana y él ya había estado viendo donde estaban haciendo la capilla. Llegó a caballo y él mirando, dijo: ‘Aquí va a ser la casa de mi Madre, éste va a ser el sitio. Es el sitio más visible para todas partes y aquí va a ser. ¿Me darán este sitio, Pablito?’. ‘Padre, si ya se lo ofrecieron, no falta sino que usted lo escoja’. Dijo: ‘Pues va a ser aquí’. Inmediatamente habían llamado a una reunión en la casa del vicepresidente, que era Lisandro Socha, allá eran las reuniones, y entonces le dijeron: ‘que sí, padre, con mucho gusto’. Los señores de allá, bravos, y les dijo: ‘no, si quieren ustedes terminar su capilla allá, tranquilos. Yo voy a interesarme por este pedacito que es de la Virgen o es de quién’. Y entonces contestaron: ‘para la Virgen’. Y sí, entonces dijo que necesitaba urgentemente que trajera la Virgen, porque era esa imagen que está allí, estaba en el barrio Santa Bárbara, en Bogotá, porque él estaba allá y la había traído y ningún pueblo le gustó por donde él anduvo para que le hicieran su capilla. Y le gustó aquí. También dijo: ‘a ver, mis hijos, cuándo me pueden facilitar dónde voy a poner la Virgen, aunque sea un paraguas, una sombrillita’. Todos dijeron: ‘padre, si quiere desde mañana mismo’. Yo llegué el 8 de diciembre y se dijo ‘pues a hacer un quiosco’ y unos llevaron madera, otros con tamos de trigo y se formó el quiosco, ahí donde está la capilla y cómo será que la reunión fue el 8, el 11 él trajo la Virgen, eso fue en un día que se hizo, colaboró la gente y se colocó la Virgen. El 11 de diciembre del año 36, él va y dijo una Misa campal el día de Año Nuevo y entonces se habló de la postura de la primera piedra. En esos días, como no había como el trabajo de hoy, que no se pierde un jornal porque se trabaja los siete días, entonces fue ya que estuvo ese quiosco. El 11 de diciembre de 1936. Para año Nuevo se hizo una Misa campal, pusimos un toldo y después de la Misa se acordó poner la primera piedra, elaboraron los planos ligero, así en la mente. El constructor de la iglesia era don Santiago Parra y él hizo la iniciación, y ahí sí pusieron la primera piedra, el 6 de enero de 1937. Esa piedra donde pusieron una inscripción en la que dice “el 6 de enero de 1937, siendo presidente Santos Rodríguez, el párroco fulano, en fin’, pero ahí hubo una contradicción después por el cambio del padre Jiménez, entonces ya viene el padre Rodríguez que le hizo tapar la inscripción por el hecho de que lo cambiaron al padre Jiménez y lo mandaron para Topaipí. Eso fue casi como una cuestión política, porque aquí como siempre reinaba el Partido Conservador, entonces vino una elección y ganó el Partido Liberal y le echaron la culpa al padre que él se había prestado para que trajeran gente de los que no vivían en Chía y le echaron la culpa al padre que él era el que había facilitado todo eso, entonces lo acusaron unas viejas a la curia y el Obispo no quiso dejarlo. Entonces vino la pugna del nuevo párroco y los antiguos, ahí sí como dicen, los ‘jimenistas’ y los ‘rodriguistas’: los ‘jimenistas’ eran los del padre Jiménez, que lo defendían, y los ‘rodriguistas’ los del nuevo párroco. Claro que la capilla la siguió.
“La iniciación vino con aquello que hoy llaman ‘la marcha de ladrillo’, todos los que quisieran donar ladrillo para la capilla, como entonces no había carretera, no subía carro para allá –había carretera para Tenjo pero para allá no la había– y la gente empezó a decir que dejaran el ladrillo en el pie del cerro y eso era la gente así, los sábados y domingos, alce la gente tres y cuatro ladrillos y arriba. Eso fue ya que subieron ladrillo. El agua se cargaba en asnos, en burros que llaman, de aquí de la finca de Santa Cruz se llevaba, allá se hizo una alberca con el agua para la obra. ¡Es que tanta gente que ayudó para eso, es que son muchos para enumerarlos! El director de la obra era Santiago Parra, fue, por ejemplo, Lorenzo Tenjo, cantidad de gente. Desde entonces el cura me prefirió a mí, me dijo: ‘por qué no venís a trabajar aquí’, yo iba a trabajar pero a mí no me pagaban nada. Cuando el padre ya tuvo plata para pagar obreros, porque también se cansaban, entonces ya puso pagando sueldos y me dijo: ‘Pablito, por qué no trabaja acá’, entonces le dije que lo que pasaba era que el constructor de la obra a mí no me quería porque alguna vez le pedí trabajo y él cometía muchas bestialidades y yo no me las aguanté, entonces no me quiso dar trabajo. Le preguntó a mi papá y le dijo que sí, pero también mi papá le dijo al cura que era que no me quería dejar trabajar, entonces le dijo: ‘no, si es que el que manda no es Santiago, aquí el que mando soy yo, Santiago está trabajando y se está ganando su sueldo’, y dijo: ‘no, Pablito, desde mañana vas a ganar sueldo, y de ahí seguimos y seguimos y seguimos” (Entrevista a Pablo Emilio Rodríguez).
Y siguieron todos los indígenas, tanto en el tallado de la piedra, como en la llevada de los ladrillos a la cima, en la construcción misma y con donaciones en dinero para sufragar los gastos. “Mi mamá y mi papá (Pablo Emilio Garzón) me contaban que él trabajó como obrero en la iglesia. El labraba piedra, labraba piedra y la labraba muy bonito y mi mamá tenía que traerle el almuerzo hasta allá. Las piedras las cargaban en yunta de bueyes, en la rastra, es como una horqueta y ahí cargaban la piedra y construyeron la iglesia. La trajeron de las canteras de la reserva del Resguardo. Mi mamá era madrina del altar mayor, cuando inauguraron la iglesia nombraron madrinas y padrinos y mi mamá fue madrina del altar mayor. Mi mamá se llamaba Purificación Valbuena. Y mi papá ayudó a labrar las piedras de la diosa Chía, porque como él era del Resguardo Indígena, lo llevaron allá para tallar la piedra” (Entrevista a Margarita Garzón de Montañez).
Esteban Bosa,Comunero que participó en los trabajos, narra: “cargábamos los carros de yunta con bueyes y cuando ya cargábamos las piedras, 20, 25, 30 carros con el corte nos íbamos para la Iglesia a descargar y habían tres fábricas de chichería en el pueblo –era todos los lunes– y cada fábrica nos donaba un zurrón de chicha para toda la gente que íbamos a cargar los cortes para el templo de Chía” (Taller de recuperación histórica).
Una dificultad era el agua utilizada para mezclar el cemento y para dar de beber a los animales. El Comunero Arturo Villalobos cuenta que “alma bendita Clemente Villate, que era el de las veredas, nos diera los burros para cargar el agua, para subir el agüita allá. Ahora, llegaba el carro de yunta, dejaba los sábados un viaje de ladrillo al lado de donde David Vargas y otro viaje de ladrillos allá en la subida de Tíquiza. Para el día domingo, los que iban a la Misa tenían que subir dos ladrillos para la construcción. Para eso era mi cuñado Luis Alejandro Garzón. Nosotros trabajamos bastante tiempo haciendo eso, haciendo la capilla. Ahora ya en esos tiempos en que se construyó, ya los carros de yunta que tenía Carlos Melo, José Cifuentes, Uldarico Correa, ya se le ponían 10 yuntas para subir un viaje de ladrillo hasta la capilla, arriba, a la capilla de La Valvanera y nosotros para bajar ya la gente en el carro de yunta, con mi hermano, eso se subían todos, cuando se volcó el carro allá y casi matamos toda esa gente, tocó salir en desgracia con mi papá para que no nos cascaran, porque claro, el carro dio bote y se fue al zanjón ese. Entonces nosotros sí luchamos para esa construcción de La Valvanera, pero bastante. Sí señor, que eso pasó en esos tiempos” (Taller de recuperación histórica)..
Una vez concluido el tempo, y después del traslado del padre Jiménez, vino más tarde el padre Héctor Horacio Hernández, quien hizo construir la carretera que va de la plazoleta hasta delante de la capilla. A mediados del siglo xx, en dicha plazoleta se hacían unas corridas de todos, en la planada donde estacionan los carros, en medio de la iglesia y la torre. “Se hacían unas corridas muy buenas allá y se tomaba mucha cerveza y chicha. Se armaba el ruedo y la parte del barranco del lado de la capilla servía como barrera. Y un día sacaron una vaca, dio dos vueltas y cogió el barranco arriba y se salió, cogió por la Valvanera y vino a dar aquí a un poco de ganado que había en Sidonia. Tumbó gente cualquier cantidad. Esa tradición se acabó hace mucho tiempo. Yo alcancé a conocer tres o cuatro corridas. En esa época la señora Anita Sánchez, la que llamaban la ‘Chispas’, la mamá de Álvaro Sánchez y toda esa gente, la cogió una vaca de esas y le pegó su porrazo. Ella ponía su toldo, como en las ferias y fiestas que también se hacían en el parque principal, con toldos y cantinas alrededor. Era como a finales de año.” (Entrevista a Luis Francisco Montañez).

- Iglesia de Santa Lucía
Contemporánea a la capilla de La Valvanera es la Iglesia de Santa Lucía, ubicada en el Parque principal de Chía. La piedra con la cual se construyó el Altar Mayor fue, como la piedra para el Monumento a Bachué, extraída de la mina del Resguardo. “Tener ese orgullo que de dónde se sacaron esas piedras para las columnas de la iglesia, del templo de Santa Lucía. ¿Sí han visto esas columnas donde la gente está parada? Son de ahí de donde estaba la mina de piedra blanca, en esos tiempos había hartos canteros, ellos fueron los que elaboraron esas columnas (Puno Cojo, Taller de recuperación histórica).
“Esa sí ya la trajeron como más tallada, más formada, para acabarla de formar en la iglesia. Entonces bajaron la piedra en rodillos a la carretera y luego la montaron al camión para traerla al pueblo, pero el puente de La Barandilla tuvieron que reforzarlo para que no se fuera a romper a tiempo de pasar el camión. El puente de La Barandilla, donde es el acueducto (Emserchía)” (Entrevista a Luis Francisco Vargas).
Toda la comunidad indígena se congregó para el paso del camión sobre el puente. “El cura echando la bendición por si se caía, un camión de ruedas de aire las de adelante y las de atrás macizas. Uno de los contratistas fue el único que acompañó al señor Gacharná, de Suba” (Entrevista a Aníbal Romero).

- Monumento a la diosa Chía
Llamado Monumento a la diosa Chía, Monumento a la Raza Chibcha o Monumento a la diosa Bachué, está ubicado en el parque Santander, frente a la Alcaldía Municipal. Eirigido en 1935, dentro de la tendencia que por esa época hacía escuela en Colombia, precisamente la bachueísta porque buscaba relevar los valores indigenistas, fue hecha por los maestros Martín A. Jiménez, Alonso Neira M. y Luis A. Sánchez Valderrama.
Para la realización del Monumento la comunidad indígena jugó un importante papel, no sólo en la medida en que se le estaba rindiendo un tributo a su historia, sino porque aportó su trabajo para que la obra fuera culminada. En efecto, y según narra el comunero Luis Francisco Vargas, “A mí ni me dejaron ir a ver la bajada de la piedra. Esa piedra la bajaron del sitio donde la explotaron, la bajaron en rodillos. La explotaron por el cerro del lado de la Cruz, en la Valvanera, y de ahí la bajaron en rodillos y un camión de Bavaria, el camión que era de los más grandecitos que había en Chía, y Bavaria había prestado ese camión para bajar esa piedra y acabarla de tallar aquí en el parque. Allá la arreglarían y tal para desbastarla y darle un poco de forma para que no viniera con tanto peso. La comunidad indígena regaló la piedra, creo que esa piedra salió de la comunidad indígena” (Entrevista a Luis Francisco Vargas). Lo cual es corroborado por el también comunero Puno Cojo, quien, además de afirmar que “de allí se sacó esa piedra”, reivindica un sentido de pertenencia al afirmar que “por eso tenemos el orgullo de nuestra comunidad, que de aquí tenemos unas obras de atractivo del pueblo” (Correa Correa, 1998A). La dificultad estuvo al pasar el puente de La Barandilla (sobre el río Frío, frente a las actuales instalaciones de Emserchía), pues debío ser reforzado por el gran peso del camión con la piedra.
Transcribo la descripción que sobre los planos hiciera Daniel Ortega Ricaurte en la Monografía de Chía publicada por Carlos Matiz el mismo año de la construcción del monumento:
“El basamento está formado por tres escalones circulares, forma muy generalizada en la planta de las habitaciones del país de los zipas; sobre él descansa un pedestal de piedra, de 1-90 de altura, en forma de prisma triangular, figura original y acorde con los dibujos geométricos usados por los indígenas.
“En las tres caras del prisma, se destacarán, en alto relieve, sendas figuras simbólicas. En la de la derecha, una escultura de mujer abraza unas espigas de maíz; esta planta, según algunas leyendas muiscas, salió de las costillas de la luna, y al decir de otros, ‘el mono del maíz enciende la luna’, y por lo tanto está muy bien elegida por los artistas del monumento a la Luna. En la cara de la izquierda esculpirán la figura de un indio suavemente apoyado en la maza, su terrible arma de combate y elemento útil para sus industrias, indio que lleva terciado a la cintura el imprescindible talego o mochila en donde los indígenas cargan la coca, el tabaco y los narcóticos. La figura que para la cara posterior del prisma han proyectado los escultores, es la caracterizada del búho con una serpiente en el pico: el búho es un animal lunar y la serpiente un símbolo mítico, de variado significado, de todas las tribus salvajes y el conjunto de estos dos animales es ya conocido por los arqueólogos, pues esculturas muy semejantes han sido halladas entre las ruinas de la población de San Agustín.
“Corona el sencillo monumento la estatua en piedra de la Luna. Bien sabido es que Saguanmachica, el más antiguo de los zipas que gobernaron las poderosas tribus chibchas con sus numerosas legiones, tuvo como asiento de su reino a Chía. La tradición nos cuenta que este hombre de Chía corresponde a una mujer bellísima, el genio del mal, causante de grandes desgracias para la humanidad y que en su perversidad inundó la Sabana de Bacatá, mujer con quien tuvo que luchar su esposo Bochica, el héroe legendario de los chibchas, civilizador y organizador que dio salida a las aguas por el salto de Tequendama; al morir, Chía, pasó a ser la Luna.
Los artistas han representado a esta diosa mitológica en cuclillas, con un niño recostado en su regazo e inclinada hacia adelante en actitud de oración; los pies del niño y el pico del tocado semejan los cuernos de una luna en cuarto creciente, logrando darle al conjunto de la estatua el efecto y la apariencia de la Luna.
“Encierra el monumento una verja de dibujos y grecas indígenas, y cuatro faroles coloniales sobre altas y sencillas columnas” (Matiz, 1935:15-16).
Los cuatro faroles desaparecieron y en la actualidad el monumento, aunque es símbolo del municipio de Chía, se encuentra descuidado y es preciso restaurarlo. En 1998 fue hecho un estudio según el cual la piedra tiene hongos y la cofia amenaza partirse, pero por falta de presupuesto no ha sido hecha la restauración; a mediados del año 2000 fue lavado con agua a presión, pero aun así no se hizo el tratamiento adecuado para la piedra.

- El salón comunal
El Salón Comunal del Resguardo está ubicado en la vereda de Cerca de Piedra y fue construido a principios de los años 80, aunque en las actas no figura una fecha precisa. En esa época el presidente era Jorge Sánchez. Don Puno Cojo, Comunero que fuera presidente del Resguardo, en 1998 recordaba que “la cercha me la regaló el doctor Méndez, y hoy tenemos la dicha de estar bajo la cubierta y tener un orgullo para todos y en caso de muerte, tener un salón también dónde velar un Comunero para acompañarnos todos, porque somos unidos y ayudarnos los unos a los otros” y manifestaba que “se necesita un salón muy organizadito, tener un salón aparte, como una biblioteca de títulos, una cosa bien ordenadita” (Taller de recuperación histórica).
La construcción duró aproximadamente cinco años, porque no se conseguían fondos para terminarla. Se contó con ayuda del municipio, pues el Concejo y la Alcaldía regalaron parte de las tejas, una ventana, una puerta. “Las otras juntas fueron trabajando hasta que unos consiguieron para pañetarlo, otros para echarle el piso, que la madera se bajó, esa madera se bajó de la Chiguata para ese salón, entonces la madera se bajó muy verde y se colocó, entonces la madera se pandió toda, entonces había mucha gotera y nuevamente contrataron para arreglar el salón y sobre las cerchas lleva madera, agarrados a las dos cerchas” (Entrevista a Luis Francisco Montañez).
En 1991 fue sometido a remodelación, pues el techo presentaba filtraciones de agua. En este momento se encuentra en proyecto una ampliación, para la oficina, el archivo y una biblioteca.
• Historia

– Precolombina
En el sitio El Abra, que mencionamos antes a propósito de la Piedra del Indio, “se excavaron varios abrigos rocosos que contenían una larga secuencia estratigráfica de artefactos humanos, restos faunísticos, polen fósil y otros indicios de cambios climáticos (...) El estrato más reciente contenía cerámica Muisca y evidencia de agricultura testimoniada por el polen de maíz, fechado en A.D. 1610. A continuación se observaron varios estratos depositados durante el Holoceno tardío y medio, que contenían artefactos líticos, huesos de animales de presa y restos de fogones. La primera ocupación humana, representada por 37 lascas (N.A. Trozo pequeño y delgado desprendido de una piedra), correspondió a un clima relativamente templado y húmedo, cuando la región estaba cubierta de bosques. Este estrato fue fechado en los 10.450 años a. de C., es decir, correspondiente aún a la época tardía glacial. A través de los estratos superpuestos y que arrojaron fechas de 8.750, 7.375 y 6.800 años a. de C., se pudieron observar fluctuaciones climáticas del Holoceno, indicadas por cambios en la vegetación. El material lítico de El Abra procede de todos estos estratos y consiste principalmente de lascas unifaciales hechas por percusión y no muy bien diferenciadas. Se cree que estas herramientas hayan podido servir para despresar los animales, cuyos huesos se encontraron en los diversos estratos, y también pueden haberse utilizado para manufacturar artefactos de madera. No se hallaron puntas de proyectil y los restos óseos pertenecen a una fauna de pequeños animales en la cual no se observan restos de especies extintas” (Reichel-Dolmatoff, 1978:44-45).
Si bien el territorio de la Sabana de Bogotá “fue ocupado por diferentes grupos humanos en un período de aproximadamente doce mil años, se desconoce aún a qué etnia o etnias y en qué epocas se realizaron las pinturas y/o grabados. No hay una comprobada asociación entre las pictografías y los primeros habitantes de la región que eran bandas nómadas cazadores–recolectores. El hecho de que sobre las paredes de varios abrigos rocosos (El Abra, Tequendama, Sueva, Chía) utilizadas por estas bandas se hayan encontrado pictografías y bajo estas evidencias de dichos habitantes, no es prueba suficiente para hacer una asociación directa entre arte rupestre y el período cerámico (16.000 a.C. – 800 a.C.). Además, dichos abrigos rocosos fueron utilizados también en períodos más recientes” (Botiva, 2000:39).
Recientemente ha habido descubrimientos de abrigos rocosos en la región del Tequendama, en inmediaciones del mitológico Salto, con entierros que oscilan entre los 5 mil y 11 mil años. En los estratos inferiores del sitio se observaron artefactos avanzados, como “un raspador aquillado, una hoja bifacial y una punta de proyectil, todos con retoques secundarios. Fuera de los artefactos líticos (N.A. de piedra) se hallaron algunos utensilios de hueso y cuerno, ante todo en forma de perforadores; se ha sugerido que algunas astillas agudas de hueso podrían haber sito utilizadas como puntas de proyectil. Acerca del modo general de subsistencia, no cabe duda de que se trata esencialmente de cazadores y recolectores que perseguían una fauna de venados, pequeños roedores y armadillos” (Reichel-Dolmatoff, 1978:45).
Hacia el año 3000 a.C. habían comenzado su proceso sedentario y trabajaban la cerámica, posiblemente
“Tampoco se ha establecido una relación directa entre la ocupación por habitantes sedentarios del altiplano altoandino del Período Herrera (800 a.C. – 800 d.C.) y el ‘arte rupestre’. La tercera ocupación de la región entre los años 800 a.C. y 1.600 d.C. corresponde a los cacicazgos que encontraron los españoles. Según testimonios de los cronistas, los Muiscas ‘no dieron razón alguna de las pinturas rupestres, aunque las respetaban y posiblemente las tuvieron como sagradas o mágicas (Cabrera, 1946:238; 1966-69:96)” (Citado por Botiva, 2000:39).
Según el antropólogo Carl Henrik Langebaek, el origen de los Muiscas “probablemente tuvo raíces en la Costa Atlántica venezolana, o en las tierras bajas del oriente de Sudamérica, áreas en las cuales se puede detectar la presencia de tradiciones culturales similares a las del Altiplano Cundiboyacense. La población Muisca, al igual que las guane, lache, chitarera y sutagao, también de filiación chibcha, parece haber llegado a la Cordillera Oriental hacia los siglos ix o x de nuestra Era, época para la cual desplazó o absorbió grupos agroalfareros conocidos para Cundinamarca y Boyacá como ‘Cultura Herrera’ en virtud del primer lugar donde se detectó su presencia (Langebaek, 1987:25).
Los Muiscas tenían un desarrollo sociopolítico más desarrollado que el de sus vecinos, con algunos de los cuales (Muzos y Panches, de filiación caribe) guerreaban y con otros (Guayupes, Caquetías, Achaguas y Guahibas) mantenían relaciones pacíficas y comerciaban (Langebaek, 1987:25).
Las evidencias arqueológicas más antiguas indican que su asentamiento se inició en el siglo vii d. de C. (Wiesner, 1969:197).
A la llegada de los españoles en 1537, la región Andina central de la cordillera Oriental de Colombia estaba habitada por la nación Muisca cuyos habitantes, “en un número aproximadamente medio millón, ocupaban las tierras altas y las faldas templadas, entre el macizo del Sumapaz, en el suroeste, y el Nevado del Cocuy, en el noreste, extensión de unos 25.000 kilómetros cuadrados” (Reichel-Dolmatoff, 1978:97-98). Al sur, dependientes del Zipa, vivían aproximadamente 300 mil indígenas y al norte, dependientes del Zaque, alrededor de 240 mil (vv.aa., 1972:111).
Los principales pueblos alrededor de los dominios Muiscas eran los Sutagaos, Panches, Colimas y Muzos. Los primeros, de origen Caribe, ocupaban el “valle de Fusagasuga hasta las márgenes del río Sumapaz en lo que es Pandi, tumbía y Doa, los que se consideran incorporados en la nación chibcha ateniéndose en parte a la identidad cultural que denotan sus jeroglíficos” (Velandia, 1978:47) que eran grabados sobre la piedra. Los Panches, por su parte, ocupaban la región suroccidenteal de los Muiscas “y estribaciones de la cordillera a caer al río Magdalena, limitando al norte con los Colimas, temibles unos y otros por su ferocidad antropófaga” (Velandia, 1978:47). Los Colimas vivían “en la regi´no que hoy es la Provincia de Rionegro, vertebrada a dos ríos de este nombre, limitada al occidente por el Magdalena, al sur por los Panches, al norte por los Muzos y al oriente por los Chibchas” (Velandia, 1978:49). Por último, los Muzos “ocuparon una pequeña faja de lo que es hoy Cundinamarca por los lados de Yacopí” (Velandia, 1978:49).
“Los Muiscas habían conformado cuatro ‘confederaciones’ o ‘señoríos’ o ‘jefaturas’ que los cronistas españoles llamaron ‘reinos’, independientes entre sí; cada una administrada por un centro político superior, conocido con el nombre del ‘pueblo’ o ‘cacicazgo’ donde tenía asiento: ‘Bogotá’, al sur del altiplano; ‘Hunza’, al centro, y ‘Tundama’ e ‘Iraca’, al norte. Las más importantes eran las confederaciones de ‘Bogotá’, gobernada por un gran ‘señor’ o ‘zipa’ y la de ‘Hunza’, gobernada por un gran ‘Zaque’, quienes sostenían un enfrentamiento militar por el predominio militar” (Wiesner, 1969:206) y estaban separadas por la cordillera de Chocontá, que servía de frontera y de escenario de cruentas batallas.
Estas confederaciones habían surgido “de la sujeción económica, social y política de un conjunto de cacicazgos locales que eran autónomos e igualitarios, a un nivel de organización más complejo, mediante el desarrollo de nuevas relaciones económico-políticas” (Wiesner, 1969:206).
“Sobre un nivel de una federación de aldeas, la estratificación social evolucionó hacia un sistema de clases, en que los factores económicos adquirían más importancia que los factores de rango individual, como había ocurrido en los cacicazgos. Los grandes jefes pertenecían ahora a los mismos linajes de la alta jerarquía sacerdotal o militar, lo que, en un caso dado, podía llevar a la constitución de un ‘gobierno’ claramente definido, apartándose así de la autoridad difusa de los cabecillas y jefes guerreros de los cacicazgos. Además, se formaba ahora una clase importante de artesanos y comerciantes que, por sus amplias relaciones intertribales, se constituían en agentes muy activos del cambio cultural” (Reichel-Dolmatoff, 1978:91).
Dependientes de Bogotá, había cacicazgos comandados por Uzaques en Chía, Cáqueza, Fosca, Fómeque, Guasca, Pacho, Pasca, Simijaca, Subachoque, Teusacá y Ubaté, (Langebaek, 1987:27). Había otras jerarquías en la organización social Muisca, dentro de las cuales sobresalen los jeques o mohanes, sacerdotes que cuidaban los santuarios o cucas y quienes cumplían también funciones de médicos, y sufrieron la más directa represión por parte de los conquistadores españoles, en la medida en que representaban las tradiciones religiosas y culturales que éstos pretendían erradicar en aras de imponer el catolicismo. Seguían en un orden jerárquico los quechas, guerreros destacados “de los dominios del Cacique Bogotá y que se localizaban en sitios fronterizos de su confederación, tales como Cáqueza, Ciénaga, Chinga, Fosca, Guasca, Luchuta, Pacho, Pasca, Simijaca, Subachoque, Subia, Teusacá y Ticabuy” (Langebaek, 1987:31) y quienes tenían la posibilidad de heredar los cacicazgos en caso de que se presentaran situaciones de emergencia o se hubiera roto la línea matriarcal de herencia.
Los cacicazgos o pueblos, a su vez, estaban compuestos por partes, parcialidades o capitanías, con “un significado tanto de unidad territorial, como de parentesco y administración política” (Wiesner, 1969:208). Había las Utas, o capitanías menores, y las Zibyn, o capitanías mayores. El sistema de parentesco era matrilineal (pasaba al hijo mayor de la hermana mayor), igual a como sucede hoy entre varias etnias, como la Wayúu, en la Guajira. Aunque predominaban las relaciones endógamas (cruzamiento entre individuos de un mismo grupo), también había exogamia (contraer matrimonio con cónyuge de distinta tribu o descendencia), pero no se han establecido reglas generales de parentesco, puesto que los cronistas españoles homologaban el término capitanía con el de la organización en la península ibérica. En algunos casos, sin embargo, cuando el heredero no reunía las condiciones o cuando la hermana mayor no tenía hijos, se flexibilizaba la sucesión de los Zipas o Uzaques.
Una de las parcialidades que existía en Chía existía era la de Cana, “de la cual provenía el linaje matrilineal del ‘señor’ de Bogotá y del cacique local” (Wiesner, 1969:208).
Acerca del poblamiento, es importante señalar que no existían grandes centros poblados, como entre los Mayas y Aztecas de Centroamérica o los Incas del Perú, sino granjas dispersas, en grupos de 10 a 30, y pequeños caseríos en torno a las capitanías. Los bohíos no dejaron huellas para investigaciones arqueológicas, aunque algunos de ellos estaban rodeados por piedras puestas en círculos.
La Confederación de Bogotá era la más importante de los Muiscas al sur y cuando llegaron los españoles, en 1537, se consolidaba luego de una guerra de aproximadamente 70 años contra los pueblos vecinos de Guatavita, Fusagasugá, Tunja y Ubaque. El Cacique Saguanmachica, aproximadamente en 1490, pretendió ampliar sus dominios al norte, con una ofensiva al Valle de Tenza, en la que se enfrentó al Zaque Michua, y ambos murieron en el campo de batalla, siendo sucedidos por Nemequene y Quemuenchatoche, respectivamente, quienes en 1514 continuaban las batallas, en una de las cuales murió Nemequene, quien fue sucedido por su sobrino Tisquesusa. Según Langebaek, a la confederación de Bogotá pertenecían los cacicazgos de Ciénaga, Chocontá, Engativá (del cual dependían Pausagá y Ciguachí), Fosca, Sisativa, Subia, Suesca, Teusacá, Tibacuy, Tibabuyes, Tuna y Ubaté, y se presume que pertenecían también los de Cáqueza, Chinga, Guasca, Luchuta, Pasca, Simijaca y Subachoque (Langebaek, 1987:35). Es importante señalar que Langebaek incurre en una contradicción, pues ya habíamos citado que dentro de la Confederación de Bogotá incluía a Chía y no lo hace en esta relación, aunque se supone que no lo hace porque está implícita la relación no sólo territorial sino de parentesco, pues en Chía eran preparados los sucesores del Zipa. Las alianzas entre Bogotá y Guatavita habían permitido que Saguanmachica designara a un hermano suyo como Cacique en esta última, que tenía dominios sobre las comunidades de Cononesupa, Chipaloque, Gachaca, Guachetepa, Intensipa, Pausa, Teleguasaque, Tenene, Tuaquira, Suba y Súnuba “y a los cuales probablemente sea necesario agregar a los Chíos, Zaque, Chipasaque, Ubalá y Tuela, en cercanías de los Llanos Orientales, así como Cocaquiza y Gachetá” (Langebaek, 1987:35-36).
De otro lado, la Confederación de Hunza (Tunja) era la más importante de la zona norte. Allí se repetía la relación entre Bogotá y Chía, pero con Ramiriquí, donde era preparado el sucesor del Zaque, igual a como en Tobasía era preparado el sucesor del Cacique de Tundama (Duitama), el tercer centro político superior de los Muiscas. Esta confederación estaba conformada por los cacicazgos de Foacá, Moniquirá, Motavita, Oicatá, Pagasica, Soratá, Turmequé y Somondoco.
La Confederación de Tundama (Duitama), de menor importancia que las dos anteriores, cubría “pequeños valles fríos, regiones de páramo y el cañón seco del río Chicamocha donde su influencia, por el norte, terminaba” (Langebaek, 1987:37)
La Confederación de Iraca (Sogamoso) tenía un gran poder religioso puesto que allí se levantaba el Templo del Sol. Bajo sus dominios se contaban más de setenta cacicazgos (Langebaek, 1987:38) que llegaban hasta el piedemonte de los Llanos Orientales.
Adicionalmente, había algunos cacicazgos independientes de estas cuatro confederaciones, en especial al norte del territorio Muisca: Guachetá, Moniquirá, Ráquira, Sáchica, Saquencipá, Sorocotá, Suta, Tinjacá y Yuca (Langebaek, 1987:38).
Algunos historiadores incluyen a los Teguas como Muiscas, por las similitudes culturales, pero en realidad eran otro pueblo que habitaba al oriente, sobre el piedemonete llanero, limítrofe con el dominio del Cacique de Guatavita.

– Conquista y colonia
La expedición comandada por Gonzalo Jiménez de Quesada partió con 800 hombres de Santa Marta el 5 de abril de 1536 y tardó prácticamente un año para llegar con 166 hombres a los dominios Muiscas, en el altiplano cundiboyacense, el 12 de marzo de 1537, a Guachetá. No hubo mayor resistencia por parte de los nativos, y el principal enemigo que tuvieron los españoles fueron las fieras y las enfermedades tropicales. Rodearon la Sierra Nevada de Santa Marta y se internaron por las selvas del nororiente colombiano, para llegar al norte de Moniquirá, donde en marzo de 1537 “el ejército alcanzó la meseta chibcha bien poblada, habiendo reunido en el camino una buena cantidad de oro y de esmeraldas y logrando a veces en un solo día un botín que sobrepasaba con creces lo conseguido durante los once meses que emplearon en la jornada por el río (Magdalena)” (Friede, 1978:142).
Pasaron los invasores por Nemocón, Tausa y Zipaquirá y el 22 de marzo llegaron a la Sabana de Bogotá, que Jiménez de Quesada llamó “Valle de los Alcázares”, debido a que la forma de las construcciones le recordaban a los alcázares de su patria chica.
Con el ánimo de obtener un doble triunfo, contra sus enemigos históricos, los Panches, y deshacerse de los españoles, un zaque le indicó a éstos que más al sur había buenas tierras para conquistar, con abundante oro. Juan de Céspedes comandó el grupo de soldados que se enfrentó a más de 5 mil Panches dirigidos por el Cacique Conchima y apoyados por guerreros Anapoimas, Calandaimas, Calimas y Tocaremas, quienes poco pudieron hacer para vencer a a los españoles de la caballería, armados con arcabuces y ataviados con gruesas armaduras que desviaban los dardos lanzados con cerbatanas.
Luego del fracaso de la trampa que pretendieron tenderle los Muiscas a los españoles para que atacaran a los Panches, regresaron a la Sabana. “Varios indios de las cercanías resolvieron venir a rendir tributo al jefe de los invasores; le trajeron oro, esmeraldas, mantas, legumbres y pieles, y al llegar ante él se volvían de espaldas, como lo hacían ante el Zipa, en señal de respeto, para no mirarle el rostro; y a los pies le quemaban perfumes. De Cajicá fue el ejército a Chía, lugar donde residía el heredero de la corona, y allí fueron recibidos en paz. El Padre Las Casas les recordó que en aquellos días celebraba el Cristianismo la pasión y muerte del Redentor; y en medio de aquel pueblo idólatra, jefes y soldados se prosternaron, durante la sagrada semana, ante los dos sacerdotes, a oír los divinos oficios” (Posada, 1972:57).
La expedición de Gonzalo Jiménez de Quesada llegó a Chía el sábado 24 de marzo de 1537, la víspera del inicio de la Semana Santa. Los nativos escondieron los tesoros, pues habían recibido información de los saqueos por parte de los españoles en Sopó y Cajicá. Se supone que los escondieron en una cueva, en la que hoy es la vereda de Yerbabuena.
En su Enciclopedia histórica de Cundinamarca, Roberto Velandia recoge narraciones de los cronistas y describe así el asentamiento: “era sitio muy poblado, mas no a la manera española sino a la aborigen, es decir, las casas dispersas ocupando una gran extensión con su huerta, vertebradas sobre caminos y sin ninguna simetría, todas de bahareque, tan desordenadamente que los españoles las llamaban rancherío, y no pueblo o poblado. De ello había un asomo o vago vestigio en las casas de los alrededores de la actual población, por la disposición de ellas y sus calles, que más parecen éstas caminos primitivos” (Velandia, 1979:II-822)
Jiménez de Quesada se entrevistó en Chía con los caciques de Suba y Tuna y permaneció hasta el jueves 5 de abril, cuando emprendió marcha hacia Suba. En una escaramuza en los humedales de Juan Amarillo venció a los indígenas que utilizaron primitivas armas de madera y prosiguió hacia Bacatá o Funza el viernes 20 del mismo mes. “No encontraron muchos tesoros porque al saber de su llegada los indios fueron a esconderlos en los cerros del oriente, en sitio cercano a la piedra de los sacrificios, altar donde ofrendaban sus víctimas a Súa, el sol” (Velandia, 1979:II-822).
El 6 de agosto del mismo año supieron de la existencia de la segunda Confederación muisca importante, la de Hunza o Tunja, donde residía el Zaque Quemuenchatocha. 14 días después los españoles obtuvieron “un cuantioso botín, al despojar al Zaque de 146.500 pesos de oro fino, 14.000 de oro bajo y de 280 esmeraldas. Hasta ese entonces, habían entrado a la caja del ‘común’ solamente unos 8.000 pesos de oro de todos los quilates y un millar de esmeraldas. En ese sitio recibió Jiménez noticia de la existencia de un gran sacerdote de los muiscas, Suagamoso. Hacia allá dirige su ejército y el 4 de septiembre despoja al cacique de 40.000 pesos de oro fino, 12.000 pesos de oro bajo y 118 esmeraldas” (Friede, 1978:142).
A fines del año, Jiménez de Quesada emprendió viaje al sur, hacia el Huila, pero obtuvo pocos tesoros, por lo que regresó a la Sabana, donde el 6 de junio de 1538 repartieron las ganancias obtenidas durante las campañas en territorios Muisca, las que contemplaban no sólo el oro, las esmeraldas y demás tesoros. El Gobernador Pedro Fernández de Soto distribuía dichas ganancias, entre las que se contemplaba que a los indígenas “se les exigió la entrega del oro para pagar los gastos en que incurrieron los conquistadores para llevar a cabo la expedición; cláusula que merece destacarse por insólita” (Friede, 1978:147). Adicionalmente, se contemplaba “informar a los indios que quienes se sometieran voluntariamente a los españoles, recibirían un buen trato; pero a quienes no lo hicieran se les hará la guerra como enemigos, con todas sus consecuencias: serían declarados esclavos y sus bienes formarían parte del botín” (Friede, 1978:147).
Muerto el Zipa Tisquesusa a manos de los españoles, los Muiscas nombraron como su sucesor a Sajipa, Saquezazipa o Saxajipa, para continuar la resistencia, pero pronto se vio obligado a entregarse, a la espera del cumplimiento de la oferta de recibir “buen trato”. Sin embargo, como se suponía que era portador del secreto del sitio donde se encontraban escondidos los tesoros que habían logrado salvar de la rapacidad española, fue Sajipa sometido a torturas, en dos ocasiones, y murió a principios de 1539. “Su boca no se abrió para pedirles piedad ni para denunciar el precioso secreto; al fin murió, sin murmurar una palabra; su último suspiro, amargo y tristísimo, fue también el postrimer aliento de aquella dinastía, y en su tumba quedó enterrado para siempre el cetro del reino chibcha, ¡aquel que llevaron con gloria en sus manos el gran Saguanmachica, el sabio Nemequene y el infeliz Tisquesusa! El imperio chibcha estaba conquistado” (Posada, 1972: 76-77).
“Una vez concluida la conquista, los españoles sujetaron los cacicazgos Muiscas al sistema de ‘repartimiento’ o ‘encomienda’, institucionalizado mediante la expedición de las Leyes de Burgos en el año 1512, encaminadas a limitar al poder de explotación de los ‘encomenderos’ mediante la tasación de los ‘tributos’ o ‘demoras’ que los indios debían rendir” (Wiesner, 1996:214).
“Uno de los primeros encomenderos de Chía, de que se tenga noticia, fue el capitán Cristóbal de San Miguel y que además era contador de la Real Hacienda. El capitán San Miguel vino al país con Federmán en 1539” (Matiz, 1935:33).
“La ‘encomienda’ consistía en dar un grupo de indígenas, generalmente un ‘pueblo’ o ‘cacicazgo’, con sus tierras, estancias y labranzas a un español meritorio. Los indios debían pagar temporalmente como grupo primero y más tarde per capita, un tributo fijado por la Corona, cedido en derecho de usufructo como propietaria universal de todo lo descubierto” (Wiesner, 1996:214). “El cacique como representante de la organización social conservaba su autoridad pero al mismo tiempo era incorporado a la formación de la estructura colonial, con la nueva función de pagar la tributación a los corregidores españoles nombrados para cobrarla” cada seis meses (Wiesner, 1996:215). Además de su trabajo (eran asignados seis indios en condición de ordinarios para el servicio doméstico de cada encomendero), los indios tributaban mantas, insumos, productos agrícolas, como maíz y trigo, y carne de aves (las gallinas fueron introducidas a la Sabana en 1537) y ciervos que se extinguieron luego debido a la caza indiscriminada.
“El sometimiento violento de los cacicazgos a un régimen de explotación colonial destruyó, paulatinamente, su organización económica, social, política y cultural, que causó a mediados del siglo XVII la ‘catástrofe’ demográfica de su población” (Wiesner, 1969:197). El presevar los cacicazgos no tenía otra intención que la de mantener agrupados a los indios para el trabajo y la explotación de la tierra, pues la dispersión impedía controlarlos.
“La cultura Muisca, después de la Conquista, se sumergió en el proceso de formación colonial de la sociedad ‘blanca’ (colombiana). Los cacicazgos, antes de su desaparición, se transformaron en “resguardos’, pero éstos conservaron algunos rasgos de su organización ancestral, ante la imposibilidad de romper totalmente sus relaciones sociales tradicionales sin producir la extinción física y cultural de la población” (Wiesner, 1969:198).
A las encomiendas les sucedieron los conciertos o mitas, consistentes en trabajo obligatorio (aunque asalariado) por parte de la cuarta parte de los indios de cada una de aquéllas. Pretendían “satisfacer la mano de obra indígena por parte de propietarios particulares de tierra, dueños de obrajes y minas, así como para abastecer las necesidades urbanas y el desarrollo de obras públicas y privadas de las ciudades” (Wiesner, 1969:223).
En 1561, la Corona española, preocupada por la disminución de la población indígena en la medida en que redundaba en menor mano de obra, y porque se presentaban inconvenientes en la distribución de los indios por la línea matriarcal de parentesco, dictó unas disposiciones mediante las cuales los indios debían permanecer en un solo sitio, para lo cual definió tres tipos de propiedades: de indígenas (ocupadas y cultivadas antes de la conquista), de particulares (de acuerdo con su participación en la conquista) y de la Corona. Ejemplo de dichos inconvenientes es el caso de varios indígenas de Cota que en 1575 “declararon que eran naturales de Chía, donde habían nacido sus madres, y alegaron que ‘siempre han ido a Chía a cabar las labranzas del Cacique de Chía’” (Citado por Langebaek, 1987:33).
Este tipo de propiedades dio origen a los resguardos, que se crearon entre 1593, cuando España expidió las Ordenanzas sobre Resguardos, y 1637. “Los indios de la Sabana recibieron las primeras asignaciones de manos del oidor Miguel de Ibarra, que fueron ratificadas entre los años 1600-1604 por el visitador Luis Rodríguez” (Wiesner, 1969:227).
El 15 de noviembre de 1593, y procedente de Guangata, el Oidor Miguel de Ibarra visitó Chía con el objeto de distribuir entre los naturales algunas tierras “que conviene se les dé y señale resguardo competente y tierras en que labren y cultiven y hagan sus comunidades y críen sus ganados” (Citado por Velandia, 1979:II-823). El censo que se realizó en esa época arrojó un total de 1.853 indígenas, al mando del Encomendero Pedro de Artieda, distribuidos así: “14 caciques y capitanes, 520 útiles, 19 reservados, 39 fugitivos y 1.161 de chusma” (Velandia, 1979:II-823).
En la Enciclopedia histórica de Cundinamarca, Roberto Velandia describe así la distribución del resguardo: “por auto del día 19 dispuso que se les señalase el resguardo en extensión de 40 cabuyas o 4.000 pasos del pueblo hacia Cota, hacia el camino de Santafé a Tunja hasta llegar al Funza, y hacia Tabio y Cajicá. Para el efecto comisionó al medidor Francisco Ortiz de Mariaca, quien lo ejecutó el mismo día, así:
“Por la parte de Cota 4.000 pasos medidos desde la casa del indio Pedro Busqueguya, de la capitanía de Chipaquirama, en el sitio llamado Gocana: 3.000 hasta el Funza y 1.000 más del río adelante hasta el cerro Techeybapa.
“Por la parte hacia Cajicá, 40 cabuyas desde el bohío del indio Cambafurguya, de la misma capitanía y sitio de Susia, que llegaron hasta un camellón llamado Requebteba ‘y ser carrera antigua de santuario el cual está adelante de la labranza grande del cacique hacia el dicho pueblo de Caxicá como cuatro cabuyas más... que su sitio dijeron llamarse Chine’.
“Por la parte hacia la encomienda de Francisco de Estrada, 20 cabuyas desde la casa de Alonso Sagipa, de la capitanía de Fagua, sitio de Guaba, hasta Cacatiba.
“Por la parte hacia el camino de Santafé a Tunja, 30 cabuyas desde la casa de Juan Guatama hasta el río Funza, que llegaron al punto denominado Rubsica.
“El 20 por intermedio del intérprete Juan de Lara en la iglesia fueron notificados del anterior auto los caciques y capitanes y sus chusques o allegados, Don Andrés, cacique principal; Don Francisco Cambafurguera, Pedro Quene, Francisco Chiquetiba, Juan Bonqueta, Pedro Busqueguya, Pedro Saquentiba, Andrés Saquentiba, Francisco Saspuera, Juan Quecantiba, Francisco Busqueguera de Chía y Francisco Taque, capitán de Guangata.
“El redondo del resguardo se echó el 22 de febrero de 1594 por el mismo Ortiz de Mariaca, el cual se midió ‘desde la postrera cuadra y bohío del pueblo de un indio llamado Diego Gusqueguya’, 30 cabuyas hasta el sitio Suquencuita, y luego llano abajo hacia el río pasando la balsa de Nemqueta, otros 3.000 pasos hasta el pie de la sierra en el sitio Fusuasuca, de aquí por la falda de la sierra hasta una punta por donde va el camino de Chía a Guangata, punta llamada Cosioatama, y de aquí bajando, otros 3.000 pasos hasta el río Simca, y pasando éste y la balsa de Nemqueta en el sitio denominado Bacuni Misuca, sigue otros 3.500 pasos hacia la estancia de Juan de Artieda, desde la postrera cuadra y bohío del pueblo del indio Francisco-Ganuaguya, que terminaron en el río Funza‘” (Velandia, 1979:II-823-824).
Al encomendero Artieda le fueron hechos embargos debido a que tardó en contruir una iglesia para adoctrinar a los indígenas y para asentar la nueva religión, precisamente en el sitio que otrora fuera sagrado para los Muiscas, como era Chía. La construcción fue contratada el 17 de julio de 1604. Sobre este templo fueron construidos luego otros, hasta que a mediados del siglo xx fue levantada la iglesia de Santa Lucía, sobre el parque Santander. De una relación de obras y del proceso que se le siguió al encomenddero Artieda en esa época, mencionan los historiadores a los siguientes indígenas: “cacique Don Andrés y a los Capitanes Juan Chipaquirana, Juan Nisio, de Nenqueta; Juan Benqueta, Juan Vasatiba, Andrés capitán de Chiscatibo, Pedro Uspavita, Diego Saspuera, alcalde de la parte de Singanico; Juan Chibatiba, de Fagua; Pedro Bronca, de Chipaquirana; Juan Sienebe, de Muene; Luis Sayguya, de Cana; Pedro Chunsiguya, de Guangata, y Luis Taque también de esta parte” (Velandia, 1978:825).
En lo referente a la creación de pueblos como hoy los conocemos, en el caso particular de Chía no hay testimonio preciso de la fecha de la refundación por parte de los españoles en el sitio sagrado de los Muiscas, bien porque no se produjo el hecho en sí, bien porque los documentos que lo testifiquen no han sido encontrados, como lo afirma el historiador Roberto Velandia en entrevista para este trabajo. A mediados del siglo xvi fundaron nuevos pueblos de indios con base en una plaza con iglesia, casa cural, alcaldía, cárcel y casas de los principales y luego distribuían perpendicularmente las calles, sobre las que repartían solares de 25 por 25 metros, en los que les indicaban cómo construir de acuerdo con una distribución arquitectónica española.
Una de las razones, tal vez la principal después de los factores de explotación económica, era la evangelización, de modo que los misioneros visitaban de forma sucesiva las capitanías para adoctrinar a los indígenas y luego volvían a empezar el proceso, pero al regresar al punto de partida encontraban que los indígenas o no recordaban o preferían olvidar, por lo que optaron por reunirlos en un solo sitio, al mando de un Cacique, Gobernador, Gacha o Cana.
“La congregación de los indios en poblaciones conforme a reglas de urbanismo y policía constituye el acto político-social más importante y trascendente de la Colonia, pues allí comienza el mestizaje en todas sus formas y a perfilarse la fisonomía de un nuevo país, se somete al indio al régimen español y al religioso, se le aplican normas de convivencia social” (Velandia, 1978:471).
En el primer lustro del siglo xvii fueron fundadas 28 iglesias en Cundinamarca, de las cuales una fue fundada en Chía, por parte del Oidor Diego Gómez de Mena, quien hizo lo propio también en Zipacón, Funza, Facatativa y Cota (Velandia, 1978:472). En dichas construcciones, así como fue hecho después en la Iglesia de la Valvanera en la tercera década del siglo xx, los indígenas aportaban su fuerza laboral, además de alimentos para los españoles. Este factor permitió una particular relación con los templos, que consideraban propios, así no dispusieran de título alguno. Cuando el número de indígenas disminuía o las riquezas en la región menguaban, se decretaba la extinción de un pueblo, por lo que eran expulsados los indios restantes a otro pueblo cercano. Esto dio lugar a que se redujeran los resguardos, que fueron vendidos a hacendados blancos. Con respecto a la iglesia, en 1770 los indígenas donaron el terreno y dos años después el párroco Francisco Valderrama inició las obras de construcción pero, a raíz de un terremoto en 1776, fue necesario reconstruirla, obra que corrió a cargo de la encomendera María Josefa de la Rocha, quien “había adquirido la encomienda por herencia de José María de la Rocha, a quien le había sido adjudicada por real cédula de 17 de diciembre de 1759” (Velandia, 1978:827).
“En los primeros decenios del siglo xvii las propiedades de españoles aumentaron en virtud de mercedes de tierras otorgadas sobre los pedazos que se había obligado a abandonar a los indios en el momento de asignarlos los resguardos. Así surgieron, al lado de grandes hacendados que habían recibido mercedes en el siglo anterior, los llamados estancieros o propietarios medianos y los simples labradores, generalmente mestizos e inmigrantes españoles pobres” (Colmenares, 1978:263).
Los indígenas fueron distribuidos entre los estancieros, mediante el “régimen del concierto (o de trabajadores permanentes) o de alquiler (o de trabajadores estacionales o temporales en mayor número que el anterior) (que) proveyó de mano de obra las propiedades durante todo el siglo xvii y gran parte del xviii. Sin embargo, ya a mediados del siglo xvii, un auto del presidente de la Audiencia permite entrever una crisis que enfrentaba a propietarios importantes con estancieros y labradores. El auto reservaba la posibilidad de emplear indios de concierto y alquiler a quienes poseyeran una propiedad sustancial y excluía en todo caso a propietarios indígenas o mestizos” (Colmenares, 1978:263-264).
Pero otro factor, además de la pertenencia y explotación de la tierra, motivaba desde un principio de la conquista a los españoles: “la explotación intensiva de los yacimientos de oro, plata y esmeraldas se realizó utilizando la mano de obra indígena, básicamente en los primeros ciclos” (Palacios, 1978:153). La disminución paulatina de mano de obra indujo a los españoles a buscarla en otros confines, lo cual dio origen a otra forma de explotación humana, con la incorporación de la esclavos negros traídos de España. Esto, además de permitirle a la Corona restarle importancia a los indígenas, produjo importantes y drásticos cambios demográficos en América toda, en especial en el Caribe insular y continental, pues el proceso de mestizaje entre blancos e indios se amplió con la raza negra, en especial en zonas mineras y de agricultura intensiva, como las costas Atlántico y Pacífico, Cauca, Valle y Antioquia. Para el caso particular de los Muiscas, sin embargo, no hubo este mestizaje en grandes proporciones, aunque se menciona que “aun en ciudades como Tunja, con abundante población indígena, se aprecia este fenómeno con toda evidencia. En efecto, en los libros parroquiales de Santa Bárbara, por ejemplo, de los 985 individuos de todas las castas de que fueron bautizados entre 1659 y 1700, figuran 440 como hijos ilegítimos y 545 como legítimos. De los 56 pardos y mulatos sólo 12 son legítimos y 44 son registrados como ilegítimos” (Palacios, 1978:168).
Desde finales del siglo xvi se formaron haciendas ganaderas en la sabana de Bogotá, tendencia que se afianzó en el siglo xviii, con el objeto de abastecer el mercado de la capital del Nuevo Reino de Granada. Adicionalmente, había sembradíos de cereales, como trigo, maíz y cebada. En 1754 fueron desamortizados los “bienes de manos muertas” que estaban subexplotados o invadidos, siendo los primeros afectados los territorios de los indígenas, que terminaron como minifundistas y peones de las haciendas, y después los bienes de la iglesia, a raíz de las disputas de la Corona con los jesuitas, que tenían grandes propiedades en la Sabana de Bogotá, disputas que derivaron en la expulsión de la Compañía de Jesús, en 1767.
Para el año de 1751, había en Chía un total de 1.684 indios, que habían sido divididos en diez parcialidades: Cana, Zipaquirama, Fusca, Fagua, Bojacá, Fonquetá, Singuanico, Nengueta, Fantasiba y Mueno (Velandia, 1978:826).
En diciembre de 1758 el número de indígenas había disminuido a 1.405, según visita del Oidor Joaquín de Aróstegui y Escoto (Velandia, 1978:826), quien adjudicó nuevas tierras y ordenó “que se pueblen los indios en contorno de la iglesia con distinción de capitanías, cuadras y calles, sin consentir que tengan bohíos fuera de dicha población, pues cuando más se les permitirá una choza de vara en tierra en sus labranzas para que se puedan favorecer de las inclemencias del tiempo cuando las vayan a beneficiar, con tal que no tengan en ellas gallinas, piedra de moler ni otros trastejos” (Citado por Velandia, 1978:826).
La jurisdicción de Santafé “se dividió inicialmente en Partidos y Corregimientos, correspondiendo aquéllos a un distrito o a una pequeña circunscripción y éstos a una mayor formada por la comprensión de varios pueblos. También había los Partidos tributarios, conjunto de pueblos asignados a un asentistas o recaudador de impuestos, que en tal sentido fueron mucho más extensos que los Corregimientos (...) En el Corregimiento encontramos la infraestructura del Cantón y de la Provincia. Los principales fueron los de Zipaquirá, que se dividía en dos partidos: Zipaquirá y Ubaté; el de Bogotá (Funza) y el de Chocontá, que en algunas épocas incluyó el Partido de Guatavita” (Velandia, 1978:59).
En 1759 la Provincia de Santafé estaba dividida en seis Corregimientos: Bogotá (Funza), Bosa, Cáqueza, Chocontá, Ubaté y Zipaquirá, en el último de los cuales estaba Chía.

– Siglo XIX
El movimiento independentista de España estuvo precedido en América por las rebeliones indígenas en Perú, comandadas por el inca Tupac Amaru (1740–1782), y seguidas por los Comuneros en la Nueva Granada. Cuando se dio el Grito de Independencia, el 20 de julio de 1810, en todos los pueblos de la Sabana fueron conformados contingentes que se unieron al Ejército Libertador; procedentes de Chía, por ejemplo, el día 26 llegaron a Santafé “40 hombres a caballo, mandados por el Alcalde Juan Bautista Montañés, y el Teniente de Indios” (Velandia, 1978:145).
Sin embargo, y aunque se habló de libertad después de 400 años de sometimiento por parte de los españoles, los indígenas no fueron tenidos en cuenta más que como soldados, pues la Independencia a la que se referían era a la de los hijos y nietos de los mismos españoles, los criollos, quienes habían heredado las tierras que antes eran de los indios. El 5 de julio de 1820, el Libertador Simón Bolívar ordenó devolver a los indígenas las tierras que formaban los Resguardos, labor de la que se encargarían los jueces políticos a fin de distribuir lotes por familias, en los que pudieran cultivar productos para su sostenimiento. El 11 de octubre de 1821, el Congresó eximió a los indígenas de pagar, durante cinco años, un tributo y derechos parroquiales, así como cualquier otra contribución civil.
En 1824 fueron establecidas las Misiones de la iglesia Católica, mediante las cuales ésta adelantaba labores de evangelización que incluían, además, la administración de las tierras de los Resguardos, acerca de los cuales debían informar a las autoridades civiles sobre el número de integrantes, costumbres y prácticas culturales. La Iglesia obtuvo después facultades extraordinarias para ejercer la autoridad de forma directa sobre los indígenas. En 1828, las parroquias fueron encargadas de recoger un tributo de tres pesos y cuatro reales al año, a cada indígena mayor de 18 años y menor de 50, que serían controlados mediante padrones actualizados cada lustro.
Posteriormente, los indígenas “debieron enfrentar las nuevas premisas jurídicas de la política republicana en pro de la extinción de los resguardos” (Wiesner, 1969:240), la que se produjo a raíz de la promulgación el 6 de marzo de 1832 de la Ley “sobre distribución de resguardos”, mediante la cual se asignaban “de 8 a 20 fanegadas de tierra para fomento de la misma población, vendiéndose o arrendándose solares para edificar en ellos” (Velandia, 1978:496).
Los linderos del Resguardo de Chía fueron establecidos el 17 de febrero de 1834. En copia expedida el 25 de abril de 1969, Alberto Carrasco Urdaneta, Notario Principal de Zipaquirá, dice: “En la Parroquia de Chía a las nueve de la mañana del día diecisiete de Febrero de mil ochocientos treinta y cuatro. Estando ya citados todos los Colindantes de estos resguardos, por medio de Oficios que les dirigí desde el día trece del corriente, con los que se les avisó que el día de hoy se practicaría la vista de hojos, y reconocimiento de los linderos de estos Resguardos; yo, Luis Rubio, Jefe Político de este Cantón, su salida a la hora dicha, asociado del señor Agrimensor, y testigos al expresado reconocimiento, y situándonos en el camino público que sigue de ésta parroquia hacia Zipaquirá, tomé por primer lindero la etancia de Canelón perteneciente al señor Nicolás Caicedo, cuya estancia está partida por este mismo camino; y mirando a Zipaquirá (sic) lo cruzamos sobre la izquierda, y seguimos una cerca de hoyos con dirección de Oriente a Occidente, dejando dicha cerca de sobre la derecha, la que divide estos resguardos con la estancia Canelón, y termina en Río Frío; pasado éste, lo seguimos aguas arriba dejándolo a la derecha, el que sigue dividiendo estos Resguardos con Canelón, hasta llegar a una cerca de hoyos que cae al mismo río, la que comienza a dividir estos resguardos con las tierras de fagua, pertenecientes al señor Justo Castro; y dejando ya el río, seguimos esta cerca que da a nuestra derecha, con dirección de Oriente a Occidente, hasta llegar a la puerta de teja, que sirve de entrada a las Casas de Fagua; de cuyo punto continuamos la misma cerca de hoyos dejándola a la derecha, con dirección de Norte a Sur, hastallegar a un punto la que esta cerca se halla cortada por otra de hoyos, que divide las tierras de Fagua, de las de Tíquiza, pertenecientes en el día al señor Juan Tobar; y continuando la misma cerca de hoyos que dejamos siempre a la derecha, con dirección de Norte a Sur, la que sigue dividiendo estos Resguardos son tierras de Tíquiza, hallamos que dicha cerca, termina con un pantano intransitable que queda dentro de estos resguardos; y habiendo descabezado el pantano, hallamos, una cerca de iedra, que principia en éste, cuya cerca, dejándola a nuestra derecha, con dirección de Norte a Sur, sigue dividiendo estos resguardos, con las tierras de Tíquiza, hasta el pié del zerro donde termina dicha cerca de piedra.- De este punto, subiendo línea recta hasta la cuchilla del zerro quedan las tierras altas de Tíquiza sobre la derecha y las de éstos resguardos a la izquierda, sin que entre estos dos terrenos se encuentre, otra división que una mala zanja que se ve en la mitad del zerro y que no llega a la cumbre divisoria. Siguiendo por la mitad de la cuchilla del zerro más alto, desde el punto en que se dividen las tierras de Tíquiza, con las de estos resguardos comienzan los linderos, con los vecinos de Tenjo, que son el serñor Fructuoso Duque; los herederos del señor Juan Nepomuceno Correa; los herederos del señor Javier Pulido, y el señor Dionicio García, estas tierras, quedan divididas, con los de estos resguardos, por la misma mitad de la cuchilla, y siguiendo esta de Norte a Sur, quedan a la derecha las tierras de los retenidos vecinos de Tenjo, y a la izquierda las de estos resguardos, las que terminan en un punto de la misma cuchilla, frente a la cerca de piedra que divide estos resguardos, con tierras del Noviciado, cuya cerca, se encuentra en la llanura, advirtiendo que las tierras altas del Noviciado, y las de estos resguardos, no tienen división alguna. Colocados en la llanura donde se encuentra la cerca de piedra de que hemos hecho mención, divisoria de estos resguardos, con tierras del Noviciado, pertenecientes al señor Justo Castro, seguimos dicha cerca, dejándola a nuestra derecha con dirección de Occidente a Oriente, la que termina en el camino de Cota, donde mandé fijar, una piedra muy grande con el número 1771; atravesando el camino de Cota, continúa la misma cerca de piedra, la que dejamos a nuestra derecha, dividiendo estos resguardos, con tierras del Noviciado, cuya cerca termina en Riofrío; pasando éste, lo seguimos aguas abajo, dejándolo a nuestra derecha, el que sigue deslindando estos resguardos, con tierras del Noviciado hasta al confluencia con el río Bogotá. Siguiendo éste aguas arriba, comienza el lindero de estos resguardos, con tierras de la Conejera, que pertenecen al señor Justo Castro, y están situada, al otro lado del río, el que seguimos siempre aguas arriba, dejándolo a nuestra derecha, hasta llegar a la entrada que hace la ciénaga del otro lado del río, cuya ciénaga divide las tierras de la Conejera, con las de Fusca nuevo, quedando las tierras de Fusca al otro lado del río; el que seguimos aguas arriba, hasta llegar a una zanja, y cerca de honcones que se vé al otro lado del río, la que divide las tierras de Fusca nuevo, con las de Hierbabuena, pertenecientes a los señores Marroquines. De éste punto que está muy cerca del puente del Común comienza el lindero de los resguardos, con tierras de Yerba Buena, que quedan al otro lado del río, y siguiendo éste aguas arriba dejando a nuestra derecha el Puente del Común, llegamos a una laguna que se encuentra de este lado del río. Llamada Río Viejo, donde por ésta parte concluyen estos resguardos, y el lindero con Yerba Buena. De éste punto, dejando ya el río, comienza el lindero de estos resguardos, con tierras de Calahorra, pertenecientes a los señores Uricoecheas que están divididas por el mismo río Viejo y por una cerca de hojos que comienza en este, lado que seguimos, dejándolo a nuestra derecha, hasta llegar al Camino del Común donde terminan las tierras de Calahorra. Atravesando dicho camino, encontramos otra cerca de hoyos frente a la que dejamos, cuya cerca divide estos resguardos con tierras de Canelón; hasta llegar al Camino de Chía al mismo punto donde se comenzó esta diligencia, que se concluido a las tres y media de la tarde, habiendo así todos los colindantes de Tenjo sin que por parte de ellos, ni otro alguno haya habido la menor contradicción.- (firmado) Félix Castro. (firmado) Luis Rubio. Testigos: (Firmado Natad Barragán.- Testigo, (firmado) J.. Man... Cabra” (Copia de la Escritura del 17 de febrero de 1834).
El 6 de abril de 1834 fue hecha por el mismo despacho la “Demarcación de Tierras del Resguardo de Indígenas de Chía”. Transcribo los principales apartes de la copia expedida por la Notaría del Circuito de Zipaquirá el 14 de abril de 1969 y firmada por el Notario, Alberto Carrasco Urdaneta, tras aclarar que dicha copia está incompleta en la medida en que parece no haber sido posible realizar al transcripción por dificultades en la interpretación del original:
“Como no se debe omitir en el expediente de la Distribución de un Resguardo de cuanto pueda condusir (sic) a facilitar su examen me ha parecido en el presente, hacer las indicaciones convenientes para el caso, sin las cuales tal vez serían necesarias para satisfacer dudas la viva voz del Agrimensor. En esta virtud paso a hacer las siguientes: En el terreno se encuentran cinco clases, a saber: 1ª clase la constituye el que se destinó para la escuela, al cual se agregó parte del de 2ª. Este tiene de 2ª clase, como aparece del plano, en partes está perfectamente seco y en partes es pantanoso, que se dice impropiamente seco, todo para que puedan entrar a él los Animales: ...la su parte contigua al de 2ª... que llaman el conrun, la parte que ocupa el río Viejo, y alguna parte de... El terreno de 3ª clase es el de... El de 4ª clase es otro terreno y cambian de..., pero que éste está verdaderamente seco; y el terreno de 5ª clase es una pequeña parte de cerro de mayor parte que es pura piedra. Bien se advierte del plano y de las diligencias de mensura, que la separación de estos terrenos unos de otros no está perfectamente demarcada por líneas materiales, que debían hecharse (sic) y por consiguiente la separación que tienen unos de otros es la natural, y las más, veces es caprichosa. Atendidas estas calidades de terreno, la deducción hecha por el de escuela, el que ocupan los caminos reales, el área de población y el número de indígenas que es el de 3695 partícipes, les venía a tocar a cada... la cantidad de 34 por 6 y ¾ al... 1817/4 que por supuesto debían deducirse de...; y como esta no es... conocida (sic) desde... fue necesario ser medida el que para evitar en lo posible una confusión y complicaciones. En este estado es de suponer que el valor... en... es el terreno de 2ª clase, es decir el número de varas es el de 8751 vara cuadrada. En el de 3ª clase un... son 9923 en el de 4ª clase, ...21731. Llamo de... comprende a un indígena sin familia y cuando en el cuerpo de la distribución se dice que un indígena le tocan partes... se entiende que son el de cada uno y los que constituyen en familia o personas que tiene a su lado en la lista, haciendo saber como que fueran sus hijos. Pregunta del terreno de 5ª clase que es la loma, del mismo plano se advierte que su valor en dinero son 116 por 3 y ¼ reales, y que su extensión o área solo comprende 232 fanegadas, tres estancias, dos celomines y una cuartilla. De aquí se infiere que materialmente no admite división este peñasco; y que su adjudicación en dinero o valor es tan insuficiente que solo les toca a un cuartillo 35/3691. En efecto, el único medio que había de adjudicarlo en alguna mediana regularidad, era entregándoselo a tres indígenas, la cual ya estaba dispuesto. Pero atendiendo a que oficialmente le consultó con el señor Jefe... por el Azaím y el Juez sobre esto mismo, y por que no ha recaído resolución alguna el medio cabildo encareció mucho la medida o dejado como en clase de comunidad y por no presentar cómoda división; pues además de ser tan pequeña la parte de que se trata las dos terceras partes, lo menor es piedra pura ya porque adjudicándolo a dos o tres individuos se le guía un perjuicio inseparable de comunidad. Manifestaron en fin que se les privara de la leña; y a otras utilidades; y por último ellos se hicieron responsables a esta parte de cualesquiera resultado. (...) En cuanto al terreno de 2ª clase y antes dicho que es pantanoso, en términos que cuando crece el río tienen que nadar los animales para salir del pozo que se forma; es pues necesario calcular la distribución de modo que en aquel terreno no llegase a hacerse una adjudicación de todo su haber en un... de forma porque no tendría derecho para una casa, y en esta virtud fue que a varios padres de familia que recibían terreno de labor, se les dejaba para completarles su haber; un año, dos, tres... en el pantano, siendo esta una de las razones que se tuvieron presentes, para haber... la adjudicación en valor solamente pero una vez que esto no pudo conseguirse se procedió a la adjudicación material (...) figurándose que la tierra de 2ª clase debía quedar perfectamente en común, formar un cálculo de modo que a cada indígena le tocaron 7673 v.c. de la de 3ª clase reservándose 2250 para parcelas en terrenos del de 2ª (...) a todos y cada uno de los que entregó el... tuve que consultarles su haber, unos en terreno de 3ª clase y otro de 1ª y de 2ª y algo en las de 4ª clase... de todas clases total: 3872 y 343 ½ v.c.” (Demarcacion de Tierras del Resguardo de Indígenas de Chía).
En el ámbito nacional, bajo el gobierno de José Hilario López fue expedida en 1850 la Ley 22, que levantó el régimen de excepción al que los Resguardos estaban sometidos desde 1837 y que “los protegía del repartimiento, reducido el arrendamiento de tierras a tres años, eliminado el pago de mejoras y prohibido enajenar los predios antes de 20 años” (Wiesner, 1969:240). Se buscaba, aparentemente, romper los lazos con la normatividad colonial y la organización eclesiástica a fin de mejorar la productividad de las tierras, pero esto hizo que los indígenas “debieron optar por pauperizarse hasta desaparecer físicamente o asalariarse en forma definitiva, como peones del campo o proletarios urbanos en Santa Fe de Bogotá. Los demás (70%), que permanecieron en sus tierras, entraron en una nueva simbiosis con los vecinos-campesinos del lugar, pero guardando algunas pautas y tradiciones asociadas en un complejo sincretismo a las nuevas normas y valores sociales” (Wiesner, 1969:243).
El Código de Régimen Político y Municipal de Cundinamarca, expedido el 16 de octubre de 1858, estipuló en su artículo 319 que “Los solares y huertas de que hayan estado en posesión los curas en las áreas de población pertenecientes a resguardos que fueron de indígenas, no podrán enajenarse ni aplicarse para otro objeto” (Velandia, 1978:497). Sin embargo, muchas de dichas áreas fueron arrendadas, cedidas o vendidas, por lo que los resguardos se redujeron y a finales del siglo xix la mayoría de ellos habían desaparecido, y la mayoría de títulos originales de propiedad se perdieron, lo cual dio origen a otro tipo de pleitos que aún subsisten al comenzar el siglo xxi.
En Cota, vecino a Chía, el resguardo fue reconstituido el 5 de junio de 1876, con la compra de un terreno en el Cerro del Majuy, con los dineros recaudados entre todos los comuneros producto de la venta de algunos semovientes y tierras en otros lugares del municipio.
La Ley 89 de 1890 reconoció la existencia de Resguardos y Cabildos y, al mismo tiempo, pretendía cerrar el ciclo de la incorporación de los indígenas a la cultura occidental.
En 1905 fue promulgada la Ley 55, “en la que la nación ratifica y confirma la declaración judicial, de estar vacantes globos de terrenos conocidos como Resguardos Indígenas, así como también las ventas de ellas efectuadas en subasta pública, y reconocide como título legal de propiedad de esos terrenos el adquirido por sus rematadores” (Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra, 1999:4).

– Don Pioquinto Cojo y los Comuneros
Amparada en esa Ley, la Alcaldía de Chía dispuso la venta en subasta de lo que consideraba ejidos en los cerros occidentales del municipio. En efecto, el Concejo Municipal expidió los Decretos 06 de 1906 y 05 de 1907 sobre venta de los ejidos municipales, para lo cual, a principios de 1908, delegó en el Pesonero, Roberto Montaño M., la responsabilidad “para que inicie, siga y termine las diligencias correpondientes para la venta en pública subasta de los ejidos municipales” (Expediente de remate de los ejidos, p.8). Sin embargo, y para fortuna de los indígenas, Montaño no actuó con prontitud en la realización de los avalúos, lo que le valió un llamado de atención del Concejo (Idem, p. 12).
El 27 de noviembre de 1908, una comisión conformada por Manuel Melo, Bonifacio y Antonio Garzón se trasladó “al puente donde empieza la servidumbre que se deslinda, el cerro con los resguardos de indígenas del Municipio de Chía, y a nuestro leal saber y entender parece que al empezar la línea de servidumbre en el terreno de la señora Petronila Sánchez y las paredes que sercan (sic) dicho terreno están siete tapias de frente que obstruyen la servidumbre hacia el Norte y cinco hacia el Sur y de un (...) todas las paredes que cercan el terreno por Occidente, están por la servidumbre, como también las Paredes que cercan el potrero de la señora Dolores Sánchez Leaño, están construido por la servidumbre, pues debieron salir con las paredes que cercan el potrero de Manuel Cifuentes que parecen estar bien, esto al llegar al camellón que designamos con el nombre de ‘Lancheros’ por estar la casa de éste situada donde termina la servidumbre que hasta aquí hemos señalado: la servidumbre o línea, de deslinde hace una cuerva hacia el Occidente, pasado ahora por arriba de la casa de Lancheros hasta dar al camellón que termina los de ‘Andrés Reyes’ (siguiendo de ahí, hasta dar al camellón) quedando dos estancias y de Camellón a Cemellón arriba de la servidumbre que pertenece al señor Goenaga o Afranio Cepeda y a Andrés Reyes, y creemos que en la estancia de Cepeda o de Goenaga han estado unas tapias por bastante más arriba de donde creemos que pertenece al cerro. Del Camellón de eyes hacia el Sur hay una estancia de Valeria Rojas y por en medio de esta estancia y la de Andrés Reyes sube la servidumbre pasando por detrás de un cerrito donde está la Conejera del Municipio hasta llegar a la casa de Juana Forero de Mirque, quedando en la parte de abajo, el terreno que se dice vendió el Señor José Antonio Tenjo al Señor Eloy Castro, hoy de Juana Forero de Mirque, hasta llegar al camellón que sube hasta el punto denominado ‘Los Lancheros’, bajo un poco hacia el Oriente y vuelve la servidumbre a la casa de Luis Forero y de ahí al límite de la hacienda del Noviciado, y pasando por tras de la casa de Francisca Melo, a dar a un salvio que está en la cerca de piedra y que dejamos marcado. –Entre paréntesis= ‘Siguiendo de ahí hasta dar al camellón’ –no vale–”. (Idem, pp. 13-14).
El 25 de enero de 1909 se hizo “la práctica de la diligencia de avalúo de los 6 ejidos Municipales en cumplimiento de la Comisión conferida a este Despacho por el Juzgado 5° del Circuito de Bogotá” (Idem, p. 16), de la siguiente manera: “en el punto denominado ‘Fonquetá’ =Lote N° 1– Del salvio que se halla en la cerca de piedra, hasta dar a una piedra grande que dista diez metros del camino público, demarcados por los linderos siguientes: por el Oriente, con terrenos de Román Sánchez, Jesús Triviño, Francisco Melo y Anastacio Garzón; por el Norte, con el lote N° 2(Dos) y por el Sur, con la Hacienda del ‘Noviciado’. Este lote tiene cuatrocientos metros de base quebrada y fue avaluado en la suma de ochenta pesos oro ($80). =Lote N°2– Linda por el Oriente con terrenos de Anastacia Garzón –Plazuela de agua, Luis Forero, Rosalía Martínez y Antonio Garzón, Sur, con el Lote N° 1, Norte, CON el lote N° 3. Este lote mide ciento sesenta y cinco metros de base quebrada y fue avaluado en la suma de sesenta pesos oro ($60) –Lote N° 3– Linda por Oriente con terreno de Agripina Agudelo; Sur, con el lote N° 2 y Norte con el Lote N° 4 –Mide ciento cincuenta metros de base quebrada y fue avaluado en la suma de sesenta pesos oro ($60)= Lote N° 4– Linda por el Oriente, con terrenos de Agripina Agudelo, Pedro Alcantar Arriero, Santiago Villalobos y cabeza de servidumbre que conduce al Camino público; norte, con terrenos de Gregorio Gracia, Avelino Mirque y el lote N° 5= Sur, con el lote N° 3– Este lote tiene cincuenta metros de base quebrada y fue avaluado en la suma de docientos pesos oro ($200)– Lote N° 5 Linda por el Oriente, con terreno de Avelino Mirque, Sur, con el Lote N° 4 y Norte, con el lote N° 6– Este Lote mide docientos metros de base quebrada y fue avaluado en la suma de treinta pesos oro ($30)= Lote N° 6– Este lote linda por el Oriente Avelino Mirque; Sur, con el lote N° 5 y Norte, con el lote N° 7– mide docientos veinticinco metros de base quebrada y fue avaluado en la suma de cuarenta pesos oro ($40)= Lote N° 7– Linda por el Oriente con terrenos de Hermiengilda Bojacá, Obdulio Garzón, Secundino Garzón, Belén Rojas, Andrés Reyes, servidumbre pública, al medio, y María Cojo. Sus, con el lote N° 6 y Norte con el Lote N° 8.– Este lote mide ciento cincuenta metros de base quebrada y fue avaluado en la suma de ochenta pesos oro ($80)– Lote N° 8– Linda por el Oriente, con terrenos de Andrés Reyes, José Manuel Goenaga y lote N° 9. Sur, con el lote N° 7, y Norte, con el lote N° 10, cañada arriba hacia Occidente hasta dar con el boquerón de Tenjo. Tiene éste lote doscientos ochenta y cinco metros de base quebrada y fue avaluado en la suma de docientos pesos oro ($200)– Lote N° 9– Ocupado por el Señor José Manuel Goenaba que tiene una área aproximada de media fanegada de tierra, linda pro el Sur y Occidente con el lote N° 8, Oriente, con terreno del Señor Manuel José Goenaga y Norte, con el lote n° 10, Zanja almedio, avaluado en la suma de cuarente pesos oro ($40)– Lote N° 10– Linda por el Oriente con terrenos de PedroSocha y Dolores Sánchez, Lote N° 8 y 9, José Manuel Goenaga y Frutoso Lancheros, y Norte, con el lote N° 11– Este lote mide doscientos ochenta y cinco metros, de base cuadrada y fue avaluado en la suma de ($40) cuarenta pesos oro.– Lote N° 11– Linda por Oriente, con terrenos de Mercedes Martínez y Petronila Sánchez y por el Norte, con la Hacienda de Tíquiza, sirviendo como lindero por éste costado una zanja que baja de la cumbre del cerro. Este lote se reserva el Municipio y no fue medido ni avaluado. Los demás lotres dan un total de Ochocientos treinta pesos oro= Todos lo lotes, exclusive el N° 9 limitan por el Occidente con la cuchilla del cerro que separa el Municipio de Chía con el de Tenjo y por la base del cerro entre cada uno de los lotes y según las medidas indicadas se pusieron mojones de piedra que desde esos puntos deben guardar paralelos hasta la cima del cerro.= Los ejidos están separados de la comunidad de indígenas por una servidumbre que se extiende de Norte a Sur” (Idem, pp. 17-18).
Como puede verse, se trata de los mismos terrenos que hoy ocupa el Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra. En septiembre de 1910, el Concejo le comunicó al Alcalde la necesidad de “suspender el remate de los ejidos Municipales por haberse presentado la comisión de los Comuneros de Fonquetá reclamando tener derechos a dichos Ejidos” (Idem, p. 23). En la reclamación participaron Pioquinto Cojo y Enrique Ramírez. El 4 de noviembre del mismo año se reabrieron los remates y finalmente fueron “adjudicados al Señor Ramón Quecán por la cantidad de trecientos veinte pesos oro ($320) los lotes números 1°, 2°, 3° y 4° situados en este Municipio y por los linderos expresados; y al Señor Apapito Cepeda los lotes números 7°, 8°, 9° y 10° situados en este Municipio y por los linderos expresados y por la cantidad de docientos ochenta y ocho pesos oro ($288)” (Idem, p. 38).
Sin embargo, Pioquinto Cojo y Enrique Ramírez, asesorados por el abogado Antonio M. Ocampo, continuaro el pleito, que fue ganado en septiembre de 1911.
Rosalbina Cojo Poveda nació en 1901 y falleció poco antes de cumplir los 100 años. Cuando celebró los 98 años de vida, narró la recuperación del terreno donde hoy está el Resguardo en las veredas de Fonquetá y Cerca de Piedra, que antes eran una sola:
“Yo nací en la pura Fonquetá, porque Cerca de Piedra era más allá. En La Lucerna, de ahí para adelante fue donde yo fui nacida. Mi papá se llamaba Pioquinto Cojo, él fue quien logró recuperar para la comunidad indígena todos los terrenos donde está asentado el Resguardo. El tenía sus animales, ganado, ovejas, de todo, no valía mucho pero vendía y por allá consiguió su abogado, un señor Antonio M. Ocampos, y él ganó ese pleito. Cuando vino él yo estaba puro pequeña, pero yo recuerdo: llegó como a las 11 de la mañana hasta que le dio almuerzo aquí en el pueblo y se fueron para el cerro. Nos juntamos unos cinco chinos y nos fuimos detrás a mirar. Nos hicieron quitar y a lo que el primer juramento que le tomaron a él, allí en la esquina de La Pichonera, que llaman, nos hicieron quitar pero por allá detrás de unas matas de uvo vimos cómo lloraba él para dar su juramento. El lo distribuyó entre todos los Comuneros. El día del entregue midieron esa parte del cacho alto de allá. Quedó de dueño mi papá y entonces le dijeron los que eran de la comunidad que vendiera y dijo que no. No había gastado nada porque eso era para los Comuneros de la vereda. En el Resguardo no había árboles: había las matas del cerro. Ahora es que hay árboles porque los han puesto. No era como ahora que hay eucalipto, pino y todo eso. Había unas maticas de uvo que daban tantas uvas chiquiticas, era lo que había por allá arriba, todavía hay. En ese tiempo lo criaban a uno con sopa, mazamorra, maíz tostado, fríjol tostado, cebado, no había arroces como ahora. Lo vestían a uno con un pedazo de costal. En esos tiempos no había, como ahora, ropa y zapatos, rompían una ruana y lo cobijaban a uno. (...) Mi padre les repartió a los más pobres de la vereda. Como él se murió lo cogió otro señor. Cuando él murió yo ya era casada. Me casaron de 18 años, con Honorio Ramos Calderón. El era de Chía y yo era de allá detrás de la vereda. Hubieron siete hijos, hay tres muertos. Si yo tuviera salud, me gustaría estar allá en el Resguardo, con mis sementeras, porque allá está a pedazos, vuelto potrero. Tendría mis animales: vacas, un burro. Cuando hay juntas yo voy por allá y oigo lo que hablan, no más. Porque yo no les hablo de nada de eso ni ellos me hablan a yo. Sino que oigo lo que dicen. Que guarden el Resguardo le diría a la juventud, que lo conserven, porque qué más” (Correa Correa, 1998:12).
En el pleito habían aportado copias de las diligencias desde febrero de 1834 hasta marzo de 1839 expedidas por la Notaría de Zipaquirá. El Juzgado 4° de Zipaquirá hizo entrega del Resguardo el 23 de septiembre de 1911 y posesionó a Pioquinto Cojo como Administrador general “para que de acuerdo con su honorable comitiva hicieran entrega a cada comunero de una parcela y sus respectivos reglamentos” (Vargas, 1999:2).
Don Pioquinto Cojo fue nombrado Administrador por parte del Juzgado Cuarto del Circuito de Bogotá, según consta en el siguiente documento que transcribo textual, por considerar importante no sólo en la medida en que se hace el reconocimiento legal, sino la relación de los comuneros que participaron en la diligencia y lo designaron por unanimidad:
“El veintitrés de septiembre de mil novecientos once, a las once de la mañana, los suscritos Juez y Secretario, en asocio del doctor José Ignario Ramírez, nos pusimos en marcha hacia la vereda de ‘Fanquita’ (sic) del municipio de Chía, de la jurisdicción de este Circuito, con el fin de verificar la entrega del predio común al administrador nombrado, señor Enrique Ramírez. Una vez en el predio materia de la entrega, y no habiendo concurrido el citado administrador y estando presentes la mayor parte de los comuneros, manifestaron al señor Juez que ratificaban la petición hecha en el memorial de cinco de junio último para que se declare insubsistente el nombramiento de administrador hecho en la persona del señor Enrique Ramírez y que se aceptara el nombramiento que hacían por unanimidad en el señor Pioquinto Cojo. El señor Juez aceptó la petición y al efecto declaró la insubsistencia del nombramiento del señor Ramírez y nombró administrador provisional mientras se ratifica o se hace en propiedad en la forma legal, al expresado señor Pioquinto Cojo, designado por los comuneros, que concurrieron y suscriben la presente diligencia. Presente el señor Pioquinto Cojo, manifestó que acepta el cargo, y el señor Juez le recibió el juramento legal de cumplirlo bien y fielmente según su leal saber y entender. Acto seguido el señor Juez, administrando justicia en nombre de la República y por autoridad de la ley, hizo entrega real y material al administrador señor Pioquinto Cojo de la finca que constituye la comunidad, que está situada en el municipio y vereda antes indicados y demarcada por los siguientes linderos: por el Sur, con la hacienda de ‘El Noviciado’; por el Oriente, con propiedad de los herederos del señor Guillermo Segura, Román Sánchez, Jesús Triviño, Abdón Fajardo, Francisco Melo, Carlos García, Jorge Pineda, Gregorio Forero, Jesús Martínez y otros, por el Norte, con la hacienda de ‘Tiquizá’ (sic); y por el Occidente, con terreno de Eliceo Forero, herederos de Ignacio Forero y de Clito Correa, de Rafael Correa, Benicio Forero y de Antonio y Abelardo Pulido. El administrador se dio por recibido de la finca, se citó a los colindantes que estuvieron presentes en el acto de la diligencia. En constancia se firma esta acta por los que en ella intervinieron. Joaquín Rojas R. Pioquinto Cojo. José Ignacio Ramírez. Sixto Sánchez. Hermógenes Villalobos. Francisco Arriero. Por mí y a ruego de mi padre Alejo Quecán, Miguel A. Quecán. Por mí y por Santiago Villalobos, Pedro Pareda. Andrés Villalobos. Abdón Sánchez. Isaías Socha. Lisandro Socha. José Bojacá. Pedro Socha. Eliécer Reyes B. Por mí y por Elías Quecán, José del C. Bastidas. Pedro Ignacio Socha. Nicolás Quecán. Fidel Canasto. Pablo Garzón O. Andrés Mirque. Ramón Sánchez. Honorato Garzón. Manuel Socha. José Bojacá. Antonio Bojacá. Marcos Tovar. Juan Bojacá. José M. Bosa. Juvenal Bosa. Antastacio Garzón. Andrés Reyes. Esteban Doblado. Faustino Cifuentes. Ismael Ospina. Emiliano Bojacá. Agustín Garzón. Moisés Bojacá M. Emilio Vargas. Juan Bautista Socha. David Suesca. Pedro Guaba. Crisóstomo Vargas. Gaspar Villalobos. Por mí y por Eusebio Sánchez, Ignacio Sánchez. Ignacio Amaya. Raimundo Vargas. Nepomuceno Hinestrosa. Andrés Sánchez. Sebastián Villalobos. Rafael Martínez. Vicente Martínez. Rafael Pachón. Marcelino Bojacá. Ignacio Guaba. Servando Rodríguez. Angel M. Rodríguez. Luis Rodríguez. Ricardo Socha. Luis Alberto Socha. Luis Antonio Socha. Alejandro Garzón. Amelio Bojacá. Félix Arévalo. Honorio Poveda. Tomás Poveda. Ubaldo Bojacá. Nepomuceno Cojo. Olegario Socha. Januario Rodríguez. José Mora. Ananías Bastidas. Graciano Arriero. Abelardo Martínez. Isidro Quecán. José Cojo. Pablo Romero. Carlos Melo. David Vargas. Emiliano Bojacá. Román Romero. David Vargas. Por mí y por Primitivo Bojacá, Pedro Sánchez. Por ruego de Antonio Cantor, Ignacio Cojo. Evangelista Cojo. Antonio Bojacá. Pedro Crisco. Justo Canasto. Julio Sánchez. Francisco Vargas. Rafael Bojacá. Enrique Bojacá. Gregorio Rodríguez. Arístides Garzón. Julio Doblado. Juan Perea. Isidro Perea. José Ramos. Carlos J. Socha. Cupertino Doblado. Luciano Canasto. Milcíades Pedraza. Román Garzón. Luis A. Villalobos. Isidro Villalobos. Arnilio Balbuena. Vicente Moncada. Luis Romero. José. M. García. Vicente J. Quintero. Antonio M. Socha. Celestino Rodríguez. Avelino Mirque. Casimiro Sánchez. Francisco Bosa. Pedro P. Bosa. Avelino Rodríguez. Dolores Socha. Trinidad Rojas. Rosa Bosa. Simona Bosa. Ana M. Rodríguez. Celestina Sánchez. Juliana Moral. Dionicia Cojo. Coca. Rosalba Martínez. Cipriana Castro. Natalia León. María Martínez. Ramona Rodríguez. Mercedes Doblado. Concepción Sánchez. Margarita Martínez. Felipa Amaya. Dolores Mora. Tránsito Socha. Claudia Socha. Dolores Socha S. Tránsito Socha. Sagrario Socha. Luisa Guatame. Mónica García. Isabel Socha. Marta Rodríguez. Tomás Bejarano. Bichi Hinestrosa. Delfín Bojacá. Melitón Gómez. Visitación Cristancho. Nicasia Amaya. Anselma Reyes. Magdalena Quintero. Por ruego de todos ellos Antonio María Campesino. Isaura Torres. Por sí y a ruego de Brígida Tenjo, Paulina Quecán. Rosa Bojacá. Juan y Rudesindo Bastidas. Francisco Rodríguez. Francisco Arriero. Casimiro Bosa. Federico Jaramillo C. Srio. Ppd. Bogotá, julio primero de mil novecientos doce. (Firmado) Federico Jaramillo C. Srio. Ppd.” (Copia de las diligencias promovidas por los señores Pioquinto Cojo y Enrique Ramírez, con el fin de que se nombre administrador de una comunidad en Chía).
Puno Cojo, sobrino de Pioquinto, cuenta que “él, al ganar el pleito, repartió este cerro para todos los que le aportaron moneda para pagar ese pleito. Fue de un corazón, una conciencia limpia, porque él al ganar ese pleito había podido vender esta finca porque él la ganó y pudo haber dejado a los que le colaboraron sin nada. Que Dios lo tenga en el reino de los cielos, que repartió este pan que se ganó y con los que le colaboraron, a cada uno les dio una parcela, un lotecito que consta de cuatro costados de 50 metros. En seguridad, para cada cual, cada comunero, le hizo un documento con las siguientes cláusulas: primero, ese lote se lo entregaba para trabajarlo, agricultarlo, hacer su casita; segunda cláusula, el propietario no podía empeñarlo ni venderlo ni hipotecarlo en ningún sentido, porque estas tierras no se pueden hipotecar ni vender; tercero, al no tener salud para trabajarlo, podía arrendarlo a los mismos Comuneros o, si no, arborizarlo en hocal, en matas que fueran para su provecho en su vejez. Tenía también las costumbres de que no se podía vender a personas distintas; cómo serían de estrictos, que no podían meter gente de fuera, de los de abajo, si no vendían las pastadas a los mismos comuneros; cuarto, el que fuera a irrespetar a los compañeros, a los mismos Comuneros, él perdía el derecho de pertenecer a la comunidad, ¿sí o no es así? (...) Antiguamente todo el que recibía venía el Administrador, le marcaba los cuatro puntos, los hacía cercar en fique y para prueba ahí están las matas de fique para cercar eso. El que recibía el lote, en agradecimiento mandaban en ese tiempo la bebida especial: era el vino de tusa. ¿Lo conocen o no?*. El asado, la papa salada, el ají, la gallina, hacían una fiesta en agradecimiento de que recibían esas varas de tierra y ahí mismo ellos sí no eran perezosos, sino a trabajar y era donde pasábamos los lunes, que era el día más bonito ayudarle al compañero a romper ese lote y a sembrar y mande por la chicha y tome contentos” (Taller de recuperación histórica).
Transcribo –con la ortografía original– el documento de adjudicación fechado el 11 de octubre de 1922, que siguió el mismo modelo para las demás adjudicaciones:
“El precente documento ace costar que yo Pioquinto Cojo mayor de edad y vecino del municipio de Chía como Administrador de la Comunidad de indígenas de la vereda de Fonquetá autorizado por el señor Juez 4° del Circuito de Bogotá en la entrega y pocesión que iso a dicha Comunidad el dia veinti tres de Setiembre de mil novecientos once y de acuerdo con la honorable junta directiva de la misma Comunidad, pocesioné a Andrea Socha de Vargas también mayor de edad y de la misma vecindad en un lote de terreno ubicado en el partido de Fonquetá jurisdicción perteneciente al municipio de Chía que mide por todo costado cincuenta metros demarcado con los siguientes linderos: por un costado con lote de Francisco Vargas y Rita Villalovos de V. y por otros dos costados con la Comunidad y por el último costado con propiedad de erederos del señor Antonio Pulido servidumbre al medio este lote se le adjudica a la señora Socha de V. es para que lo trabaje y siembre arboles que le combengan y obligandoce con el administrador a cumplir las Clausulas siguiente: Primera que pagara una cuota de diez centavos cada ceis meses derechos para ayuda del pago de impuesto predial o para cualquier otro gasto que aiga que acer para la vuena marcha del inmueble. Segunda que si no lo pudiere trabajar por causa de algún impedimento poodrá arrendar con el permiso del administrador. Tercera que no tendrá derecho a venta ni ipoteca ni empeño por ser parte de una Comunidad y que después de su fallecimiento pasará dicho lote a quienes la rreprecentan quedando obligados a cumplir con dichas dispocisiones ya estipuladas y además se agrega que para los efectos fiscales de común acuerdo an estimado el precio de este lote por la suma de treinta pesos oro legal moneda corriente ($30) así se compromete la señora Socha de V. a cumplir con las dispocisiones ya indicadas y firma junto con el administrador el precente documento por ante testigos en Chía a once de Octubre de mil novecientos veinte dos.
“El administrador Pioquinto Cojo
“Por ruego de Andrea Socha de V., Graciano Arriero” (Documento de adjudicación del lote N° 133).
Ana Susana Coca, quien nació en 1923, afirma que “trabajaban día y noche para poder hacer el ranchito para vivir y ellos fueron los primeros habitantes del cerro, hicieron su casita y fueron los primeros habitantes, en seguida el difunto Modesto, en seguida el difunto Pacho Rodríguez y el difunto Hermógenes, y tantas viviendas de ese lado” (Taller de recuperación histórica).
Se hicieron algunas construcciones que fueron luego arrendadas a familias que no eran comuneras, lo cual motivó la toma de medidas drásticas. Es ejemplo de ello la sustentación hecha en la junta directiva del 22 de julio de 1993, en la que se presentaron “peticiones de adjudicación por personas que no son indígenas de Chía, a lo que contesta al Administrador ‘Esto es una comunidad de Indígenas de Fonquetá, por lo tanto no se puede’. Con esto queda ratificada la Ley que los que son nacidos y criados en otros pueblos no pueden ser parte de esta comunidad” (Libro de Actas del Resguardo, p. 83).
Lamentablemente, parece que fue una práctica común, lo cual “nos acarreó varios problemas que en este momento estamos solucionando, no queremos volver a caer en estas cosas y por eso se critica mucho esta administración, porque hemos sido de mano dura, porque hemos querido imponer disciplina, necesitamos poner orden en la vivienda, en la construcción, es que no hemos aprobado lotes que estén muy mal ubicados por dificultades de acceso para servicios. Cómo va a ponerse uno a autorizar que construyan si eso puede acarrear serios problemas de acueducto y alcantarillado, de contaminar, de basuras, del agua. Hay que ver las cosas, si vamos a causar un mal o vamos a hacer un beneficio. Además, el gran problema, el más difícil, es que no hay terrenos accequibles para la gente, porque todo el mundo lo pide es para hacer vivienda, no es que sea para agricultar, sembrar árboles o reforestar, no. Sino que la mayoría es porque quiere un lote. Es más, un asunto crítico y que ahorita es muy problema, que nos tiene contra la pared, porque la gente lo toma como un negocio y no lo es, porque construyen cualquier casa y la arriendan, y fuera de eso la arriendan a personas que no pertenezcan al Resguardo. Eso es lamentable. Si en verdad lo quieren y lo van a tomar para hacer su casa, es para que viva el comunero o su familia, pero no para hacer negocios, porque esa no es la filosofía nuestra. Y por eso nos están criticando demasiado, pero vamos a seguir mientras estemos al frente, va a seguir la mano dura porque hay que poner orden y la disciplina a nadie le gusta” (Entrevista a Pedro Socha).

– La lucha por el resguardo de Fonquetá y Cerca de Piedra
“El principal elemento es nuestra existencia. Uno tendría la duda si fuera una organización. Pero es una existencia, un asentamiento”.
Marina Cojo de Bernal, Gobernadora


Desde finales del siglo xx, y dentro de los imaginarios generales, “la extinción de los Muiscas se da como un hecho cumplido, pero aún es posible reconocer entre el campesinado de la región, algunas permanencias étnicas y culturales. El caso más notable lo constituyen las comunidades indígenas de Resguardo que subsisten en las municipalidades de Cota, Chía, Tenjo, Suba, Engativá, Tocancipá, Gachancipá y Ubaté” (Wiesner, 1996:197).
Después de 500 años de sometimiento, de reducción del territorio, de las disputas legales de principios del siglo xx, los indígenas Muiscas de Chía siguen aferrados a su territorio. Creían que los títulos otorgados a Pioquinto Cojo en 1911 eran suficientes, así como el reconocimiento que tenían de la Alcaldía Municipal y la Gobernación de Cundinamarca. Sin embargo, y a raíz de la expedición de la Constitución Política Nacional en 1991, “cuando se adquirió cierto estatus por las comunidades indígenas que participaron en esta Constituyente, elaborando la Constitución de 1991, el mismo gobierno quiso reivindicar –ese es un término que trae muchas consecuencias, ha beneficiado y ha perjudicado– a las comunidades. Ese proceso de legalización se da desde ese momento porque el gobierno necesita que los Resguardos y los terrenos indígenas, las comunidades indígenas, adquieran un estado legal para, en cierta forma, apoyarlos con el mantenimiento de sus territorios y sus costumbres, usos, su tradición oral, pero a la vez aportarles económicamente algo para su sostenimiento, y que también tengan su plan de vida y se integren como un modelo que en un futuro sería interesante seguir, porque todos desconocemos la sabiduría inmensa que guardan las comunidades y los Resguardos en su proceso de manejo de su territorio, y su tradición oral, y su medicina tradicional, y en sus costumbres que la honda espiritualidad que es básico, el respeto por la Madre tierra, cosas que son tan básicas y elementales que nos han llevado a tantas dificultades” (Entrevista a Pedro Socha).
El proceso de legalización “debemos hacerlo y que se titule en el Incora ese territorio como Resguardo, porque siempre se ha manejado como territorio común. La lucha más grande es esa, que mantengamos ese territorio incólume, porque se ha luchado desde la colonia, se ha luchado por todos los medios, los gobiernos, las alcaldías, en épocas anteriores, para que desaparezca esto y poder venderlo, hacer escrituras y que se llene esto de grandes mansiones, y fincas, y sacar de allí a todos los pobres. No es nuestra meta y por eso estamos luchando tanto, para que ese territorio permanezca incólume. Es la principal causa. A nosotros no nos trasnochan, sinceramente, las transferencias, eso lo hemos dicho al Ministerio del Interior, que ya toque por ley que las den, que son recursos y transferencias de la Nación que está aprobado por ley, tampoco se puede rechazar, pero si es el momento que nos reconozcan nuestro Resguardo, y nos lo titulen. Así nos digan ‘no les vamos a dar transferencias’, no es óbice para que nosotros lo aceptáramos a ojo cerrado” (Entrevista a Pedro Socha).
Se iniciaron las gestiones pertinentes ante el Incora y el Ministerio del Interior a través de la Dirección General de Asuntos Indígenas, dgai, a fin de obtener el reconocimiento, no como pueblo indígena, sino como Resguardo, tras aclarar que en la actualidad no están interesados en entrar en conflictos con particulares que figuran como propietarios de terrenos que en épocas anteriores fueron de la comunidad. “Hemos hablado con el Ministerio del Interior, que es necesario hacer ese proceso de reivindicación de territorio porque pueden ser poseedores de buena fe, pero son terrenos que pertenecían al Resguardo y que deben regresar a la comunidad” (Entrevista a Pedro Socha).
Según la ley, para el reconocimiento de un Resguardo se requiere que haya la conjugación de tres elementos: territorio, autoridad e historia, los cuales, a mi parecer, reúne completamente la comunidad indígena de las veredas de Fonquetá y Cerca de Piedra.

• El territorio
“Yo soy indígena porque vi que la tierra nos quitó el hambre, que la tierra daba comida, había buena gente, buen ganado, marranos, gallinas, por eso soy indígena y quiero mi tierra. Por el valor de la palabra. Y papá decía también: ‘miren, mijos, otra cosa que les aconsejo es que nunca vayan a dejar escriturar el cerro, eso es de ustedes, de todos nosotros, el que no tenga ayúdenle, pero nos se vayan a dejar, porque vienen y les quitan. Eso es de ustedes, eso es de nosotros’”
Leonor Vargas de Díaz

Según una certificación expedida por la Secretaría de Hacienda del Municipio de Chía el 29 de enero de 1997, “en esta dependencia aparece el predio identificado con el número catastral 00-00-0002-0572-000 de propiedad de la comunidad de indígenas de Chía ubicado en la vereda Fonquetá distinguido con el nombre Cerro de la Comunidad”.
Se trata del predio heredado por Pioquinto Cojo a todos los indígenas Comuneros que desde entonces, generación tras generación, han trabajado la tierra, pese a que especialmente la última generación parece haberse alejado, deslumbrada por los espejos de la civilización occidental, igual a como hace 500 años los españoles engañaron a los Muiscas.
Las adjudicaciones, ya se ha dicho, fueron hechas a las familias que lucharon por evitar el remate de lo que el Municipio de Chía consideraba como ejidos. Cada Comunero paga $1.000 anualmente por el predio que le haya sido adjudicado, dinero con el que se realizan todas las actividades del Resguardo, además del obtenido por concepto de certificaciones ($3.000) y elaboración de documentos ($5.000), cifras realmente ínfimas actualmente.
Luego de que la Alcaldía Municipal incumpliera en varias oportunidades para colaborar en el levantamiento topográfico, las directivas del Resguardo adelantaron gestiones ante la Gobernación de Cundinamarca y es así como este requisito fue alcanzado completamente y entregado al Incora para su revisión. Debido a nuevos requerimientos de dicha entidad, en la actualidad se realiza la actualización respectiva.
En la actualidad los habitantes del Resguardo se rigen por los estatutos definidos el 12 de octubre de 1973, para la Comunidad Agrícola y Minera de Fonquetá ‘La Valvanera’, que siguen los preceptos trazados por los primeros Comuneros, y que en su primer capítulo dicen:
“Art. 1. La tierra, propiedad de la Comunidad, sólo puede ser repartida por el cabildo a los Comuneros y sus descendientes.
“Art. 2. El Comunero a quien se le entregue la tierra, no es dueño de ella sino mero usufructuario y por tal motivo no puede realizar ninguna negociación con ella. Quien la realice comete una estafa sancionada por el Código Penal.
“Art. 3. Las tierras de la Comunidad no pueden venderse, regalarse, cambiarse o hipotecarse.
“Art. 4. Quien venda las tierras de la Comunidad, las hipoteque o las regale pierde el derecho sobre ellas y la Directiva las adjudicará a los Comuneros que la necesiten para trabajarlas.
“Art. 5. Quien se ausente de la Comunidad fuera del país, por el término de cinco años, pierde su derecho a la tierra de la Comunidad y no podrá ser incluido en el Censo.
“Art. 6. Ninguna persona puede tener más de un lote ni una familia más de dos. Los lotes que queden de los padres serán adjudicados a los hijos menores y a los mayores que no tengan lote.
“Art. 7. La Dirección de la Comunidad puede dar en arrendamiento aquellas tierras que permanezcan en común, por el término de un año, prorrogable a voluntad de las partes.
“Art. 8. Sólo tienen derecho a solicitar que les concedan tierras en usufructo las personas que se encuentran incluidas en el Censo de la comunidad que debe realizarse cada cinco años.
“Art. 9. Cuando un Comunero muere y no deja familia, el terreno que tenía en usufructo volverá a manos de la Directiva para que haga nuevas adjudicaciones.
“Art. 10. Si el difunto ha vivido en compañía de la persona que le ha dado cuidado, la Directiva al adjudicar la tierra, da preferencia a esta persona y si no fuere Comunera, al fallecer o retirarse de la Comunidad, el lote pasará a la Directiva, para nueva adjudicación.
“Art. 11. Los hijos casados y mayores de diez y ocho años a quienes la Directiva haya adjudicado terrenos, antes de la muerte de los padres, quedarán excluidos de las distribuciones que tenían sus padres.
“Art. 12. Corresponde a la Directiva impedir que ningún Comunero venda, regale, cambie o hipoteque los terrenos de la Comunidad, aunque sea a pretexto de vender las mejoras, que siempre se consideran accesorias a dicho terreno.
“Art. 13. Sólo podrán ser inscritos los antiguos Comuneros y sus descendientes.
“Art. 14. Comunero que arriende el lote que se le adjudique sólo podrá arrendarlo por fuerza mayor y con el visto bueno de la Junta Directiva y exclusivamente a los mismos Comuneros.
“Art. 15. Comunero que se le adjudique un lote, está en la obligación de cercarlo, cultivarlo y arborizarlo en la línea divisoria o en la totalidad.
“Art. 16. Los Comuneros que mantengan sueltos sus animales y hagan daño a sus vecinos, comprobados los hechos, pagarán por vía de coso la suma de veinte pesos ($20), se autoriza a la Junta Directiva para que establezca un coso en los terrenos de la Comunidad o fuera de ellos para retener los animales y los responsables pagarán costos, daños y perjuicios a sus ofendidos.
“Art. 17. Se autoriza a la Junta Directiva para que conserve las servidumbres existentes y establezca las que crea necesarias.
“Art. 18. Las canteras y minas son de bien común, y sólo la Junta Directiva puede arrendarlas en licitación y por un término máximo de tres (3) años si principia su explotación y por uno prorrogable si ya están destapadas y establecidos trabajos.
“Art. 19. La Junta Directiva queda autorizada para que fije las cuotas necesarias por impuesto.
“Art. 20. El impuesto de los lotes deberá ser pagado en los primeros dos meses de cada año, su mora pagará la suma de $20,oo de retardo.
“Art. 21. La Junta está constituida por los antiguos Comuneros de Fonquetá y sus descendientes y que se hagan inscribir en el Censo en tiempo oportuno, y mayores de diez y ocho años” (Estatutos para la Comunidad Agrícola y Minera de Fonquetá ‘La Valvanera’, pp.1-2).

• Autoridad indígena
Después de la muerte de Pioquinto Cojo, ocurrida el 20 de noviembre de 1931, ocuparon sucesivamente el cargo de Administrador “Lisandro Socha, Francisco Arriero, no estoy plenamente seguro si hubo un señor Graciano Arriero, Luis Alberto Socha, no estoy entendido si también un señor Cupertino Cifuentes –eso sí no lo puedo confirmar–, don Puno Cojo –que todavía existe–, don Fidelino Pachón –que fue Administrador y Tesorero, después estuvo un señor Miguel Alfonso Pachón –que fue una administración regular por obvias razones y hechos que se presentaron, junto con un señor Manuel Cifuentes, con el cual se presentaron algunas irregularidades con el asunto de los papeles, de documentos y de recibos de pago, y en fin, cosas de la vida–; como vocal, que me recuerde, un señor Antonio Jota, vocal o fiscal” (Entrevista a Luis Francisco Vargas).
En enero de 1937, el Presidente era Santos Rodríguez; Vicepresidente, Lisandro Socha. Formaban también parte Rafael Ramos e Isaías Socha.
El 15 de enero de 1978 se realizó en el Cerro La Arenera la elección de la junta directiva, que quedó conformada así: Presidente, Jorge E. Sánchez Q.; vicepresidente, Alberto Quintana; Administrador, Nepomuceno Cojo; Tesorero, Fideligno Pachón; Secretario, Jacinto Pachón; Vocales, Víctor Romero, Antonio Cifuentes, Luis A. Sánchez G., Reynaldo Fajardo, Luis Montañez y Carlos Garzón, y fiscal, Guillermo Cifuentes. El 20 de enero, y “teniendo en cuenta que Cerca de Piedra tenía poca representación en la Junta proponía que se nombraran otros vocales y entre los cambios que se deberían tener en cuenta era el de la Secretaría. Así que se propusieron los nombres de Eduardo Martínez y el cambio de Jacinto Pachón como secretario por Fabio Sánchez y que el primero se desempeñara como vocal”, lo cual fue aceptado (Libro de Actas del Resguardo, pp.2-3).
El 20 de junio de 1979, y con asistencia de 180 comuneros, se eligió la nueva junta directiva, que quedó conformada así: presidente, Jorge Enrique Sánchez Quintero; vicepresidente, Alberto Quintana; tesorero, Fideligno Pachón; fiscal, Miguel Alfonso Pachón, y secretario, José Cupertino Cifuentes (Libro de Actas del Resguardo, p.18).
En el acta N° 6, del 3 denoviembre de 1981, y sin indicar cómo ni cuándo se había efectuado la elección, se menciona que “se reunió la directiva de la Comunidad de Indígenas de Fonquetá, asistentes: Jorge Sánchez, presidente; Nepomuceno Cojo, Administrador; vocales, Antonio Cifuentes B., Reinaldo Fajardo, Eduardo Martínez, Luis Bojacá; José C. Cifuentes, secretario” (Libro de Actas del Resguardo, p.29).
En el acta N° 8, del 8 de diciembre de 1983, figura que fue elegida la siguiente directiva: Héctor Pachón, presidente; Fabio Sánchez, vicepresidente; Miguel Pachón, administrador; Manuel Cifuentes, tesorero; José C. Cifuentes, secretario; vocales principales, Juan Socha, Luis Montañez, Miguel Torres, Daniel Perea; vocales suplentes, Luis Bojacá, Vicente Moncada, Nepomuceno Cojo y Hernando Villalobos (Libro de Actas del Resguardo, pp.39-40). En la Alcaldía Municipal reposa el Acta de Posesión, llevada a cabo, de manera inexplicable, año y medio después, más exactamente el 15 de julio de 1985, ante el mandatario Luis Delgado (Acta de posesión 27 de la Alcaldía Municipal de Chía).
El 1° de julio de 1995 se decidió cambiar el nombre de Presidente por el de Gobernador. La junta, elegida para un período de dos años, quedó integrada así: Gobernador, Jorge Enrique Sánchez; Administrador, Manuel Cifuentes; tesorero, Eduardo Fajardo; Fiscal, Hernando Villalobos; Secretaria, Aída Miranda Reyes; Alguaciles, Puno Cojo, Arcadio Reyes, Antonio Jota y Daniel Perea (Libro de Actas del Resguardo, pp. 89-90). En un reconocimiento de la autonomía indígena, el Alcalde Municipal, Luis Olivo Galvis, posesiona a los que denomina “dignatarios” que “prometen cumplir fielmente sus responsabilidades encomendadas por los Comuneros, normas y leyes que los regulan” (Acta de posesión 97 de la Alcaldía Municipal de Chía).
El 7 de septiembre de 1997, y con la asistencia del Alcalde Municipal, Luis Olivo Galvis; de Myriam Suta, de la Oficina de Planeación Municipal, y de Roque Garrido, delegado de la Dirección General de Asuntos Indígenas del Ministerio del Interior, fue elegida la junta directiva, conformada así: Gobernadora, Marina Cojo de Bernal; Secretaria, Aida Miranda Reyes; Tesorero, Luis Eduardo Fajardo; Administrador, Pedro Socha; Alguacil, Arcadio Rojas, y Fiscal, Hernando Villalobos (Libro de Actas del Resguardo, pp. 100-101). Dicha directiva se posesionó ante las autoridades municipales el 23 del mismo mes, que de nuevo reconoce que ésta se compromete a cumplir sus “normas y leyes que los regulan” (Acta de posesión 240 de la Alcaldía Municipal de Chía).
El 2 de marzo de 1999, el Alcalde Municipal, Marcos Parra Forero, posesiona a la Junta elegida el 14 de febrero del mismo año, conformada por: Gobernadora, Marina Cojo de Bernal; Segundo Gobernador, Pedro Socha; Fiscal, Hernando Villalobos; Tesorero, Eduardo Fajardo; Secretaria, Martha Viviana Montañez, y Alguaciles, Helí Martínez, Magdalena Vargas, José Manuel Socha y Elías José Guaba. (Acta de posesión 170 de la Alcaldía Municipal de Chía).
Un año después, esto es el 1° de abril de 2000, el mismo Marcos Parra Forero da posesión a la Junta elegida el 19 de marzo y conformada por: Gobernadora, Marina Cojo de Bernal; Segundo Gobernador y Administrador, Pedro Milcíades Socha; Fiscal, Hernando Villalobos; Tesorero, Eduardo Fajardo; Secretaria, Martha Viviana Montañez; Alguaciles, Magdalena Vargas, Helí Francisco Martínez, José Manuel Socha y Nepomuceno Cojo Perea. De nuevo, la Alcaldía reconoce las “Normas y Leyes que los regulan” (Acta de posesión 027 de la Alcaldía Municipal).
El 6 de mayo de 2001 se realizó en el Salón Comunal del Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra la elección de la nueva junta directiva, con la asistencia de Bertha Quintero, subdirectora de la Dirección General de Asuntos Indígenas del Ministerio del Interior, y del Alcalde (E) de Chía, Óscar Carbonell. La junta quedó conformada así: Gobernadora, Marina Cojo de Bernal; Segundo Gobernador, Pedro Socha; Secretaria, Martha Viviana Montañez; Tesorero, Luis Eduardo Fajardo; Fiscal, Hernando Villalobos, y Vocales, Magdalena Vargas, Elí Martínez, José Pachón, Fidel Ramos y Luis Alberto Díaz.

• Demografía
Varios censos han sido hechos por los Comuneros para garantizar que se trata de las familias indígenas tradicionales, pese a lo cual algunos de ellos han arrendado sus lotes a personas foráneas, por lo que hoy se adelanta un programa de reubicación, a fin de que quienes no puedan habitar o cultivar temporalmente las parcelas, se las arrienden a otros Comuneros que tengan necesidad.
Prueba de la forma como se han hecho los padrones es el realizadi en 1973, en el que se especificaban los nombres de las cabezas de la familia y número de hijos. En el libro de empadronamiento que reposa en los archivos del Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra, figuran los siguientes comuneros, con sus familias:
Fideligno Pachón Garzón y Emperatriz Rodríguez de Pachón, tres hijos y 4 hijas; Reinaldo Fajardo Solano y Carmen Rosa Cifuentes de F., con 5 hijos y 2 hijas; Guillermo Cifuentes Bajonero y Cecilia Rodríguez de Cifuentes, 1 hijo y 2 hijas; José Benito Bojacá y Cecilia Villalobos de Bojacá, 1 hijo y 2 hijas; José del Carmen Bojacá y Ana Isabel de Bojacá; Luis Alberto Sánchez Garzón y Dolores Cifuentes de Sánchez, 2 hijos y 2 hijas; Julio R. Forero e Hidelína Guba; Efraín Socha y Lastenia Castañeda de Socha (no es comunera), 3 hijos y 7 hijas; Manuel Socha, 5 hijos y 3 hijas; Ana Delia Martínez, 1 hijo y 5 hijas; Humberto Bojacá; Luis A. Amaya y Lulia Quintana Bajonero; Valeria B. de Bajonero, 1 hijo y 1 hija; Filomena Bojacá de B., 2 hijos y 3 hijas; Segundo Bossa e Isabel de Bossa, 5 hijos y 1 hija; Ignacio Amaya B. e Ignacia de Amaya, 2 hijos y 1 hija; María Venilda Garzón, 3 hijjos y 2 hijas; Clemencia Bojacá y Luis Alejandro Muñoz (no es comunero), 2 hijos y 2 hijas; Ana del Carmen Bojacá; Eduardo Martínez y Rosa Elena Sánchez (no es comunera), 4 hijos y 4 hijas; Luis Francisco Socha, 3 hijos; Luis E. Sandoval (no es comunero) y Rosa María Socha, 4 hijos y 6 hijas; Rosa Inés Sandoval; Luis Alberto Sánchez; Lola Sánchez; Elina Garzón, 1 hija; Sara Garzón, 1 hijo y 2 hijas; M. del Carmen Garzón, 1 hijo y 4 hijas; Ricardo Cifuentes y Rosa Elena Sánchez, 3 hijos y 3 hijas; Vicente Moncada y María Elisa Bojacá, 4 hijos y 3 hijas; Ana E. Cifuentes; Teresa Bojacá de Abril, 1 hijo y 4 hijas; Elvira Martínez; Flor Alba Socha C.; Efraín Socha C.; Franselino Garzón y Rita Garzón de Garzón (no es comunera), 1 hijo y 1 hija; Florinda Cifuentes. V. de Torres, 3 hiojos y 2 hijas; Miguel Justino Torres; Luis Jacinto Pachón y Aura María de Pachón, 3 hijos y 2 hijas; Alfonso Moncada y María Valvanera Bojacá, 4 hijos y 2 hijas; Carmen Moncada, 3 hijos y 2 hijas; Grasia Gutiérrez, 2 hijos y 1 hija; Joaquín Bello y Berta de Bello, 4 hijos y 3 hijas; Guillermo Martínez y señora (no es comunera), 1 hija; Antonio Bojacá S. Y María Sepeda, 1 hijo y 2 hijas; Tránsito Bojacá de Camargo, 1 hijo y 2 hijas; Emiliano Bojacá y Rosa Rodríguez de Bojacá, 1 hijo y 1 hija; Vicente Bojacá; Héctor Mario Bojacá; Luis Antonio Bojacá; Juan E. Forero.
En octubre del mismo año continuó el empadronamiento, así: Ana Isabel Poveda, 3 hijos y 6 hijas; Cecilia Rodríguez P., 4 hijos y 1 hija; H. Pachón A., 1 hijo; Liviana Sánchez de Pachón; Rafael Pachón A., 3 hijos y 4 hijas; Adelina Pachón A., 1 hijo; María del Socorro v. de Pachón, 2 hijos y 2 hijas; Cristo Guaba; Adela Bojacá; Teresa Bojacá V.; José del Carmen Rodríguez y María Teresa Vargas de Rodríguez, 2 hijos y 1 hija; Crisóstomo Rodríguez Vargas; Melquicided Rodríguez Vargas; Celmira Rodríguez de Acevedo, 2 hijos; Víctor Manuel Martínez Garzón y Ana Delia Jiménez de Martínez (no es comunera), 1 hijo y 3 hijas; Leonor Rodríguez de Carreño e Isidro Carreño (no es comunero), 2 hijos y 1 hija; Rogelio Socha Reyes y Rita Sánchez de socha (no es comunera), 6 hijos y 3 hijas; Gumercinda de Garzón, 1 hijo y 2 hijas; Felisa Garzón Quecán; Alejandro Garzón Quecán; Ananías García (no es comunero) y Ana Susana Coca de García, 7 hijos y 3 hijas; Daniel Perea y María del Carmen de Perea (no es comunera), 1 hijo y 1 hija; Justo Pastor Bojacá y Petronila Beltrán de Bojacá (no es comunera), 8 hijos; Manuel José Bojacá Bajonero y Filomena Bojacá de Bojacá, 2 hijos y 3 hijas; Rosa Elena Bojacá Bojacá; Marcelino Pachón Garzón y Tránsito Cifuentes Garzón de Pachón, 5 hijos y 5 hijas; Gustavo Cifuentes Bajonero y Alicia Sánchez Quecán de Cifuentes, 1 hio¿jo y 2 hijas; Tomás Poveda Cojo y Lucrecia Sánchez Cárdenas de Poveda, 4 hijos y 3 hijas; Laureano Reyes Garzón, 1 hijo y 2 hijas; Benedicto Socha y Ana Silvia Poveda de Socha, 3 hijos y 1 hija; Jesús Antonio Socha y María Polanía de Socha, 3 hijos y 2 hijas; Salvado Bojacá y Abigail Cojo de Bojacá, 3 hijas; Carmen Sánchez de León y José del Carmen León (no es comunero), 2 hijos; María Teresa Clavijo y Salomón Arévalo (no es comunero), 3 hijos y 5 hijas; Luciano Camargo Socha y Eloísa Doblado, 4 hijos y 4 hijas; Humberto A(ilegible) y Marta López (no es comunera), 2 hijas; María Ligia Reyes, 1 hijo y 3 hijas; Josefina Puca y José Cojo, 2 hijos y 2 hijas; Cecilia Sánchez y Manuel Antonio Clavijo, 4 hijos y 1 hija; Vicente Bastidas y María del Carmen Bernal, 4 hijos y 2 hijas; Yolanda de Colorado y Carlos Julio Colorado (no es comunero), 1 hijo y 7 hijas; Luis Socha Donoso y hermano, y Elena García (no es comunera); Carlos Julio Garzón Bajonero y Dioselina Suesca, 4 hijos y 2 hijas; Arturo Bajonero Poveda y María Cárdenas (no es comunera), 4 hijos; Gracia Garzón; Margarita Garzón (1 hija) y hermano Luis Francisco Bajonero; Placides Bajonero; Agustina Bajonero; Teresa Bajonero, 2 hijos y 1 hija; Lucía Socha de Bossa y Ernesto Bossa, 1 hijo y 1 hija; Antonia Bajonero de Pérez y Alfonso Pérez (no es comunero), 4 hijos y 3 hijas; Misael Sánchez Tenjo y María del Carmen Umbarila de Sánchez (no es comunera), 2 hijos y 3 hijas; Juan Antonio Poveda y Ana Teresa Cojo de Poveda, 1 hijo y 4 hijas; Julio Doblado e Ismenia Poveda de Doblado, 5 hijos y 1 hija; Alberto Guaba Quecán (no es comunero) y Zoila Jamaica de Guaba, 2 hijos y 6 hijas; Camilo Clavijo Suesca y Ester Guzmán de Clavijo (no es comunera), 2 hijos y 1 hija; Ana Rosa Poveda viuda de Jamaica; José Jacinto Poveda y María del Carmen Canasto de Poveda, 1 hijo y 1 hija; Eudocia Cojo, 1 hijo y 1 hija; Hermelinda Cojo, 2 hijos y 1 hija; Guillermo Garzón y Anamarina Sánchez de Garzón, 1 hijo y 4 hijas; Luis Alfredo Bojacá Beltrán y Gloria Elsa Bajonero de Bojacá (no es comunera), 1 hijo y 1 hija; Jorge Garzón Valvuena y Adela Gil de Garzón (no es comunera), 5 hijos y 6 hijas; Mateo Guatame Herrera (no es comunero) y Verónica Canasto de Guatame, 5 hijos y 2 hijas; Justino Bossa y María Helena Cantor de Bossa (no es comunera), 2 hijos y 2 hijas; José Ignacio Garzón y Rosa María Rocha de Garzón (no es comunera), 5 hijos y 5 hijas; Ricardo Bossa y Lucrecia vda. de Bossa, 3 hijos y 3 hijas; Tomás Poveda y Lucrecia Sánchez de Poveda, 4 hijos y 3 hijas.
En mayo de 1974 continuó el empadronamiento, así: Olegario Socha y Lastenia Bajoneo de Socha, 3 hijos y 9 hijas; Carlos Arturo Sánchez G. y Betsabé Q. de Sánchez, 6 hijos y 2 hijas; Gregorio Villalobos y Anamilte Alfonso de Villalobos (no es comunera); Manuel Antonio Clavijo y Cecilia Sánchez de Clavijo, 6 hijos y 1 hija; Raimunda Cojo v. de Parra, 2 hijos y 3 hijas; Matías Poveda, 1 hijo; Emilio Rodríguez y Blanca Miranda, 1 hijo y 2 hijas; Concepción Sánchez vda. de Doblado, 2 hijos y 4 hijas; (+) Salomón Arévalo y Teresa Clavijo, 3 hijos y 5 hijas; Cristóbal Guaba Pacheco y Adelaida Bojacá de Guaba; Eloisa Doblado v. de Canasto, 4 hijos y 4 hijas; Margarita María Canasto de Rodríguez y Miguel A. Rodríguez (no es comunero), 1 hijo; Ana Cecilia Canasto Doblado; Germán Bossa B.; José Manuel Quintana y Teodora Cojo Perea, 1 hijo y 3 hijas; Leonor Quintana Cojo.
Continuó el empadronamiento el 18 de julio de 1975, con la siguiente relación de comuneros: Nepomuceno Cojo Perea y Emma Rodríguez de Cojo, 4 hijos y 4 hijas; José Dolores Cojo Perea y Josefina Perea de Cojo, 2 hijos y 2 hijas; Rosa Elena Cojo de Garzón, 1 hijo; José Vicente Cojo Perea; Vicente Rodríguez y Cristina Carzón (no es comunera), 3 hijas; Gustavo Bajonero R. Y Emilia Garzón de Bajonero (no es comunera), 3 hijos y 2 hijas; Miguel Pachón y Blanca de Pachón (no es comunera), 4 hijos; Arturo Villalobos y Gregorio Villalobos, 3 hijos y 3 hijas; Francisco E. Martínez.
Ocho años después, esto es entre el 16 de octubre y el 6 de noviembre de 1983, continuó el empadronamiento, con los siguientes comuneros, aunque sin especificar los matrimonios: Héctor A. Cifuentes; José C. Cifuentes B., 3 hijos y 2 hijas; Pilar Reyes, 1 hija; Andrés Reyes, 3 hijos; Margarita Moncada de V., 1 hijo y 2 hijas; H. Francisco Martínez, 4 hijos; Luis Felipe Cojo, 1 hijo y 1 hija; Juan Nepomuceno Cojo, 1 hija; María Inés Socha, 1 hija; Alicia Sánchez de Cifuentes y José Ignacio Cifuentes Sánchez, 1 hijo y 4 hijas; María Trinidad Cifuentes; Ana Dolores Cifuentes Sánchez; Lucrecia V. de Bossa, 3 hijos y 3 hijas; Carlos Julio Garzón, 2 hijos y 2 hijas; Ana Lucía Arévalo Clavijo, 1 hijo y 1 hija; Cecilia Garzón Suesca; Luis Arturo Bojacá, 7 hijos y 2 hijas; Gonzalo Bojacá; Laureano Bossa Bossa, 6 hijos y 2 hijas; Crisanto Guaba Jamaica; María de Jesús Pachón N; María E. Pachón de Torres, 4 hijas; Luis Francisco Vargas Socha y Graciela Cantor de Vargas, 2 hijos y 4 hijas; Jorge Enrique Vargas Cantor y Luz Estrella Bello P. de Vargas; Ana Tulia Vargas de Quecán, 2 hijas; José del C. Moncada Bojacá, 1 hijo y 3 hijas; Reinaldo Pérez Bajonero (no es comunero pero tiene un lote adjudicado), 3 hijos y 1 hija; Antonio Jota Pachón, 1 hijo y 2 hijas; Luis Armando Amaya Q.; Lilia Mercedes Amaya Quintana; Ana Lucila Quintana de ¿Yota?, 1 hijo y 2 hijas; Elías Bojacá Aldana, 2 hijos y 7 hijas; Hugo Bojacá Aldana, 2 hijos y 2 hijas; Dolores Cojo de Bejarano, 2 hijos y 1 hija; Darío Vargas; Rosalba Cifuentes T.; Gilberto Cifuentes T.; Marina Cojo de Bernal, 2 hijos y 1 hija; Luis Carlos Sánchez Q.; Jairo Sánchez Q.; Jorge E. Sánchez Q., 1 hijo; Fabio Sánchez Q.; Luis Eduardo Bastida, 4 hijos y 5 hijas; Manuel José Bojacá Bajonero; José Manuel Bajonero; Juan José Bastida, 3 hijos y 2 hijas; Héctor Hernando Arriero V., 1 hijo y 1 hija; Arcadio Reyes Garzón, 2 hijos; Zoila Poveda de G., 3 hijas; Zoila Dolores Guaba; Fernando Cojo Rodríguez; (...) Poveda de Doblado, 1 hija; Agustín Poveda Cojo; José Álvaro Clavijo; Magdalena Adames Medina, 1 hijo y 2 hijas; María de Jesús Socha S. De Z., 2 hijos y 3 hijas; Helí Francisco Bossa C., 5 hijos y 1 hija; Saúl José Bossa C., 2 hijos y 2 hijas; José Medina Adames, 2 hijas; Isidro Calderón Pedraza; Alicia Suesca de Clavijo, 1 hijo; María del Carmen Guava de H., 2 hijas; Ana Rosa Guava Jamaica; Carmen Rosa Arévalo Clavijo; Teresa Clavijo de Arévalo, 3 hijos y 6 hijas; Beatriz Arévalo Clavijo; Salomón Arévalo Clavijo; Mario Arévalo Clavijo; Ana Rosalba Hernández, 1 hijo y 3 hijas; Roberto Perea, y Elías Guaba Jamaica, 1 hijo y 1 hija.
En 1998 se hizo otro censo, que arrojó un total de 2.184 personas, entre niños y adultos, pero “a lo último dijeron que el censo no nos lo aceptaban como lo teníamos porque debíamos de trabajarlo por medio de un modelo que nos daba la Oficina de Asuntos Indígenas. Por ese arreglo hemos tenido demora” (Entrevista a Marina Cojo de Bernal)
Sin embargo, en este momento se realiza el censo. Según el Fiscal del Resguardo, Hernando Villalobos, la selección se ha hecho con base en las informaciones “que nos han dado los antiguos, los más veteranos de la comunidad. Por ejemplo con don Efraín Socha, con mi papá (Hernando Villalobos), con don Olegario (Socha). Cuando evaluamos el censo que estábamos haciendo entrevistamos como a 15 personas de los más viejos que hay aquí, entonces ellos coordinaban a quiénes conocían. Se están teniendo en cuenta las personas que no pertenecen a la comunidad. Los que están asentados serían por ejemplo las esposas de los comuneros, los esposos de las comuneras. Los que están asentados en el Resguardo estamos estudiando que ellos pertenecen por ser miembros de las mismas familias, la posibilidad de dejarlos vinculados ahí pero que no tengan voz ni voto dentro del Resguardo, que viven en la comunidad por ser esposos o esposas de los comuneros” (Entrevista a Hernando Villalobos).

• Alcaldía de Chía y Gobernación de Cundinamarca
Las relaciones que mantiene el Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra con las autoridades municipales se mantienen sobre la base del respeto y la autonomía. Se ha procurado concertar los aspectos necesarios para el desarrollo común, cediendo las Directivas del Resguardo el uso incluso de parte de su territorio, como en el caso del Camino de la Vida, construido por la Alcaldía Municipal para acceder al templo de La Valvanera, considerado a su vez como uno de los atractivos turísticos del municipio.
“Siempre hemos concertado con la Alcaldía y se mantienen muy buenas relaciones con el municipio, somos parte integrante del municipio, pero en el manejo de territorio y en filosofía, ahora que se está enfocando más hacia las raíces Muiscas, es la diferencia; pero de resto mantenemos muy buena relación, no nos quejamos de las administraciones, porque siempre nos han escuchado, nos han puesto atención, se nos valoran nuestras intervenciones, nuestra situación, el gobierno que se tiene, el manejo que se hace. Entonces, no tenemos en ningún momento quejas contra la administración” (Entrevista a Pedro Socha).
Prueba de ello es que desde 1976, y en un acto que indica el respeto a la autonomía territorial del Resguardo, el Concejo Municipal expidió el 7 de febrero de 1976 el Acuerdo N° 006, sancionado por la Alcaldía en la misma fecha, “Por medio del cual se exonera del impuesto predial, de industria y comercio al Resguardo de Indígenas de Fonquetá”. Dicho Acuerdo fue sometido luego a revisión de la Gobernación de Cundinamarca, que no lo objetó, lo cual indica, también, que desde la instancia departamental hay el reconocimiento hacia el territorio indígena en jurisdicción de Chía.
Ha sido tan estrecha la relación, aunque no necesariamente por ello positiva, que incluso uno de los Comuneros, Jorge Enrique Sánchez Quintero, fue elegido a nombre del Partido Liberal como Alcalde Municipal para el período 1990-1992; Sánchez, además, había sido concejal y Presidente de dicha corporación, y presidente de la Junta Directiva del Resguardo. Un hermano suyo, Fabio Sánchez Quintero, ha sido también concejal en varias ocasiones, pero las actuales directivas no encuentran que su gestión se haya revertido en beneficios para los indígenas de Fonquetá y Cerca de Piedra.
En la Alcaldía, sin embargo, y al sentir de la Gobernadora, Marina Cojo de Bernal, “nos respetan. Nosotros no ponemos pereque porque de pronto dicen –usando esa palabra– que somos como limosneros. Entonces nos conformamos con lo poquito que tenemos, luchamos por conseguir las cosas, si de pronto vamos allá y las pedimos no nos las niegan, pero tampoco ven interés, entonces por decir lo del levantamientos, porque nos dijeron que sí, que sí, pero no, y lo logramos por la Gobernación” (Entrevista a Marina Cojo de Bernal).
En el año 1998, la Alcaldía Municipal, por intermedio de la Secretaría de Prensa y de la Secretaría de Salud, adelantó sendos talleres de recuperación de la memoria histórica, el primero, y de medicinas tradicionales, el segundo, con la participación de las directivas del Resguardo y, especialmente, de los Comuneros más ancianos, poseedores de la tradición oral.
Juan Francisco Perea, director de la Casa de la Cultura, afirma que la entidad “tiene un programa muy especial, desde este año, tendiente a aprovechar toda esa raíz, esa raigambre cultural que todavía tenemos el orgullo de tener en el Resguardo, a través de la tradición oral, de la cuentería, que son los únicos elementos naturales con los que podemos contar para descubrir un poco lo mucho que puede tener de fondo sus creencias y su cultura en las partes literaria y filosófica” (Entrevista a Juan Francisco Perea).

• Ministerio del Interior
Durante varios años, el Ministerio del Interior, por intermedio de la Dirección General de Asuntos Indígenas, dgai, ha acompañado el proceso de legalización del Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra. El 7 de septiembre de 1997, por ejemplo, y en asamblea general que eligió nueva junta directiva, estuvo presente como delegado Roque Garrido, quien “nos felicita por el comportamiento y nos informa cuáles son los medios para el reconocimiento de nuestro Resguardo, como son: copia del censo, títulos, copia del acta protocolaria, estatutos, plano del Resguardo, lista de los que no (sic) viven en el Resguardo” (Libro de Actas del Resguardo, p. 100).
En 1998 visitó el Resguardo la Directora General de Asuntos Indígenas del Ministerio, Gladys Jimeno Santoyo, quien hizo un reconocimiento de la organización y del mismo Resguardo, y ofreció orientación legal y procedimental para el proceso de legalización.
El 5 de octubre de 1999, el director encargado del dgai, José Alfredo Escobar Araujo, expidió una certificación mediante la cual esa dependencia del Ministerio del Interior “reconoce la existencia de la comunidad indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra en el municipio de Chía”, y además afirma que “los Muiskas (sic) actualmente reconocidos son los del resguardo de Cota (Cundinamarca), del Cabildo de Fonquetá (Chía) y del Cabildo de Suba” (Certificado de reconocimiento de la comunidad indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra).
En un enérgico oficio dirigido a Marcela Bravo Gallo, Directora de la dgai el 7 de febrero de 2000, a raíz de un oficio que ella enviara a las autoriades municipales de Chía, las directivas del Resguardo manifestaron que no han solicitado “reconocimiento a esa Dirección ni a ninguna entidad, pues no se trata de una asociación o corporación que requiera para su existencia del reconocimiento del Estado” y agregaron que la existencia “de nuestra comunidad es un hecho social notorio que no requiere demostración y la calidad de indígena es algo que tampoco se adquiere mediante acto administrativo”. Aclararon que han solicitado “gestionar ante el Incora el reconocimiento o constitución de nuestro Resguardo, para lo cual aportamos la documentación e información correspondiente” (Derecho de petición del Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra, del 7 de febrero de 2000).
Un nuevo derecho de petición fue presentado un mes después, el 7 de marzo, pues no satisfizo a la Directiva del Resguardo la respuesta en el sentido de que es incierta la fecha de la visita y porque la dgai pretendía desconocer conceptos anteriores de la misma dependencia y planteaba la posibilidad de que existieran conflictos con la Alcaldía Municipal (Derecho de petición del Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra, del 7 de marzo de 2000).
Una comisión conformada por Bertha Quintero Medina, Subdirectora de Atención a Pueblos de la dgai, y Sonia M. Rodríguez, Coordinadora de Promoción y Desarrollo Intercultural de la dgai, hizo visitas al Resguardo los días 10 y 11 de abril y 6 de mayo, luego de las cuales “el Cabildo de Chía se comprometió con la dgai a entregar en un plazo máximo de tres meses los siguientes documentos:
“1. La gobernadora del cabildo se compromete conjuntamente con los demás miembros de éste, a recopilar todos los documentos que existan en los archivos del cabildo y demás instancias de gobierno del municipio de Chía, relacionados con la constitución y posterior disolución del resguardo de Chía.
“2. Entregar el reglamento interno del cabildo.
“3. Recopilar todas las actas de posesión del cabildo desde su existencia, que reposen en el cabildo y entregarlas a la dgai.
“4. Recopilar los títulos, documentos, contratos de arrendamiento o cualquier documento internos que tengan todos los habitantes que habitan en el resguardo, que indiquen posesión de los terrenos en los cuales están habitando.
“5. Realizar el censo de población, incluyendo la fotocopia de las partidas de bautismo, o en su defecto consignar el lugar de nacimiento de cada persona, determinando cuales habitantes habitan dentro del resguardo y cuáles están fuera, determinando ocupación de cada uno.
“6. Ubicar en el mapa del resguardo todas las viviendas y el número de personas que habitan en cada una.
“7. Cada núcleo familiar debe hacer una hoja de vida donde se incluya dos o tres generaciones hacia atrás, abuelos bisabuelos, con lugar de nacimiento.
“8. Recopilar toda la documentación que exista sobre pleitos de tierras, con el municipio o con personas particulares, dentro del resguardo.
“9. Reconstruir el proceso de construcción de la iglesia de la Valvanera (sic), y la situación jurídica de los terrenos en que ésta se encuentra construida.
“10. Entregar un autoestudio que contenga el levantamiento de las especies nativas de flora y fauna que se encuentran en la región, nacimientos de agua, cartografía, caminos, determinando la situación de salud de la población, enfermedades frecuentes, atención por parte del Estado, situación de educación, número de escuelas, educación secundaria.
“La dgai se compromete a una vez entregada esta información por parte de la comunidad de Chía a:
“1. Acompañamiento a la comunidad a la asamblea general que se realizará el 6 de mayo para informar el significado de la constitución de un resguardo y el estado de este proceso.
“2. Solicitar a la alcaldía de Chía las actas de registro de la posesión del cabildo de Chía en años anteriores, de acuerdo con el artículo tercero de la ley 89.
“3. Solicitar al catastro de Chía y al Agustín Codassi (sic) los planos y registro de la existencia del resguardo.
“4. Revisar documentos históricos sbre la existencia del resguardo de Chía en la car y Archivo Nacional.
“5. Emitir un concepto.
“6. Oficial al incora sobre este concepto” (Acta de Acuerdo 001 de abril del 2001 para iniciar los procesos de reconocimiento y ordenamiento del Cabildo Muisca de Chía).
Aunque las directivas del Resguardo han realizado distintos censos de acuerdo con los requerimientos del Ministerio y del Incora, el 7 de marzo de 2001 la dgai envió copia del formato “adecuado por esta Dirección y el cual debe diligenciarse por familia, número de familia, nombres de los miembros que componen el núcleo familiar, el grado de parentesco que hay entre los mismos, es decir si son esposos, hijos, sobrinos, tíos o lazos de consanguinidad que existen entre los miembros de la misma, el número del documento de identificación si lo hay y la actividad a la cual se dedican los miembros de la familia” (Solicitud del Censo por parte de la dgai).
Desde esa fecha, tanto las Directivas como otros Comuneros avanzan en el proceso de realización de un nuevo censo ceñido a estos requerimientos, a fin de cumplir las exigencias de la dgai. “No tenemos en este momento que el Ministerio nos haya puesto, tampoco, la soga al cuello. Se ha hecho ver así, tal vez, desde otros puntos de vista y desde otros resguardos. No, eso no es cierto. Nosotros estamos muy de acuerdo con lo que ellos piden, el proceso legal es lo que necesitan, y uno demostrar, porque ya volvemos otra vez al punto que usted me decía ahorita, que muchos “avivatos” se están aprovechando de esas cosas y tiene toda la razón, el Ministerio tiene toda la razón, el gobierno tiene toda la razón, porque eso lo toman, como ellos mismos dicen, como un club, para provecho particular, para provecho político, para usufructuar platas que son del Estado y que en un momento dado pueden beneficiar a otras comunidades que más lo pueden necesitar. Entonces, si uno no cumple los requisitos, y si no tiene esa conciencia y si no tiene esa claridad y esa honestidad y ese pensamiento de dirigirlo por el punto correcto y que sea para beneficiar a toda la gente y no particular, y solamente a los descendientes directos y que se han mantenido toda la vida con su tradición y que tienen sus usos y costumbres y que viven aún dentro del territorio, esas personas a las que nunca les ha dado pena decir que son indias, que son indígenas, que tienen su lote” (Entrevista a Pedro Socha).

• Incora
Con respecto al Incora, entidad adscrita al Ministerio de Agricultura y encargada de hacer el reconocimiento del Resguardo como territorio, los Comuneros de Chía han adelantado un proceso desde hace varios años, según consta en oficio firmado por Libardo A. Acuña Montes, Gerente Regional de Cundinamarca, y dirigido el 26 de febrero de 1998 a la Gobernadora Marina Cojo de Bernal en su calidad de Gobernadora del Resguardo Indígena de Fonquetá y Cverca de Piedra, en el que afirma que “evidentemente se ha formulado una solicitud tendiente a que el Instituto declare la existencia de dicho resguardo” y la invita a asistir a una reunión con el fin de “concertar el plan de actividades a desarrollar, con miras a satisfacer las necesidades de la comunidad indígena que usted representa y para ello se requiere del concurso de la comunidad interesada” (Oficio 000236 del 26 de febrero de 1998 del Gerente Regional del Incora).
Luego de varias reuniones a las que asistió también Roque Garrido como delegado de la Dirección General de Asuntos Indígenas del Ministerio del Interior, el 2 de marzo de 2000 fueron radicados en el Incora los siguientes documentos, con los cuales el Resguardo esperaba “cumplir con los requisitos de ley a través de la documentación adjunta para su respectivo estudio, culminando con éxito gracias a su colaboración, el preciado anhelo de nuestra comunidad” (Remisión de 111 folios del Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra al Incora, el 2 de marzo de 2000): 1. Certificado de la Comunidad Indígena de Chía expedido por el Ministerio del Interior. 2. Mapa heliográfico del levantamiento topográfico realizado por la Gobernación de Cundinamarca a través de Obras Públicas de Facatativa. 3. Dos (2) medios magnéticos con información acerca de levantamiento topográfico y trabajo de campo. 4. Fotocopias de todo el trabajo realizado durante el proceso de levantamiento topográfico. 5. Listado de censo poblacional de la comunidad indígena del Resguardo. Sin embargo, dos meses después, el 2 de mayo de 2000, José Salomón Beltrán Traslaviña, Coordinador del Grupo de Ordenamiento Social de la Propiedad del Incora, expidió una certificación de que se adelanta el proceso “de legalización del resguardo indígena de Chía”, pero aclara que “habiéndose aportado al informativo el respectivo levantamiento topográfico, se encuentra pendiente de efectuar el correspondiente estudio socioeconómico del resguardo” (Certificación de José Salomón Beltrán Traslaviña, Coordinador del Grupo de Ordenamiento Social de la Propiedad del Incora).

• El Plan de Ordenamiento Territorial de Chía
En 2000 fue aprobado por el Concejo Municipal de Chía, luego de un proceso de varios meses al frente del cual estuvo el Consejo Territorial de Planeación, el Plan de Ordenamiento Territorial de Chía, en el que se hizo un reconocimiento del territorio indígena, ubicado en las veredas de Fonquetá y Cerca de Piedra. El Alcalde Municipal de entonces, Marcos Parra Forero, dijo que no se había hecho mayor énfasis en el Resguardo, debido a que los comuneros mismos habían preferido elaborar su Plan de Ordenamiento, amparados en la Ley 505 de junio de 1999, mediante la cual los indígenas pueden elaborar su propio Plan de Ordenamiento Territorial, “teniendo en cuenta que es importante propiciar la creación de un espacio de concertación para que, junto con el apoyo del Municipio, los actores interesados puedan participar y decidir sobre el rumbo de la sociedad en su conjunto, hechos que son fundamentales para la interacción entre nuestras comunidades” (Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra, 1999:5).
Con respecto al Plan de Ordenamiento Territorial, y aunque las comunidades indígenas tienen derecho a hacer su propio Plan de Ordenamiento Territorial, cuando se definió el pot que regirá los destinos de Chía durante los primeros nueve años del milenio, los indígenas prefirieron una mención y no un gran desarrollo en ese sentido. “Nos asesoramos de varias personas, del Ministerio del Interior, de la car (Corporación Autónoma Regional) y de varios colaboradores que hemos tenido de asesorías jurídicas y de comunidades indígenas; una persona muy especial y que colaboró con el municipio que no tenemos que ignorar que hace parte de nuestra historia en el momento actual, que nos ha ayudado, nos sigue colaborando, que es el doctor José Joaquín Fiquitiva, que es un abogado que conoce demasiado de legislación indígena y nos ha orientado en este proceso, en estos pasos, y con la car el doctor Herrán, y el profesor Tomás Van der Hammen, nos asesoramos mucho de sus conceptos” (Entrevista a Pedro Socha).
Para la elaboración del Plan de Ordenamiento Territorial, pot, “hemos hecho varios estudios, hemos consultado con los comuneros de qué desean en un futuro con el terreno del Resguardo. Se han hecho varios talleres, se reunieron los comuneros en diferentes sectores. La mayoría de la gente pide que se reforeste, que se cree un parque natural y también darle trabajo a la gente, que sirvan como guías; también terminar los escenarios deportivos; la construcción de un colegio que se sea inicialmente guardería y que se implemente la educación étnica, que desde pequeños los niños vayan conociendo sus raíces y sus tradiciones. Es así como en general lo que queremos hacer. Hay otro proyecto que es el del vivero, está aprobado y esperando recursos para empezar, con la Umata, para que se cultiven las plantas para reforestar el Resguardo, sobre todo donde más hace falta” (Entrevista a Martha Viviana Montañez)


• Futuro del Resguardo
El Resguardo “es para disfrutarlo:
toda la cultura, sus cosas, sus paisajes, su naturaleza”.
Pedro Andrés Socha, Comunero de 9 años de edad

La ilusión de los indígenas de Fonquetá y Cerca de Piedra, hoy, es que las autoridades les den el reconocimiento como Resguardo, como una forma de rescatar sus raíces Muiscas y de proyectarse como etnia hacia el milenio que comienza.
En este sentido, Luis Alberto Díaz, uno de los nuevos integrantes de la directiva, en calidad de vocal, dice que “desde 1537, cuando llegaron a Chía los españoles y poco tiempo después cuando llegaron a Bogotá, se comenzó a absorber la cultura y se ha absorbido tanto que ya no pensamos como indígenas: nuestra concepción del mundo, nuestra cosmovisión ya se perdió. Se trata de un encuentro con uno mismo, con sus aborígenes y con lo que fue y con la manera como vemos el mundo a partir de nuestra ley de origen. La idea es que nosotros, primero, seamos concientes de que hemos perdido mucho tiempo; segundo, que no podemos negar la occidentalización del pensamiento indígena, pero hay cosas que están dentro de nosotros que no nos han alejado del pensamiento indígena” (Entrevista a Luis Alberto Díaz).
A partir de la historia que se está recuperando y se está escribiendo cada día, los Comuneros aspiran a “que la gente adquiera esa conciencia y sepa realmente que ser indio es representativo del orgullo de nuestra raza. Para los que quieran participar, las puertas están abiertas, pues nosotros hemos dicho que el manejo y las autoridades siempre queremos que todos nos rodeen, que todos se integren. Si cumplen los requisitos, y tienen esa conciencia, esa claridad, esa honestidad y ese pensamiento de dirigirlo por el punto correcto y que sea para beneficiar a toda la gente y no particular. Hemos conocido un proceso muy lindo, que ha sido integrar a todas las edades, a todos los miembros de la comunidad, y ya han surgido una cantidad de ideas y hay gente nueva que piensa lo mismo, que estamos formando ese carácter de que no se vaya a desviar, que se mantenga incólume nuestra filosofía.”(Entrevista a Pedro Socha).
Con miras al futuro, se han adelantado procesos que involucran a niños y jóvenes, primero a través de actividades lúdicas y deportivas, y después con el rescate de la tradición oral.
Teniendo en cuenta que los grupos indígenas han puesto siempre en un lugar especial a los ancianos, es importante que se aprovechen su sabiduría, su visión de la vida y su apego y respeto por la tierra, tal y como en las páginas anteriores queda probado que lo hacen.
Es importante que se hagan rituales de recuperación y apropiación de espacios, en algunos sitios sagrados y mojones de la identidad Muisca en Chía: Piedra del Indio, Fuente de Tíquiza, Cueva del Mohán, Monumento a la Diosa Chía, el Alto de la Cruz, el Paso de Bochica, Iglesia de La Valvanera, salón comunal y otros que se definan como sagrados y trascendentales.
Es importante también que se involucre a otros indígenas que no son Comuneros y por lo tanto no forman parte del Resguardo, en un proceso de recuperación de sus valores, cultura e identidad. Aunque no se prevea su incorpación física al Resguardo ni mucho menos la distribución de tierras, que sí conozcan su historia Muisca y su proyección como etnia.
Los indígenas Muisca de Chía, como las otras más de 80 etnias que en Colombia sobreviven al aniquilamiento iniciado hace 500 años y continuado hoy por diversos intereses foráneos o internos pero anticolombianos, tienen la doble responsabilidad de recuperar su historia, sus valores, su cultura, su espiritualidad, para, así, contribuir a preservar la Madre Tierra para las futuras generaciones.

. Bibliografía

– Berichá (1992), Tengo los pies en la cabeza, Editorial Los cuatro elementos, Bogotá.
– Botiva Contreras, Álvaro (2000), Arte rupestre en Cundinamarca, Gobernación de Cundinamarca, Bogotá.
– Colmenares, Germán (1978), “La economía y la sociedad coloniales, 1550 – 1800”, en Manual de historia de Colombia tomo i, Instituto Colombiano de Cultura, Bogotá.
– Correa Correa, Javier (1998), “Abuelita indígena de Chía celebró 98 años”, en Noticias de Chía, Boletín de la Alcaldía Municipal, Chía.
– Correa Correa, Javier (1998A), Taller de recuperación de la memoria histórica. Chía, julio de 1999 (transcripción de vídeo).
– De Recasens, José (1971), Homenaje a la historia y cultura de Colombia, Pantex s.a., Medellín.
– Fernández de Piedrahita, Lucas (1688), Historia general de las conquistas del Nuevo Reyno de Granada. Reproducción faccimiliar, en dos tomos, de Carvajal s.a., Cali, 1986.
– Friede, Juan (1978), “La conquista del territorio y el poblamiento”, en Manual de historia de Colombia tomo i, Instituto Colombiano de Cultura, Bogotá.
– García Giraldo, Alfredo (1984), Érase una vez entre los chibchas, Carlos Valencia Editories, Bogotá.
– Gesualdo, Vicente (1968), Enciclopedia del arte en América, Tomo I, Editorial Omeba, Buenos Aires.
– Gil Tovar, Francisco (1985), El arte colombiano, Plaza & Janés, Bogotá.
– Giraldo de Puech, María de la Luz (1986), Así éramos los Muiscas, Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales – Banco de la República, Bogotá.
– González Correa, Germán (1998), Los pueblos indígenas en el país y en América, Dirección General de Asuntos Indígenas del Ministerio del Interior, Bogotá.
– González de Pérez, María Stella (1987), Diccionario y gramática chibcha (Manuscrito anónimo de la Biblioteca Nacional de Colombia. Transcripción y estudio histórico-analítico), Instituto Caro y Cuervo, Bogotá.
– Jennings, Gary (1980), Azteca, Editorial Planeta s.a. (cuarta edición, 1985), Barcelona.
– Jimeno Santoyo, Gladys, Correa C., Hernán Darío, Vásquez Luna, Miguel (Compiladores) (1998), Hacia el reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas, Dirección General de Asuntos Indígenas del Ministerio del Interior, Bogotá.
– Langebaek, Carl Henrik (1987), Mercados, poblamiento e integración étnica en los Muiscas – siglo xvi, Colección bibliográfica Banco de la República, Bogotá.
– Llano Restrepo, María Clara; Campuzano Cifuentes, Marcela (1994), La chicha, una bebida fermentada a través de la historia, Instituto Colombiano de Antropología, Editorial cerec, Bogotá.
– Manrique Reyes, Alfredo (1991), La Constitución de la nueva Colombia, Editorial cerec, Bogotá.
– Martínez Montoya, Andrés (1978), “Reseña histórica sobre la música en Colombia, desde la época de la colonia hasta la fundación de la Academia Nacional de Música”, en Textos sobre música y folklore. Boletín de la Radiodifusora Nacional de Colombia. Instituto Colombiano de Cultura, Bogotá.
– Matiz, Carlos H. (1935), Monografía de Chía, Imprenta Departamental de Cundinamarca, Bogotá.
– Osorio y Ricaurte, Juan Crisóstomo (1978), “Breves apuntes para la historia de la música en Colombia”, en Textos sobre música y folklore. Boletín de la Radiodifusora Nacional de Colombia. Instituto Colombiano de Cultura, Bogotá.
– Palacios Preciado, Jorge (1978), “La esclavitud y la sociedad esclavista”, en Nueva Historia de Colombia, Planeta Colombiana Editorial (1989, para esta edición), Bogotá
– Posada, Eduardo (1972), Los hombres de El Dorado, Instituto Colombiano de Cultura, Bogotá.
– Reichel-Dolmatoff, Gerardo (1978), “Colombia indígena, período prehispánico”, en Manual de historia de Colombia tomo i, Instituto Colombiano de Cultura, Bogotá.
– Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra (1999), Análisis antecedentes históricos de la comunidad originaria de Chía, fotocopia, Chía.
– Rodríguez Freile, Juan (1626), El Carnero, Panamericana, Bogotá (Sin fecha de impresión).
– Ruiz González, Cleofe (1988), Monografía del Municipio de Cota, Cota.
– Sánchez Montañés, Emma (1988), La cerámica precolombina, Biblioteca Iberoamericana, Madrid.
– Santos, Gustavo (1978), “De la música en Colombia”, en Textos sobre música y folklore. Boletín de la Radiodifusora Nacional de Colombia. Instituto Colombiano de Cultura, Bogotá.
– Schrader, Guillermo (1992), El mundo de los chibchas, Salvat, Bogotá.
– Vargas Socha, Luis Francisco (1999). Discurso pronunciado el 20 de junio de 1999, con ocasión del homenaje que le fuera ofrecido por la Alcaldía Municipal de Chía.
– Vásquez Luna, Miguel, Jimeno Santoyo, Gladys, Correa C., Hernán Darío (Compiladores) (1998), Derechos de los pueblos indígenas de Colombia, Dirección General de Asuntos Indígenas del Ministerio del Interior, Bogotá.
– Vásquez Silva, Marcela (1992), Memorias de Chía, Alcaldía Especial de Chía, Chía, mayo.
– Velandia, Roberto (1972), Ciudades históricas de Cundinamarca volumen ii, Corporación de Turismo de Cundinamarca, Bogotá.
– Velandia, Roberto (1979), Enciclopedia histórica de Cundinamarca, 5 volúmenes. Biblioteca de autores cundinamarqueses, Bogotá.
– vv.aa. (1972), “El mundo de los chibchas”, en Gran historia de Latinoamérica, Abril educativa y cultural s.a., Buenos Aires.
– vv.aa. (1999), Chía, Alcaldía Municipal de Chía, Bogotá.
– Wiessner Gracia, Luis Eduardo (1996), “Etnografía Muisca: el resguardo de Cota”, en Geografía humana de Colombia – Región Andina Central, Instituto Colombiano de Cultura Hispánica, Bogotá.
– Zamudio G., Daniel (1978), “El folklore musical en Colombia”, en Textos sobre música y folklore. Boletín de la Radiodifusora Nacional de Colombia. Instituto Colombiano de Cultura, Bogotá.


– Documentos
– Alcaldía Municipal de Chía, Actas de posesión de las Juntas Directivas del Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra, del 15 de julio de 1985, 16 de agosto de 1996, 23 de septiembre de 1997, 2 de marzo de 1999 y 1° de abril de 2000. Cinco (5) folios, copias expedidas por Olga Lucía Dussán Nossa, Secretaria de Gobierno municipal el 6 de junio de 2001.
– Alcaldía Municipal de Chía, Certificación de la Secretaría de Hacienda sobre el predio de propiedad de la Comunidad de Indígenas de Chía, del 29 de enero de 1997, firmado por Martha Lucía Ávila Vera, Secretaria de Hacienda. Un (1) folio, fotocopia.
– Comunidad Agrícola y Minera de Fonquetá ‘La Valvanera’, Estatutos definidos el 12 de octubre de 1973. Seis (6) folios, fotocopia.
– Comunidad de indígenas de la vereda de Fonquetá, Documento de adjudicación del Lote N° 133, fechada el 11 de octubre de 1922. Dos (2) folios, fotocopia.
– Concejo Municipal de Chía, Acuerdo N° 006 de 1976 (Febrero 7) y sanción Ejecutiva de febrero 7/76 “Por medio del cual se exonera del Impuesto Predial, de Industria y Comercio al Resguardo de Indígenas de fonquetá”. Dos (2) folios, fotocopia.
– Dirección General de Asuntos Indígenas del Ministerio del Interior, dgai, Certificado de reconocimiento de la comunidad indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra, expedido el 5 de octubre de 1999 y firmado por el Director General (E), José Alfredo Escobar Araujo. Un (1) folio, fotocopia.
– Dirección General de Asuntos Indígenas del Ministerio del Interior, dgai, Acta de Acuerdo 001 de abril del 2001 para iniciar los procesos de reconocimiento y ordenamiento del Cabildo Muisca de Chía entre el Cabildo Muisca de Chía, el Gobernador Mayor del Cabildo Muisca de la Sabana de Bogotá y la Dirección General de Asuntos Indígenas”, del 9 de abril de 2001, firmado por Bertha Quintero Medina, Subdirectora de Atención a Pueblos de la dgai, y Sonia M. Rodríguez, Coordinadora de Promoción y Desarrollo Intercultural dgai. Tres (3) folios más oficio remisorios, originales.
– Dirección General de Asuntos Indígenas del Ministerio del Interior, dgai, Solicitud del Censo, del 7 de marzo de 2001, firmada por Marcela Bravo Gallo, Directora dgai. Un (1) folio, original.
– Incora, Oficio 000236 del 26 de febrero de 1998, firmado por Libardo a. Acuña Montes, Gerente Regional, dirigido a la Gobernadora del Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra, sobre reunión de conertación. Un (1) folio, original.
– Incora, Certificado de José Salomón Beltrán Traslaviña, Coordinador del Grupo de Ordenamiento Social de la Propiedad, sobre el proceso de legalización, expedido el 2 de mayo de 2000. Un (1) folio, fotocopia.
– Juzgado Cuarto Civl del Circuito de Bogotá, d.e., Copia de las diligencias promovidas por los señores Pioquinto Cojo y Enrique Ramírez, con el fin de que se nombre administrador de una comunidad en Chía. Expedida el 2 de julio de 1958. Cuatro (4) folios, fotocopia.
– Notaría del Circuito de Chía, “Expediente que contiene las diligencias practicadas en 46 hojas útiles del Remate de los Ejidos Municipales” entre el 18 de julio de 1907 y el 6 de marzo de 1911. Expedida el 8 de marzo de 1911. Treinta y seis (36) folios, fotocopia.
– Notaría del Circuito de Zipaquirá, Segunda copia de la Escritura de fecha 17 de febrero de 1834 de Copia de Linderos tomados del Resguardo de Indígenas. Expedida el 25 de abril de 1969. Cinco (5) folios, fotocopia.
– Notaría del Circuito de Zipaquirá, Tercera copia de la Escritura de fecha abril 6 de 1834 de Copia Demarcación tierras del Resguardo de Indígenas de Chía. Expedida el 14 de abril de 1969. Siete (7) folios, fotocopia.
– Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra (1978-1997), Libro de actas de la junta directiva. Ciento un (101) folios, original.
– Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra, Derecho de Petición del 27 de noviembre de 1997 y recibido el 22 de enero de 1998, dirigido al Director Regional del Incora, sobre trámites de legalización del Resguardo. Un (1) folio, original.
– Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra, Oficio a Carlos Moreno, Abogado del Incora, sobre reunión de concertación, recibida el 1° de abril de 1998. Un (1) folio, original.
– Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra, Derecho de petición del 7 de febrero de 2000 y radicado bajo el número 900330, para aclarar informaciones sobre la nula relación entre dicho Resguardo y la parcialidad de Bosa. Cinco (5) folios, fotocopias.
– Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra, Derecho de petición del 7 de marzo de 2000, para aclarar informaciones y pedir que se resuelva el Derecho de petición del 7 de febrero de 2000. Cuatro (4) folios, original.
– Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra, Oficio de entrega de 111 folios de documentos al Incora Regional Cundinamarca, recibidos el 3 de marzo de 2000 bajo el número de radicación 000507. Un (1) folio, original.

– Entrevistas
Las entrevistas fueron hechas por el investigador, excepto la realizada a Pablo Emilio Rodríguez por el periodista Víctor Manuel Beltrán.
Cojo de Bernal, Marina, Gobernadora del Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra. Chía, 2 de julio de 2001.
Díaz, Luis Alberto, Vocal del Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra. Chía, 2 de julio de 2001.
Fajardo, Luis Eduardo, Tesorero del Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra. Chía, 16 de junio de 2001.
Garzón de Montañez, Margarita, Comunera del Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra. Chía, 31 de junio de 2001.
Montañez, Luis Francisco, Comunero y ex vocal del Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra. Chía, 31 de junio de 2001.
Montañez, Martha Viviana, Secretaria del Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra. Chía, 31 de junio de 2001.
Moya, Luis Francisco, Principal comercializador de artesanías en Chía.. Chía, 8 de noviembre de 2001.
Perea, Juan Francisco, Director de la Casa de la Cultura. Chía, 19 de junio de 2001.
Rodríguez, Pablo Emilio, ex Gobernador del Resguardo. Realizada por Víctor Manuel Beltrán, para el canal de local de televisión, Luna Televisión. Chía, 2000.
Romero, Aníbal, Comunero del Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra. Chía, 1° de julio de 2001.
Socha, Pedro, Segundo Gobernador del Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra. Chía, 27 de junio de 2001.
Socha, Pedro Andrés, Comunero de 9 años de edad, del Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra. Chía, 27 de junio de 2001.
Vargas Cantor, Magdalena, Vocal del Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra. Chía, 03 de julio de 2001.
Vargas de Díaz, Leonor, Comunera del Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra. Chía, 02 de julio de 2001.
Vargas Socha, Luis Francisco, Comunero del Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra. Chía, 20 de junio de 2001.
Villalobos, Hernando, Fiscal del Resguardo Indígena de Fonquetá y Cerca de Piedra. Chía, 1° de julio de 2001.
Velandia, Roberto, Miembro de la Academia Colombiana de Historia. Bogotá, 12 de junio de 2001.

* Se refiere a la chicha

2 comentarios:

Yosoy dijo...

Muy interesante e importante todo lo que recoge este documento.
Saludos

tatis Ovalle dijo...

te felicito tienes excelente informacion